Cuadernos Manchegos

Escuchar los silencios: Los ajenos que pasan a mi lado.

Antes, cuando en el pueblo no había gentes venidos de otros sitios las calles eran lugares donde el miedo no habitaba. Todos se conocían en el barrio con nombres y también con ese sobre nombre que es el “mote” con el que se bautizaba a familias enteras y, era tan habitual en algunos grupos sociales que se olvidaban apellidos porque la procedencia del hijo de los coloraos, los jaros, los malhechos, el trotón… y así una larga lista de sobre nombres especiales que facilitaban el conocimiento a la tribu de la que provenía el individuo. Pero sucedió que un día empezaron a marcharse del pueblo en busca de mejor vida y al volver en vacaciones o para los funerales de abuelos, tíos y vecinos entrañables los que habían nacido fuera de las paredes del pueblo ignoraban aquellos sobrenombres de sus antepasados. Y las familias olvidaron ese viejo recurso de conocerse.

Las ciudades provincianas fueron cambiando su imagen y se derribaron edificios y plazas recoletas donde se habían dado cita los niños en sus juegos y las primeras citas de los enamorados perdidos entre setos y bancos, testigos todos ellos de los primeros besos robados y dejados robarse. Con las imágenes de la televisión se unificaron los gustos por la moda y el llamado  prêt-à-porter, vendido en grandes almacenes unifico los gustos de una población que hasta entonces se conocía por las clases sociales que vestían según su procedencia. Desaparecieron las modistas y los sastres, los zapateros y las camiseras, las tricotadoras y hasta las mercerías sucumbieron porque también las bordadoras se extinguieron. En las grandes ciudades quedaron en el centro del corazón, como en el Madrid de los Austrias, por ejemplo y, en los pueblos apenas si quedaron algunos de aquellos oficios porque las ganancias eran más suculentas venidas de fábricas y grandes almacenes…

Por entonces algunos pueblos se murieron y sus muñones de casas abandonadas todavía en algunos parajes son visibles de nuestra mal tratada España. La bonanza sonreía como si todo fuera jauja hasta que de pronto llegaron las crisis económicas, el desempleo y la codicia de los que decían servir al pueblo y, las gentes bajaron la cabeza y se ciñeron al estrepito de perder la tranquilidad de poseer un futuro digno y tranquilo. Y fuimos europeos, siempre lo hemos sido, pero lo ignorábamos o hacíamos como que no nos importaba demasiado hasta que los jóvenes licenciados  y poliglotas empezaron a emigrar a Londres, Alemania, Francia, Estados Unidos, Italia… y nos quedamos pensando que aquello era bueno porque ahora sí que éramos de la vieja Europa.

Un día nos despertamos y empezamos a ver en nuestras calles tiendas abiertas por árabes y chinos. Se abrieron bazares donde lo que se vendía era más barato que en nuestras tiendas habituales y nos dejamos invadir. Ahora cuando ha pasado el tiempo nos asusta no entender a nuestro vecino que ha alquilado un piso y de la noche a la mañana se han ido los inquilinos y los dueños se quejan de que no le han pagado y nadie defiende ni ayuda a ese propietario que ahorró y se ayuda para vivir con esa pequeña inversión.…

Todo ha cambiado. En un tanto por cien, muy elevado. vemos las placas que indican que aquella propiedad paga seguridad privada porque no existe seguridad alguna en ciudades grandes o pequeñas. Y los llamados okupas, medran sin pagar impuestos y viven, los que llegan a expensas de pagas sociales. En silencio nos preguntamos como parar esta marea humana que nos tiene asustados aunque nadie, muy pocos, se atrevan a decirlo en voz alta.

 En pequeños reductos se escuchan hablar a los silenciosos de esta depredación desorbitada, mientras por pueblos y ciudades los que nos gobiernan y, dicen servirnos, cínicamente, miran hacia otro lado sin  atender esos silencios que crecen como una marabunta y como dice el refranero: Líbrame del agua mansa, que de la brava  me guardo yo. Porque no olvidemos que de las situaciones tensas e incomodas nace el descontento y la excitación, y este camino no es bueno para la convivencia dentro de cualquier país de la vieja Europa.

Natividad Cepeda