Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Cuéntase que cuenta, cuéntase que ocurrió que llegué a conocer a una persona que traspasaba todos los límites de la resistencia.

Se trataba de un hombre bajito, delgado y cojo por un defecto en la pierna derecha. Trabajaba de peón agrícola sin que tuviera patrono fijo y lo hacía por horas contratadas. Tenía una enorme facilidad para las faenas agrícolas manuales, lo que le conducía a  que siempre encontraba trabajo para pequeñas faenas de acabado de labores.

Cuando yo lo conocí se encontraba trabajando en una viña joven de secano de un agricultor amigo. Su capacidad de trabajo estaba fuera de lo normal. En ese día se encontraba amorterando cepas y era asombroso ver cómo le daba la vuelta a la cepa con una rapidez de verdadera aceleración. Viéndole trabajar la imagen que proporcionaba era visualmente curiosa: la azada abultaba tanto como él, pero la manejaba como si no pesara.

Pero si en el trabajo era rápido y eficaz, fumando era todavía mejor, que era otra de sus cualidades. No he visto a una persona fumar tanto y tan rápido como este hombre. Para dar una idea de los cigarros que se fumaba quiero decir que no usaba encendedor, empalmaba un cigarro con otro, es decir, siempre tenía el cigarro en la boca. No sé cuántas cepas se puede amorterar un hombre en una hora, pero sí puedo decirles como medida, que un cigarro cada cuatro cepas. Agua no bebía, otros tipos de líquidos sí, pero fuera de horas de trabajo.

Ese mismo día cuando estábamos desayunando en el bombo con mi amigo y este obrero, le comentaba a Joaquín, que así se llamaba mi amigo:

- Mire usted, como usted conoce a mi mujer, le estaría agradecido que le dijera que gano menos de lo que me paga, porque no quiero que mi mujer piense que me lo gasto todo en tabaco, pero deberíamos ponernos de acuerdo en el precio, para que coincidamos los dos al decírselo a mi mujer.

- Vale, hombre, vale. Sigue comiendo que lo necesitas, que estoy contento con el trabajo que haces - le dijo Joaquín.

De esta forma quedaron las cosas. Posteriormente volví a coincidir con él en el campo varias veces y la actitud era la misma. No levantaba la cabeza de la faena, seguía con el cigarro en la boca que, por cierto, lo tenía de forma lateral al labio y no se lo quitaba para nada. Dicho de otra manera, no fumaba los cigarrillos, se los comía, porque no se los quitaba de la boca para dar nuevas caladas.

Así tenía los dientes, todos amarillentos, de un amarillo viejo, aunque era difícil vérselos, porque no sonreía nunca y hablaba casi sin abrir la boca.

A los cinco o seis años me lo volví a encontrar y en este caso coincidimos desayunando. Nos sentamos en los poyetes del banco y, fumando como siempre, me comentó un poco de su vida.

- Como verá usted sigo trabajando lo que puedo. Por suerte tengo siempre faena y me llevo muy bien con la mujer, aunque últimamente estoy notando que no me hace mucho caso y no sé por qué. Yo sigo cumpliendo como un hombre y creo que todavía lo hago bien y dinero le llevo siempre a casa, aunque le hago algunas sisas. Últimamente parece que la gente me necesita menos porque ya existe mucha maquinaria suelta por el campo y estas operaciones de amorterar cepas y melones cada vez se hace menos, porque ahora traen la planta ya casi hecha y los melones igual. Así como puede usted comprender mi vida es muy sencilla, pero tengo un defecto que no conoce usted, pero se lo voy a contar, porque como de vez en cuando hablo de usted con alguno, se lo va a contar. Una vez cada quince días me tomo una tarde de descanso y me gusta estar de alterne con unos amigos y suelo terminar mal. Mi mujer lo sabe y me lo ha permitido hasta la fecha, pero últimamente me ha dado el alto varias veces, porque me dice que cada vez vengo más patoso.

A los tres o cuatro años me comentaron que había fallecido y yéndome al tablón me enteré de su entierro y estuve en él.

Era un hombre original y vivió en este mundo a su manera y aunque no se puede decir que se es feliz amorterando plantas, sin embargo este hombre hizo de su vida una costumbre y una forma de llevarla con cierto orgullo.

Espero que, por fin, haya dejado de fumar allá en el cielo.

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