Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos
Libro Cuevas de Tomelloso

Cuando la mítica claridad  se estampa en mi retina siento que toda esa grandeza es una llamada al alma deshabitada del hospedaje de la Creación.

Fuera de las ciudades la dimensión terrena se prende al árbol sempiterno de la vida y presiento que algo superior me habla sin sonido y  me cala como esa lluvia fina que ha caído en noviembre  por esta tierra donde vivo y me habita.

Siento mi pequeñez humana recostada en ese pavimento que mira las alturas e inconscientemente desde lo más hondo, mis preces son intensas y llenas de humildad.

Los días de noviembre han lamido los campos polvorientos  con su mensaje fértil y en ese acantilado de los meses  he vuelto a ver mi desnudez en el papel errante de del fragor de las aguas. Lentamente esa legión de gotas diminutas han destruido con su fuerza inaudita la vida de los seres humanos, y ha barrido tanta soberbia acumulada por ese dinero que marca las distancias de la pobreza y la riqueza. Luego pasado esos torrentes, cuando el fango se limpia se olvida la batalla perdida del ajedrez humano, y ya no es necesario volver nuestra mirada  al cielo huracanado porque volvemos  asentirnos dioses en vueltos en telas de purpura ficticia.

Volamos y corremos por cintas asfaltadas y miramos los pueblos allá en la lejanía igual que un solitario árbol  frente a los puentes de carreteras y autovías, ignorando que los necesitamos por el oxígeno que silencioso nos regala y que nosotros, tanto necesitamos para volar por esos techos de las ciudades deshabitadas de alma y de belleza primigenia

En esa gran escala nos movemos y cuando alguien se para delante de los campos desiertos y soporta la injusticia callada del exterminio por las cargas impuestas  de personas y anónimas, los que no tienen otro reconocimiento que ese callado afán de vivir en los pueblos pequeños y olvidados, los que pagan y cargan con el hato de otros por culpa del Estado, al que nadie se opone, porque su maquinaria es atroz y mortífera; nos callamos.    

Los bienes de la tierra no son los bienes de consumo con los que juegan en el temporal de la avaricia los que prometen defender nuestro pan y derechos. Y cuando escuchamos de sus labios tanta sucia mentira desde las estructuras del poder, el sistema nos engulle como esa gota bajada de las nubes que nos deja perplejos ante su acometida porque el miedo, a perder lo poco que nos dejan tener, nos frena y embrutece como a esos pobres asnos de carga que a nadie duelen.

Toda nuestra existencia está supeditada a las ganancias que ellos necesitan: necesidades de lujo al modo irresponsable y mezquino del feudalismo actual. Y su influencia social se infiltra en todas las arterias del cuerpo del poder, economía, educación, sanidad, empresas y mercados de materias primas o de arte, incluso se crea la marginalidad permitida por administraciones políticas de todo signo e ideología. No hay límites para el poder. Tampoco para las relaciones sociales afines a ese poder que no deja cabos sueltos asfixiando a todo libre pensador.

Noviembre se despide entre nubes y claros de lluvias lentas, calando las entrañas de la tierra y pespunteando la mansedumbre de la llanura con su manto húmedo sobre sembrados tempranos y árboles sin hojas, desdeñados por los habitantes de mansiones vigiladas. Porque la teoría de las palabras todavía tiene credibilidad cuando no se nos enseña a pensar. No conviene que la realidad la estudiemos con atención para así, llegar a comprender que las decisiones  que se toman, no son las que más nos convienen. El día menos pensado, cuando se hayan perdido las ideas nos dejaran comer en los pesebres que diseñen para la masa deforme de los que dejaron de pensar.

Intento seguir escuchando los pasos del llanto del cielo en la lluvia caída, para que no se me apague la voz de todos los espíritus que no han sido mancillados por la avaricia inútil de los que nada se llevaran cuando de vayan de la tierra.

Natividad Cepeda