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Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que un buen amigo me contó una serie de peripecias que le sucedieron hace ya años cuando decidió ir con la familia quince días a la playa.

Aunque no me especificó qué playa fue, ni la población donde estuvo, no hace falta,  pero cuando lean esta narración se lo pueden ustedes imaginar.

Iban todos muy contentos con los niños y un buen amigo y también con dos niños. Se desplazaron las dos familias en sendos coches, pues la cantidad de paquetes de cada grupo eran bastante voluminosos.

Era la primera vez que visitaban una playa y estaban los dos matrimonios muy ilusionados especialmente por lo que pudieran disfrutar los niños. Habían contratado dos apartamentos asequibles económicamente con cocina, pero sin piscina y la ventaja de encontrarse prácticamente a cincuenta metros de la playa.

La primea mañana después del desayuno, cogieron las sombrillas, las toallas, las sillas y en traje de baño se dirigieron a la playa. Eran sobre las once y media de la mañana. Los muchachos más contentos y felices y los padres más si pudiera ser.

Ya divisaron el mar y se intentaron meter en la playa. Pero... ¿Dónde estaba la playa?

Por mucho que miraron no se veían nada más que cabezas y sombrillas, pero la arena brillaba por su ausencia. Bueno, paciencia dijeron. Por más que procuraron pinchar las sombrillas era prácticamente imposible, al final tuvieron que colocarlas en última fila de la playa. Para poder ir a bañarse era necesario coger de la mano a los niños y proceder con buena calidad de esquiva a regatear a todos las personas, sombrillas y toallas que de forma intensiva se encontraban en el camino. Gracias que en la orilla, aunque había muchos bañistas, por lo menos metiéndose hasta las canillas se podía disfrutar de un poco de alivio. Pero del juego de los niños nada de nada: los cubos, la pala, los moldes de tortugas y otros juguetes no podían usarse por el peligro de terminar pisoteados, pero no solamente estos juguetes, sino también los niños.

Por la tarde dieron un paseo y se sentaron en una terraza.  Comentando lo sucedido un camarero les indicó que estábamos en temporada alta y para coger sitio en la playa había que madrugar y dejar pichadas las sombrillas y quedarse uno a la espera.

¡Vaya, vaya! Pues sí que estaba la cosa difícil para bañarse. Bueno así las cosas, decidieron alternarse todos los días y madrugar para poder coger sitio antes que llegara la turba de bañistas.

A las ocho de la mañana, el amigo se agarró a las sombrillas y a dos sillas y se dispuso a instalarse a la playa. Se había llevado unas piezas de frutas y agua hasta que llegaran los demás.

Todo transcurría normal, aunque según iba llegando gente observaba que cerca de sus sombrillas no se ponía nadie, de lo cual se alegró.

A eso de las doce llegaron las mujeres, mi amigo y los niños y se pusieron muy contentos cuando vieron que el agua estaba a dos metros y tenían primera fila.

Pero en media hora la playa se completó de bañistas y, aunque estaban en primera línea, las idas y venidas de la gente molestaban en demasía.

Se quedaron de piedra cuando comprobaron que el nivel del agua subía y por descuidarse se mojaron las toallas y tuvieron que recoger todo, pero no pudieron echarse más atrás porque era tan grande la cantidad de gente que  no les permitía colocar de nuevo las sombrillas y las toallas por falta de espacio físico. Así que de nuevo se fueron a la última fila. Su desconocimiento del mar les había impedido darse cuenta que en el mar hay mareas y los niveles del agua suben y bajan según el estado de la luna.

Por la tarde el mismo camarero les explicó cómo saber dónde hay que poner la sombrilla comprobando la subida o bajada de la marea por la humedad de las orillas, explicándoles que era muy importante ver la evolución de las orillas contabilizando siempre cinco de las llegadas de las olas a la playa, cosa que no terminaron de entender.

A la mañana siguiente le tocó el turno a su amigo. A las ocho de la mañana y con un sueño de mil demonios se propuso tomar al asalto la playa y lo consiguió. Observó las oscilaciones de las olas y colocó las sombrillas, extendió la tumbona y se durmió.

Se despertó cuando su amigo le removió el cuerpo:

- ¡Espabila, que te has dormido! Pero, oye, ¿dónde está la otra sombrilla? ¿Es que no la has traído del apartamento?

Asombrado, miró a derecha e izquierda y nada, que  la sombrilla había desaparecido. Menos mal que no había llevado dinero, ni ninguna cosa de valor, pero la sombrilla se la habían llevado.

A comprar otra sombrilla. Llevaban ya  tres días y todavía no habían podido darse un baño en condiciones, pero en aras que los muchachos no se dieran cuenta de tanto percance se lo tomaron con la debida tranquilidad posible, para que no estuvieran preocupados por sus problemas playeros.

Sinceramente estaban ya los dos amigos bastante molestos, enfadados y con muy mal genio de todo lo que les estaba ocurriendo, pero habían pagado quince días y los niños tenían que disfrutar.

          A la mañana siguiente se llevó las dos sombrillas y el colmo de esta aventura se produjo cuando un gracioso, a las ocho de la mañana, que lo vio cargado con la sombrilla le dijo:

- ¡A ver si vas a encontrar cerrada la playa, que es muy pronto y el agua del mar no madruga tanto!.

Y ahí se acabó todo. Fueron todos los días a la playa sobre las once o las doce y colocaron la sombrilla en la última fila, casi en el paseo, que allí siempre encontraban sitio para instalar todo y de esta manera no tuvieron problemas de espacio.

CUANDO VAYAS A LA PLAYA ASEGURÁTE QUE EL AGUA LLEGA A LA ORILLA
Vamos a la playa