Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos
Libro Cuevas de Tomelloso

Cuanto más  alcanzo la cumbre de mis años más me pregunto sobre lo que me rodea y su maravilloso milagro.  Intento descifrar ese misterio, a pesar de la actualidad encubridora de la magnificencia de la naturaleza que no relega a vivir de espaldas a ella en cualquier parte del mundo, aislándonos de esa esencia primera de la creación que es de donde provenimos.

Las corrientes de nuestra sociedad están fundamentadas en la técnica y en los medios informáticos tan carentes de humanidad y de principios, por lo que cultivar el pensamiento no es la perspectiva  relativa a lo que se debe mirar. Pienso que por esa causa la sociedad actual camina incompleta al olvidar ese pasado del que venimos, que nos vincula al pasado que hoy despreciamos. Es por ello que sobre nosotros hay una profunda sombra de barbarie, y aunque es imprecisa esa sobra, la conquista del espacio social no satisface lo suficiente para deshacer las sombras que yacen semicultas en rededor y que casi nadie quiere ver.

Soñamos, sueñan las personas, con hacer viajes programados desde ese turismo social que nos señala el camino a seguir coartando nuestra decisión personal y, dejando en la mochila del camino, olvidados parajes cercanos de belleza absoluta, muy desconocidos para los más cercanos de sus lugares de residencia. Parajes de lejanos siglos que permanecen a nuestro lado con su carga de misterio y tan sagrados que invitan al recogimiento cuando se llega a ellos.

Parajes donde se intuyen que allí si es posible que habiten seres de fábula. Seres relatados en leyendas antiguas primero, después en cuentos  escuchados a la luz de las hogueras de la lumbre familiar, y más tarde en libros que sacados de ellos  los vimos en las pantallas del  séptimo arte, que es el cine.  Y ahora de esos remotos tiempos  la televisión y el internet se nutren para mantenernos alejados de los lugares donde aún siguen existiendo.

Pertenezco a una tierra pobre, porque pobre son sus pueblos. Pertenezco a una porción de meseta alzada a la intemperie de la llanura inmensa plagada de restos arqueológicos, que casi nadie conoce, y mucho menos cuida y protege. Desciendo de antiguas curanderas que conocían los beneficios de la naturaleza, sus propiedades curativas y también el respeto que se debe a las aguas que brotan de las rocas, al árbol que nos da sombra y frutos, y  al sonido del viento cuando anuncia hechos que hay que mirar con cautela porque jamás sabemos que nos depararan. Ignoro casi todo de ese mundo oculto pero percibo algunos hechos que me callo para no ser perseguida como lo fueron en el pasado muchas otras mujeres.

Hay un lugar alejado de las autovías  que emana algo impreciso y a la vez cargado de misterio cuando se llega a él. Para percibir  esa  magia irreal y misteriosa hay que dejar que el aire nos envuelva.  Olvidar el estrepito que nos rodea y escuchar las voces del agua y de los matorrales, cañas y carrizos, enebros y encinas que rodean una laguna aislada.

La laguna se llama “Laguna Blanca”, se la presenta como la primera de las lagunas del conjunto lagunar de Ruidera. Ese paraje al que se alude como totalmente mágico en el libro de Don Quijote de la Mancha, escrito por Miguel de Cervantes, hace siglos. Está dentro de ese Campo de Montiel, de históricos acontecimientos, espacios arqueológicos olvidados y relegados por los mandatarios que lo han dejado a un lado, impidiéndole prosperar al sumirlo en la despoblación sin importar nada a los señores del poder.

La Laguna Blanca refleja el azul del cielo en sus aguas de lecho blanco. El aire  riza pequeñas ondulaciones en su superficie, y en mitad de ese espacio, al agitarse las ramas de los árboles se perciben sonidos, voces difusas, que se dilatan en el espacio y que asustan si se permaneciera allí de noche. Vuelan aves y entre las piedras calizas se escucha el rastrear de pequeños seres ocultos a la mirada.  Los troncos los hay retorcidos, enmarañados como si en ellos habitaran las anjaras o anjanas, que permanecen para proteger a la naturaleza  que queda del entorno de la laguna. Apenas si se sabe algo de esos seres mitológicos que se decía curaban a los enfermos y ayudaban a los pobres y débiles. Invisibles a nuestros ojos esas entidades, y a la vez cercanas de los lugareños desde tiempos inmemoriales.

Innombrable es nombrar hadas y hechizos, por nosotros salvados por la ciencia.  Nadie cree que existan, pero en la quietud del paisaje de la Laguna Blanca algo permanece inexplicablemente en su marco de soledad. Hechiza el agua detenida. Contemplándola en silencio recordé lo que  mujeres y hombres, trabajadores del campo, aseguraban que en las aguas de ríos, manantiales y lagunas habitan seres a los que hay que respetar y no molestar para evitar que se enfaden. No otra cosa es el conjunto lagunar de Ruidera preñado de manantiales, pozos y grutas  de sedimentos hundidos y creados desde miles de años.  He visitado la Laguna Blanca en varias ocasiones  y en todas ellas he deseado volver. He sentido que me convoca a escuchar su mundo velado y sacralizado latente en su entorno.

Natividad Cepeda