Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que hace ya algunos años, bastantes por cierto, un amigo agricultor me invitó a ver una parcela de alfalfa en la que parecía tener problemas. En aquel entonces mis muchachos eran chavalines que estudiaban en primaria y uno de ellos le había dado por coleccionar sellos. No sé cómo surgió la conversación, pero le dije a mi amigo esta circunstancia cuando volvíamos de haber visto la finca y haberle aconsejado un tratamiento para evitar problemas de cuca.

Yo compro aquí, yo vivo aquí

            Volviendo al tema de los sellos, el amigo me dijo que había comprado una casa y antes de derruirla tenía que ver lo que había y que hace unos día había encontrado en la buhardilla algún mueble viejo y un montón de  legajos y era muy posible que hubiera cartas y en ellas sellos. Me invitó a  verlo y quedamos esa misma tarde para dar una vuelta a la casa.

            Quedamos en la cafetería a las cinco. Nos tomamos un café y a continuación nos encaminamos a la casa. Fuimos a pie porque estaba muy cerca. Al llegar comprobé que era una casa antigua de barro, de una planta y buhardilla, con las ventanas muy bajas y puerta de madera con aldaba de metal y disponía de portada seguramente hacia el patio.

            Mi amigo abrió la puerta y nos encontramos dentro de la casa. La casa era amplia con dos habitaciones en la misma entrada a derecha e izquierda y un gran patio con una enorme chimenea de leña en cuyo lateral se accedía a una cocina y también, a derecha e izquierda del gran patio cubierto, dos puertas que seguramente conducían a otras habitaciones. En el rincón frontal y en la parte izquierda se veía una escalera ascendente y otra puerta que sin duda debía conducir a la cueva, según dijo mi amigo. Como habíamos pensado descubrir lo que se encontraba en la buhardilla, nos dirigimos directamente hasta la escalera. Subimos y nos encontramos un amplio espacio. Abrimos la ventanilla de madera para dar luz y nos dispusimos a ver qué encontrábamos. El techo era bajo y no permitía recorrerlo estando de pie, así que escogimos un lugar y nos sentamos en unas esterillas que al efecto estaban en el lugar.

            Lo primero que me llamó la atención fue una mesa de escritorio con “persiana” que aparentaba ser antigua. La “persiana” estaba un poco torcida, pero, forzándola, conseguí correrla hasta arriba.

             Me había levantado y, aun agachado, eché un vistazo y su contenido comenzó a sorprenderme. Elegí, entre las muchas cosas que había, una cajita de madera de pequeño tamaño que, el abrirla, dejó descubrir unos restos de cabellos y un papel algo deteriorado. Lo intenté abrir y se rompió en varios pedazos. No obstante, intrigado, conseguí a duras penas saber qué era. Deduje que era una carta muy cariñosa, me atrevería a decir que de amor, de una mujer dirigida a su novio o su marido que le enviaba unos cabellos.

            En la misma mesa-escritorio encontré otro documento también doblado que, al abrirlo—en este caso lo hice con mayor precaución y salió intacto—resultó ser una hijuela. En la misma se valoraba el ajuar femenino de la persona— hija— que se casaba con un desmenuzado y detallado inventario de las ropas y muebles que aportaba la novia al futuro ajuar doméstico. Lo guardé, pidiendo permiso a mi amigo, que me lo dio. Hoy en día aún conservo la hijuela, que es digna de leer.

            El escritorio resultó ser un descubrimiento, tal es así que ya se nos hizo de noche y quedamos para otro día. Pero, apurando el tiempo lo que pudimos, seguimos descubriendo nuevas cosas en el antiguo mueble. Encontré varias cartas con sellos de Franco y dentro otros tantos escritos entre novios, que me hicieron casi llorar. Es increíble el concepto del matrimonio de nuestras anteriores generaciones. Muchas de las cartas eran casi todas de las mismas fechas, de los años cincuenta y se interrumpían en el año 1951. Deduje que el hombre estuvo haciendo el servicio militar o destinado en algún destacamento y había dejado la novia en el pueblo y, ya se sabe, el hombre no sabía cómo expresar lo mucho que quería a la novia. Promesas de amor, de trabajo, de matrimonio de tener muchos hijos, de tener casa propia, de echarla mucho de menos. Continué escarbando y al fin me encontré lo que más me sorprendió. Se trataba de una carta, que seguramente había enviado la novia al novio, y en la que le expresaba su mayor pesar diciéndole que se había casado y que iba a tener un hijo y que le perdonara, pero lo suyo ya no podía ser.

            ¡Joder, qué cosas pasan! Ya no leí más, recorté los sellos que pude y le conté a mi amigo lo que había descubierto. Me dijo que sí, que esa historia había sido verdad y cuentan que el muchacho volvió al pueblo, le devolvió la carta a la presunta novia y despareció del pueblo y nadie ha vuelto a saber nada de él.

            Lo que descubrí en otras visitas es otra historia.

NO HAY AMOR QUE CIEN AÑOS DURE