Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Busco en la noche de reyes posada para los que se han ido.

Busco esa tierra que sea leve para los muertos del dos mil veintiuno.

Por aquí  enjugamos el llanto con bonitas palabras entre bosques de adioses.

Es enero y en el campo solitario y labrado ha cruzado un halcón.

Peleamos con nuestras alas rotas  afligidos y rotos frente a la tierra sola.

Solos, como los manantiales que nacen solitarios entre abruptos peñascos.

Bajo el cielo de enero brilla la fina escarcha  como bellos diamantes.

Alhaja del invierno que decora la bruma del alma de los muertos.

Las calles lucen guirnaldas de colores y estrellas de mentira en su cinto de calles.

Mirad, es lumbre que no quema ni tampoco calienta el corazón que sufre.

Yo voy vagabundeando por todas las noticas que escriben los diarios.

Las yemas de mis dedos  teclean en este ordenador igual que un pregonero.

Sí, ahora pregonamos  desde casa las cosas que suceden…

Hoy es la noche de reyes y no tenemos pajes  para traer regalos.

Ni un hada para los que no creen en los Magos de Oriente…

Mendigamos amor y no sabemos darlo y nos morimos solos en mitad de la noche.

En este despoblado del individualismo colectivo, la soledad es reina sin corona.

Una  dama de hielo  besa todas las bocas dejándolas heladas.

Veo correr el tiempo encima de los surcos marrones y arados.

Veo pasar el tiempo por la pendiente del frío entre nubes dispersas…

Y en esta noche hermosa donde los niños sueñan yo escribo una elegía.

Han muerto dos poetas y los poetas claman, por la muerte de ellos.

Hermanos de las musas, con la sola etiqueta de escribir verso a verso, la vida que vivieron.

Brilla en el cielo la estrella que señala el portal del niño tan chiquito nacido en Belén.

Allí, donde todos miramos hay dos estrellas nuevas, saludando a la noche.

El amor es piadoso y camina orando con sagradas palabras por aquellos que marchan.

Descansar del viaje en esa otra tierra adonde emigraremos los que hoy os lloramos.

La tierra nunca es leve, es dura y nos agarra fuerte, por eso nos duele abandonarla.

Dicen, que ese es el último viaje, ¿Quién lo sabe?  Dejarme que lo dude…

Dejarme creer en otro paraíso de amor sin equipaje de mentiras y luchas.

 Dejarme creer que Dios no es una fábula al que hay que combatir por los que dicen que no existe.

Dejarme pedirle que también acoja a los poetas  al margen de su credo de vida.

Dejarme que mis labios desgranen mi plegaria, no porque la tierra les sea leve, no.

Yo pido que haya un cielo de amor para  los que parten, porque también yo quiero llegar a estar con ellos cuando mi Dios a mí me llame.

Natividad Cepeda