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Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que viajaba con un coche viejo y antiguo marca Citroën de dos plazas, de color azul, tipo persiana y con embrague centrífugo, cuya principal ventaja era que si el coche no arrancaba - lo que ocurría frecuentemente - no podías hacerlo a empujón y la verdadera ventaja que tenían fácil reparación ya que cualquier mecánico de pueblo te lo podía arreglar.

Los coches posteriores ya eran, uno también Citröen de cuatro plazas, aunque seguían con el cambio de velocidad en el volante, asientos más anatómicos, tracción delantera y cuatro puertas, que, sinceramente, mejoraron bastante.

Pero hasta que llegaron estos nuevos coches tuve que apañarme con los Citröen de persiana, como amigablemente se les denominaba.

Una de las características de este coche es que los faros delanteros no se encontraban insertos en la carrocería, sino que iban en una barra de hierro que se insertaba encima del morro del coche a ambos lados.

Una noche de pleno invierno mi compañero de empresa y yo fuimos a ofrecer nuestro producto a un pueblo alejado unos veinte kilómetros por una carretera estrecha y llena de curvas. Como era costumbre la charla estaba planteada a las nueve de la noche, cuando ya los agricultores habían venido del campo y cenado, con lo que no tenían prisa ninguna.

Llegamos al pueblo sin novedad y mi compañero estuvo desarrollando la charla tal como estaba planteada, con las ayudas correspondientes: varias preguntas, algunas dudas y después despedida. Nos invitaron a tomar algo, pero dadas las horas - transcurrieron más de dos horas - denegamos el ofrecimiento y nos dispusimos a coger el coche.

La noche era muy fría y ligeras gotas de lluvia helada caían intermitentemente. Pusimos en marcha el coche y dimos a la calefacción en la seguridad que empezaría a funcionar casi cuando llegáramos a  nuestro pueblo, porque así eran estos coches. No habíamos apreciado nada de particular en el funcionamiento del vehículo, había arrancado a la primera, las luces funcionaban y la calefacción, aunque lenta, parecía que iba a responder. Así que iniciamos la  marcha. En la primera curva le advertí a mi compañero que parecía que las luces del coche tintineaban como si tuvieran algún falso contacto, pero seguimos la marcha. En las escasas y cortas  rectas las luces no mostraban ningún síntoma de estar averiadas, pero cuando el coche cogía alguna curva las luces volvían a ponerse intermitentes, encendiéndose y apagándose con el consiguiente peligro en la conducción. Detuvimos el coche manteniéndole al ralentí y nos bajamos. Estuvimos toqueteando la barra y los faros y notamos cómo cuando los movíamos las luces se apagaban y se encendían intermitentemente. Molestos por la avería se me ocurrió dar un golpe de mala leche al faro y entonces se encendió inmediatamente. Volvimos a repetir la operación y obtuvimos el mismo resultado.

Pues nada, asunto solucionado, pensamos en que, inmediatamente antes de que apareciera una curva, la diéramos un golpe a los faros y estos se encenderían.

Sí, la idea era brillante, pero el problema es que había que tener la ventanilla bajada y el brazo extendido para poder hacerlo y que tal operación me tocaba a mí, porque conducía mi compañero.

No había otra opción, por esa carretera no pasaba ni un alma y en aquel entonces no había móviles, ni radio, ni nada. Así, arriesgándonos, decidimos hacer lo pensado.

Con unos papeles y un trapo que teníamos en el coche me enfundé la mano y con una goma elástica lo sujeté. Nada, bajamos la ventanilla y muy despacio hicimos la prueba en un par de tramos a escasa velocidad. Viendo que funcionaba, ya nos animamos y realizamos el planteamiento que teníamos pensado: efectivamente, cuando el coche se giraba levemente la luz pretendía apagarse y al zurrarle un golpe se encendía y se mantenía un tiempo en esa situación. Así llegamos a nuestro pueblo, muertos de frío, y con mi mano hecha polvo: roja por los continuos golpes dados a los faros y el brazo helado por el frío reinante. Llegué a pensar que tenían que amputármelo.

Ve despacio y no llegarás cansado

 

Ve despacio