Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

¿Tú qué opinas?

- No lo sé, el invierno ya está aquí y hay que buscar un lugar donde vivir esta temporada. Este sitio no me parece el más adecuado… Está bien, algo escondido, pero,  bueno..., si te parece, podemos quedarnos aquí.

- Pues no creas, está abrigado, tenemos buena calefacción y los vecinos no parecen ser malas personas, así que...,  nada..., nos quedamos.

Estuvieron visitando varios espacios y, después de muchas vueltas, decidieron quedarse en la primera habitación.

El lugar era relativamente confortable, un rincón amplio, cálido y acogedor. En la esquina, el tubo de la calefacción daba calor al ambiente.

Se refugiaron en este alojamiento y comenzaron a preparar la cama.

Durante los primeros días la comida era abundante, pues había de todo y, desde el queso al jamón, resultaba en general apetecible.

La casa resultó ruidosa, el matrimonio parecía no llevarse muy bien y, de vez en cuando, discutían y el ruido de los gritos llegaban hasta la habitación con demasiada claridad, así que por el día era imposible descansar y menos mal que anochecido ya se calmaban y entonces es cuando nos podíamos poner a trabajar.

Una noche el susto fue mayúsculo: estando comiendo un trozo de queso, de repente la luz se encendió y apareció un niño pequeño que abrió el almacén de la comida. Casi nos sorprende en plena faena y tuvimos que refugiarnos de nuevo en nuestra habitación.

Llevábamos ya varios días viviendo cómodamente y el parto ya estaba próximo. Las salidas cada vez eran menores y los mareos mayores. Se presentaba un parto difícil y había que estar preparados para cualquier cosa. Así que habilitamos la habitación lo mejor que pudimos para pasar los días hasta la fecha del feliz acontecimiento, aunque los ruidos de los vecinos continuaban. Una noche decidimos salir a ver qué pasaba.

Con gran cuidado fui asomando la cabeza por la rendija y conseguí colocarme en un lugar donde no me podían ver, así que, sin casi hacer ruido, puse la oreja y me dispuse a escuchar.

Me pareció muy raro, pues oí varias conversaciones a la vez, unas voces más altas y otras más bajas, cosa que me sorprendió, así que, aunque arriesgándome a ser visto, eché un vistazo asomando la cabeza por entre la rendija de la ventaja y me dispuse a observar. Lo que vi me dejó lleno de incertidumbre y extrañeza.

No había nadie en la habitación, solamente las imágenes de personas hablando en el aparato colocado en el armario, parecían ser las únicas voces que se oían, por cierto muy altas y fuertes. De improviso una figura de mujer surgió de la habitación de al lado, con un bocadillo en la mano y que, sentándose enfrente, se puso a mirar a las figuras que aparecían en el aparato. Al rato, un niño pequeño se sentó en el mismo sitio y comenzó a hurgar en otro aparato y las imágenes iban cambiando con rapidez. Al final las dos personas terminaron discutiendo y se gritaron entre ambos. Así que entre el ruido del aparato y la bronca que tenían las dos personas, el griterío en la habitación se hizo tan escandaloso que, asustado, volví a mi habitación para contárselo con todo detalle a mi pareja.

- No te puedes imaginar lo que he visto. ¡Qué cosas más raras y más espantosas! Parece peor que una reunión de grillos en apareamiento: con distintos tonos de voz., con salidas de tono, cada uno a lo suyo y no se entienden ni se comprenden. Hacen muchos gestos, saltan, gritan y cambian de color, y he visto que se tiran cosas.

- ¿Y  qué has hecho?

- ¡Y qué hube de hacer! Venirme inmediatamente y esperar mejores momentos. Desde luego estoy algo arrepentido de habernos instalado en esta especie de casa de locos, pero estás a punto de parir y ahora no es el momento de hacer ningún traslado. Y por la comida no te preocupes que yo saldré todas las noches y te cuidaré hasta el momento que des a luz.


María está descontenta. Javier llevaba una temporada un tanto distraído y lejos de ser lo cariñoso que había demostrado, parecía que con los años había dejado de serlo y cada vez  se le denotaba más enfadado y la situación se estaba volviendo insoportable. Los niños seguían dando demasiada guerra. Petri, loca con sus vestidos, sus amigas y sus continuas salidas, sin provecho alguno y Alfonso, un niño rebelde como pocos, mal educado y protestón. María no tenía el porvenir claro y cada vez se encontraba más harta de todo. La chacha de la casa y sin consideración alguna.

Habían comprado el piso con no pocos problemas económicos y, aunque pequeño, tenía algunas pequeñas comodidades.

Sin embargo, la convivencia se estaba haciendo bastante difícil de soportar. María no salía nunca con Javier y las pocas veces que lo habían hecho fueron para  visitar a sus padres y nunca a los de María, pues siempre encontraba alguna excusa para no poder ir.

En definitiva un matrimonio en plena decadencia. María estaba dispuesta a volver a su anterior trabajo, puesto que los muchachos ya se podían apañar solos y ella no estaba dispuesta a condenar su vida a favor de unas personas que no le agradecían en absoluto lo que hacía por ellos. Además, la casa ya era antigua y necesitaba de algunas buenas reparaciones, pero en el aspecto económico no era muy boyante que digamos.

Estaba decidida a dejarlo todo, cada día era peor, insoportable, el distanciamiento se había convertido en un abismo, la casa no tenía orden alguno y ella era incapaz de conseguir normalizar la situación.

A pesar de todos sus esfuerzos la vivienda no era lo que María quería que fuese. El desorden reinaba por todos sitios y cada vez estaba más cansada de arreglar las camas, los vestidos, la comida y no se veía una excesiva limpieza.

Javier tampoco aportaba nada del otro mundo. Cada día llegaba más tarde del trabajo, hablaba menos y se refugiaba en la televisión como único entretenimiento y apenas se preocupaba por los problemas de la casa y de los muchachos.

Los disgustos eran frecuentes y las peleas familiares llegaban a tonos cada vez más duros y agresivos. Nadie parecía estar dispuesto a aportar soluciones al tal estado de cosas y así pasaban los días de manera inexorable.


Aquella noche había pensado hacer una nueva salida, porque, aunque la pequeña despensa estaba provista de alimentos suficientes, estaba ya próxima la fecha del parto y no quería que hubiera sorpresas. Me deslicé lentamente por la habitación y busqué afanosamente algún indicio que denotara alguna pista de alimento. Cuando había pasado por la segunda habitación encontré un pedazo de pan con longaniza, que exhalaba un olor muy tentador, así, agarrándola con fuerza, corrí por el pasillo y entré en la habitación. Había dado un buen golpe de mano y estaba contento por ello, porque ... azares del destino…, el parto se produjo esa misma noche. Todo ocurrió con normalidad y pasados los primeros momentos de tremenda zozobra la situación volvió a su cauce natural y, como las provisiones eran abundantes, los primeros días pasaron sin ninguna novedad.

A los pocos días notamos la ausencia de uno de los pequeños. No sabíamos qué había pasado, pero no estaba. Por mucha atención y cuidado que tuvimos, lo cierto es que faltaba.

- No te preocupes que andará por aquí cerca.

- Pero, tiene que tetar. ¿Es que no te das cuenta? Venga ¡Muévete! ¡Vete a buscarle! ¿A qué esperas?

- Pero es que ahora es muy mal momento. Se pueden dar cuenta y es peligroso.

- Siempre con tus miedos y tus dudas. Es tu pequeño y tienes que ir a por él.

- Bueno, vale, ya voy.

Con todo cuidado me deslicé, procurando hacer el menor ruido posible. Con instinto natural fui poco a poco acercándome a donde las pistas me enfocaban y al volver la esquina de la habitación... allí lo vio. ¡Allí estaba! Sí, sí no podía ser otro. ¿Cómo podía ser? ¿Qué había pasado? ¿Qué hacer? La solución no era sencilla, porque el pequeño estaba muy protegido y por el momento, lo mejor era esperar, así que decidí regresar a casa.


Petri estaba preocupada. Su madre cada vez estaba más distraída y se preocupaba muy poco de sus incertidumbres. No la preguntaba nada y ella tenía muchos problemas que resolver y su madre no quería darse cuenta de lo difícil que estaba resultando la convivencia en la familia. Nadie se preocupaba por ella y sin embargo, lo suyo era muy importante, casi definitivo para su futuro. A sus dieciocho años tenía derecho a enderezar su vida y tenía muchas preocupaciones y mucha dudas que resolver. Los estudios le estaban complicando la vida y sus amigas ya le habían puesto en evidencia muchas veces y ella no quería ser menos. Su vestuario era escaso y ya demasiado anticuado. Sus compañeras iban muy a la moda y por mucho que le decía a su madre la necesidad de renovar su vestuario, no le hacía mucho caso, por lo que estaba deserrada y no sabía qué hacer.

Sentada en la cama, daba vueltas a sus pensamientos, cuando, de repente lo vio. Era pequeño, muy pequeño y, sin saber por qué, le hizo gracia. Sin asustarse, se acercó por detrás y, cogiéndolo con la mano, lo acarició. ¡Qué piel tan fina! ¡Qué gusto pasar la mano por encima y qué suavidad!

Buscó afanosamente algo y encontró una caja de zapatos que aún conservaba y lo acomodó en ella. Con un par de pañuelos hizo una pequeña almohadilla para que estuviera más cómodo y vio cómo se lo agradecía, acurrucándose y escondiéndose en el improvisado refugio.

Salió de la habitación y dirigiéndose a la nevera sacó un tetrabrik de leche y regresó de nuevo. Miró la caja y comprobó que el pañuelo todavía se movía, síntoma de que todavía se encontraba allí. Buscó en su bolsillo y sacó  un preservativo que completó con la leche del envase, cuya punta cortó con un cortaúñas de su propio bolsillo. El animalillo pareció animarse y chupeteaba el nuevo alimento que debió parecerle de calidad, puesto que estuvo durante un tiempo entretenido.

A los pocos días la caja se había llenado de animalitos que aprovechó igualmente para darlos de comer.

Al día siguiente entró la madre en la habitación y vio el espectáculo. Furiosa, cogió la caja y, llevándola al servicio, la vació por la taza del inodoro. Allí acabaron sus vidas.


De regreso a la guarida, se lo contó todo. Lloraron por la tristeza de la pérdida. Solamente les quedaba el más pequeño, así que, conformados, decidieron cambiar de alojamiento, porque en ese lugar era imposible criar a los hijos