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Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que un jugador de fútbol sala tuvo unas experiencias curiosas participando en un equipo de aficionados de Tomelloso que estaba compuesta por un grupo de amigos y que curiosamente se hizo tan popular que todo el mundo le conocía como el portero-penalti.

Este jugador, como se ha indicado, formaba parte de un equipo de aficionados que competían en unas liguillas que anualmente se celebraban en la localidad. Su equipo tuvo una primera temporada que podríamos calificar como exitosa, porque quedaron primeros en el campeonato de liga y finalistas en el de copa, pues las dos competiciones se celebraban durante la campaña de deportes.

Su posición en el equipo era de delantero, aunque como todos sabemos en este tipo de juego lo mismo eres delantero, que defensa, que - como veremos más adelante - de portero. Como jugador no era una verdadera una maravilla, pero en definitiva no se le daba mal y no era de los peores.

Hay que decir que la competición no era de primera categoría y la mayoría de los jugadores de otros equipos, igual que los de su equipo, lo hacían por afición, aunque todo es necesario decirlo, algunos se lo tomaban con una innecesaria agresividad, porque, aparte de la afición propia al juego y a la competitividad, no era menos importante las relaciones sociales con los compañeros, las charlas, los comentarios, los cambios de impresiones y los chascarrillos propios del fin de semana, en las que, después del partido, se incluía un merecido refresco en forma de cerveza, acompañado por unas cuantas caladas al cigarro de turno, porque más de uno eran buenos fumadores.

En la segunda campaña, en el tercer partido se lesionó el portero y durante un tiempo no pudo jugar y como el elenco de plantilla no daba para muchos fichajes, le tocó a este jugador actuar de portero por orden del entrenador y aunque las protestas del afectado fueron de gran calidad y fuerte voz, el entrenador, que como pueden suponer era un amigo más y un compañero, le advirtió que si no se colocaba en la portería no le sacaba a jugar a la pista.(esta es la peor amenaza que se puede hacer a un jugador no profesional, como todos pueden entender).

Con estas sabias y razonadas propuestas no tuvo más remedio que sustituir al portero anterior y colocarse a defender el buen crédito del equipo  adquirido en la campaña anterior.

En el primer encuentro el equipo consiguió meter cuatro goles, lo peor es que el equipo contrario colocó seis. Una pena, pero así fue, aunque no se desanimaron.

Como se puede comprender estos equipos no hacían entrenamientos entre semanas, porque cada uno tenía sus trabajos y no era frecuente juntarse algún día para hacer algunos entrenos y como, por si fuera poco, el día que se celebraban los partidos eran de sesión continua: terminaba un encuentro y empezaba el siguiente, así que el pobre portero como mucho tenía ocasión de recoger seis o siete balones que los compañeros le echaban cinco minutos antes de iniciarse el partido.

El segundo partido no fue mejor, ni mucho menos: siete goles recibió en su portería, eso sí paró dos penaltis y además al inicio del partido, pero se perdió. En el tercero nueva derrota, esta vez de mayor cuantía, pero mejoró en las sucesivas paradas de penaltis (los controló todos).

Durante todo el campeonato los sucesos no fueron mejorando, ya que el portero titular no pudo jugar en toda la campaña, pero finalmente y especialmente en los últimos partidos se apreció una cierta mejoría y se pudieron ganar algunos partidos—pocos, es verdad—, aunque no por mucha diferencia de goles, pero se quedó en una digna situación en la fase de liga.

Los otros equipos tomaron a broma la actuación del portero del equipo, porque la razón fundamental de los teóricos buenos resultados obtenidos en los últimos partidos era debido a la facilidad que tenía este portero para parar los penaltis. Tal era el éxito como portero en este detalle, que ya los jugadores del propio equipo casi provocaban hacerlos utilizando distintas mañas, en el conocimiento que no resultarían siendo goles.

 Tal fama cogió que los jugadores del equipo contrario que tenían que disparar el penalti casi estaban convencidos que no lo iban a introducir en la portería. Se había creado una obsesión o quizá un mito. Los jugadores de su equipo, cuando la jugada era clara de tiro o de gol, ya tenían como meta de poner las manos, tirarse al suelo o empujar al contrario antes de tirar a puerta para que el árbitro sancionara la falta máxima, a sabiendas que se iba a parar.

Por eso, la mayoría de los equipos contrarios, cuando comenzó la fase del campeonato de copa, aconsejaban tirar desde lejos, porque así era imposible que el árbitro pitara la pena máxima.

 Pero no daba todo el resultado posible, porque en cuanto se podía los jugadores del equipo sacaban las manos para que chocaran con el balón y así provocar que el árbitro no tuviera más remedio que pitar la falta.

A pesar de todo los resultados no eran favorables, porque la misma habilidad o suerte que tenía para detener los penaltis, no la conservaba para los tiros o incluso para los fueras de línea, donde era un verdadero desastre, así  que lo que se iba por lo que se venía.

Terminó la campaña y en la siguiente ya pudo jugar el portero titular y nuestro jugador siguió en su posición primitiva y en esta ocasión las tornas se volvieron a favor de este jugador, porque cuando se pitaba un penalti a favor de su equipo, el ex-portero lo tiraba y los metía todos sin excepción, así que el entrenador tomó la decisión que cuando el penalti era en contra de su equipo sustituía al portero titular por este jugador y cuando había que tirarlo al equipo contrario le indicaba que lo tirara él.

No obstante, el equipo no volvió a recuperar la bien ganada fama conseguida en su primera campaña, aunque siempre su posición fue digna, sin llegar a conseguir grandes títulos.

Fue declarado el mejor jugador del equipo, siendo tan malo.

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