Cuadernos Manchegos
Mis cosas

Mis cosas

Empezaré diciendo que me hubiera gustado que este escrito se titulase "COSAS MÍAS". Observarán que simplemente cambiando una palabra de lugar le hubiese dado al enunciado un gancho más entrañable o más sugerente para atraer al posible lector, al menos a mí me lo parece. Sin embargo no he querido plagiar a mi amiga Soledad, pues ella suele titular así las reflexiones o pensamientos que nos revela a los integrantes del club de lectura a través de notas o por el grupo que tenemos de wasap.

Mis cosas

Reconozco que en la distancia corta o en el tú a tú, muchas veces, Soledad no acaba de redondear su sentir y siempre en sus razonamientos queda algo por descifrar, alguna incógnita que su interlocutor debe completar o sobrentender; pero cuando su reflexión viene a través de un texto, Soledad es pura sensibilidad, emoción y hermosura. Palabras que nos dejan pasmados y boquiabiertos por su sencillez en el veredicto y por la profundidad sentimental que expresa en ellas, por eso nadie en el grupo es capaz de rebatir su parecer.

En ningún momento puedo igualar la capacidad que tiene Soledad para emocionar, si acaso de vez en cuando he recurrido al sentimentalismo y a la añoranza en alguno de mis artículos tratando de darles mayor emotividad ya que, normalmente, solo pretendo trasladar al papel o a la pantalla lo cotidiano y compartir las sensaciones que algunos hechos me provocan.

Pues bien, hace unos días la compañía de telefonía me propuso cambiar el router porque el actual estaba obsoleto, pero para instalar el nuevo cacharro no veas qué complicación, porque ya no solo es volver a conectar los cables, sino que ahora, además, hay claves y contraseñas que debes confirmar a través de una aplicación. En fin, un lío, como el farragoso asunto de los bancos, un fastidio para una generación a la que nos viene grande el rodillo de la digitalización, que a veces uno quisiera seguir instalado en el siglo veinte.

Pero una vez resuelto el proceso me pongo a la tarea y, aunque absolutamente nada ha cambiado, a mí me parece que la imagen es más nítida, como si hubiese un mayor resalte y creo que va un poco más rápido que antes, o debe ser que necesito sentir la satisfacción de la novedad.

Como ya empiezo a sumar años me viene a la mente una vieja conversación sobre los avances tecnológicos. Ya nos avisaban hace mucho que, cuando los ordenadores estuviesen en pleno apogeo, ya no se editarían los documentos en papel. Ha pasado el tiempo y la realidad es que se han duplicado las certificaciones porque casi todo está acreditado en los dos formatos, impreso y digital.

Pero es notorio que ya apenas escribimos a mano, noto la torpeza de mis dedos cuando tengo que realizar cualquier apunte; supongo que es por la falta de práctica, porque a veces me cuesta hasta firmar. Por cierto, a propósito de la firma, ahora en esas aplicaciones tan modernas casi todos los contratos los refrendamos con una clave numérica que nos envían al dichoso móvil, así que adiós a las particulares caligrafías. Las máquinas nos quitan la personalidad que demostrábamos a través del trazo de una pluma o un bolígrafo, momentos y situaciones que han quedado reducidos a los protocolos para reyes y gobernantes.

Tinteros, plumas y bolígrafos que hasta ahora eran una herramienta imprescindible  van a pasar a ser objetos de la prehistoria, piezas de museo como los manuscritos de antaño y ya no podremos disfrutar de la caligrafía de los escritores actuales porque todo está digitalizado y resulta tan efímero como el brillo de una pantalla.

Sin embargo, a pesar de tantos cambios, no dudo de que en todo momento los autores de cualquier género pretenden alcanzar la perfección, así cada cual intentará componer el mejor poema, escribir el soneto perfecto, redactar un excelente relato, publicar el ensayo más erudito o la novela más sugestiva y emocionante, es algo evidente que mantengan esa máxima cuando se trata de crear. Para los aficionados, a veces escribir es una terapia necesaria y nos conformamos intentando compartir las ideas y emociones que percibimos.

En la literatura como en cualquier arte es muy difícil engañar, reconozco que en algunos momentos existen modas u obras que son un revulsivo frente a lo anteriormente publicado, hecho normal porque hay que evolucionar y adaptarse a los tiempos. Pero siempre percibirás la arrogancia y la prepotencia del autor consagrado que se cree por encima del bien y del mal porque ha conseguido la fama, descubrirás que el libro que lees está escrito por encargo de la editorial para facturar en Navidad, te sonará a hueco el falso poema retórico y engolado qué, a través de palabras rebuscadas y ostentosas tratan de dar mayor sentido al verso, nada más erróneo porque el más lego nota el exceso de artificio y la impostura del poeta.

Por eso es importante reconocer la modestia y aceptar que a veces el entusiasmo se ausenta, tienes la cabeza llena de ruido y las ideas andan desordenadas porque nada fluye, nada es lo suficientemente interesante para escribir. Mientras tanto, como en cualquier conversación banal, cuando no hay temas comunes que contar te refugias en el pretexto del clima y así puedes escribir:

Hoy por fin amanece nublado, a lo lejos y por el suroeste advierto cómo se desplazan las nubes, amenazantes nubarrones negros y compactos se acercan barruntando agua.

Y al contrario de lo que otros puedan pensar, es un día particularmente bello, tan esperado, tan deseado después de este catastrófico verano repleto de días tediosos que solo nos trajeron malos presagios y tristes noticias de incendios descontrolados.

Ahora, esta esperanza de lluvia que se acerca por el horizonte nos aliviará de la desazón y, al menos por unas horas, el aguacero mojará las calles y regará los parques, pero sobre todo espero y reclamo que la tormenta me espabile el ánimo.

Rafael Toledo Díaz