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Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que era fin de semana, sábado. La mañana era resplandeciente: un incipiente sol comenzaba a iluminar el horizonte donde se empezaba a percibir la radiante belleza de la naturaleza que irisaba la llanura con sus distintos tonos de colores.

Subí al coche y me dispuse a emprender el camino. Estaba todo preparado: la máquina de fotografiar cargada el día anterior; el trípode, la lente de aumento y el saco de tierra. Todo dispuesto.

Había elegido el camino de Las Lacenas. Observé un liego que había a la derecha del camino y orillé el coche. Ya había amanecido y el sol completaba su ciclo de luz, iluminando totalmente la llanura. La parcela de al lado tenía una plantación de viñedo y pude ver a un agricultor que estaba escardillando las cepas. Al verme se levantó y, por educación, se acercó hacia donde me encontraba para saludarme. Le había reconocido, así que me saludó quitándose el pañuelo de hierbas de la cabeza, reconociéndole era Jesús, un agricultor de la localidad, buen profesional y bastante agradable.

Paseamos la viña durante un tiempo observando el estado de las cepas y deteniéndonos en concreto en algunas para observarlas. No encontrando ningún síntoma aparente de plaga o enfermedad, salimos al camino y nos separamos, despidiéndonos.

Crucé al liego y empecé a hacer una prospección de las hierbas que aparecían diseminadas por la parcela. El mundo de las plantas y en especial de las hierbas es fascinante. La única diferencia que establece la naturaleza entre el ser humano y el vegetal es que las plantas no tienen voz, pero, sin embargo, hablan. Así, su ciclo vital es exactamente igual que el de la generalidad de las personas: nacen, viven, se alimentan, se reproducen y mueren, pero además, igual que en el hombre, demuestran su sensibilidad a los ciclos de la madre naturaleza: tienen calor, pasan frío, padecen enfermedades, prefieren los terrenos ricos a los pobres, se adaptan a las circunstancias, es decir, igual que el ser humano y, si observamos detenidamente su proceso biológico, podemos comprobar cómo demuestran los síntomas de las distintas adversidades y condiciones climáticas o sociales, pues sabiendo su comportamiento podemos identificar si pasan frío, si pasan calor, si necesitan alimento, si están enfermas. Así es y estas situaciones son las que hacen intrigante su estudio.

Pues bien, fui recorriendo la parcela visualizando las especies existentes. Después de varias vueltas, ires y venires, localicé un pequeño rodal de plantas nuevas

- ¡Vaya! Estas no las tengo - me dije. Era un grupo de preciosas plantas de pequeño tamaño que aún conservaban los cotiledones y que no me pareció tenerlas en el inventario. Me desembaracé de la bolsa, saqué la máquina, tumbándome en la tierra.  Acoplé el saco de lentejas para apoyar la máquina y empecé a enfocar una de las plantas, moviendo todo el cuerpo un poco hacia adelante, pero el sol iluminaba en exceso las plantas; sin levantarme, moví de nuevo todo el cuerpo a la izquierda, pero tampoco me parecía correcta la composición, así que cogí una piedra que tenía a la derecha para sombrear a las plantitas y ya me pareció que la fotografía quedaría correcta. Enfoqué, pero la distancia no me permitía coger con nitidez toda la superficie que requería la foto, de modo que coloqué la lente de aproximación. Ahora sí que la composición me pareció la correcta. Ya estaba un poco molesto por la postura, pero merecía la pena. Me disponía a apretar el disparador, cuando, de repente, sentí unas manos que, cogiéndole de los sobacos, me levantaron del suelo con energía.

Miré como atolondrado y me di cuenta que era el agricultor con el que había estado hablando anteriormente que, poniéndome enteramente en pie, me dijo:

- ¡Vaya susto que me ha dado usted! - con expresión sofocada por el esfuerzo.

- Pero, ¿qué ha pasado? - pregunté con curiosidad.

- Ahora ya veo que nada, pero, estaba escardillando y, de repente, no le vi y comprobé que estaba usted tumbado y pensé que la había dado algún ataque, infarto o cosa parecida, así que me puse a correr y vine a socorrerle - dijo, ya riéndose.

- Vaya, vaya, pues el susto me lo he llevado yo. De todas maneras es de agradecer su interés. Muchas gracias - expresé con sincero afecto.

PARA ESTAR TUMBADO LO MEJOR Y MÁS SEGURO ES LA CAMA

 

El tumbaíto