Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que hace ya muchos años estábamos en la época de siega. Los campos  se recubrían con las espigas doradas de los trigos y cebadas.

Yo compro aquí, yo vivo aquí

Julio era un muchacho de unos diez años y su padre le dijo que ese año tenía que irse a la era a trillar la mies para desgranar las espigas.

Julio no sabía exactamente cómo hacerlo, pero ya de más pequeño estaba acostumbrado a verlo hacer a sus hermanos mayores y más o menos conocía cómo girar alrededor de la era. Su padre le explicó cómo coger las riendas, cómo moverlas y cómo cargarse encima de la tabla del trillo y mantener la estabilidad al dar las sucesivas vueltas. Le dijo que no se preocupara que le iba a poner la mula más vieja y la más experta que había en la casa y que todo iría perfectamente.

Y llegó el primer día. Mi padre se subió a la trilla y dio un par de vueltas para que viera cómo se hacía y en una segunda vuelta nos montamos los dos juntos para comprobar lo fácil que era, según decía su padre.

- ¡Venga! Ahora hazlo tú solo - le dijo su padre -. Ya sabes, cuando quieras arrancar, estira las riendas y grítale a la mula: ¡Pasa ya! Y ya no tienes nada que dar las vueltas necesarias.

Ya en posición, en la primera intentona, hizo lo que le indicó su padre, pero la mula no se movió.

- Hazlo, otra vez, pero latiga más la rienda y grita más fuerte - le dijo su padre.

En el segundo intento tampoco hubo una respuesta por parte del terco animal.

Definitivamente fue el padre el que dio las órdenes a la mula y esta vez sí que el animal obedeció a las llamadas, poniéndose inmediatamente en marcha.

Pero, cada vez que había que iniciar una nueva vuelta a la era, tenía que ser el padre el que viniera a dar la orden de salida al animal.

Cuando acabó el día desenganchó el animal, que se dejó llevar mansamente y el muchacho acercándose a la oreja de la mula y con un gran grito dijo: ¡Pasa ya! A lo que la mula contestó con sendas patadas traseras repetidas dos veces.

El muchacho, muy cabreado con el animal, casi lloraba esa noche por la mala suerte de que el cuadrúpedo no le obedeciera.

Su padre le animó y le dijo que no se preocupara, pero que le necesitaba, porque todos los demás estaban en la siega y en la carga y no tenía otra persona ni otro animal adecuado yque como cada vez que se echaba mies tenía que estar él en la era, si no lo conseguía a la primera, le daría él la orden.

La jodía mula se llamaba Rufia y mi padre la tenía un cariño especial porque, aunque vieja, había sido muy trabajadora y fuerte para cualquier faena del campo que en aquel tiempo dicen hacía falta, ya que su padre no tenía tractor.

Al segundo día lo mismo, la mula no tenía ninguna intención de acatar las órdenes de Julio y tenía que ser su padre el que marcara la pauta del inicio de la trilla.

Cuando acabó esta segunda jornada, Julio, muy cabreado y desconsolado, le soltó una patada a la pata delantera del animal y la mula le respondió con sendascoces.

Durante todo el tiempo de siega siguieron con las mismas pautas y no hubo manera de que Rufia, ni tan siquiera en una ocasión, comenzara a mover la tabla de la trilla hasta que el padre de Julio se lo indicara.

Sin embargo, cuando Julio la llevaba a la cuadra se le arrimaba al oído y la decía: ¡Pasa, ya! Y la contestación fue la de siempre.

En todo el tiempo restante la relación de Julio con Rufia se hizo casi familiar. Se saludaban de la misma forma y la respuesta era la cotidiana.

Por desgracia, y antes de la siguiente campaña de siega, Rufia cayó enferma y, a pesar de los cuidados del veterinario que la atendía, la irreductible, tozuda y arisca Rufia murió.

Antes de su muerte y en los instantes en que la pobre mula estaba en los últimos momentos de su existencia, Julio se le acercaba todos los días y, en voz baja, se le acercaba al oído y la decía: ”¡Pasa ya!”. El noble, pero tozudo animal, aún tenía fuerzas para mover la cabeza mirar a Julio y hacer tiritar las patas traseras como podía.

Julio no tuvo más remedio que reconocer que, a pesar de lo mal que se llevaron en vida, Rufia le cogió afecto y cariño y el resultado de las coces no era nada más que una forma de saludarle y de reconocerle afecto y entendimiento.

Julio dejó el pueblo pocos años después, pero su afecto por el género mular se hizo tan afectiva que, ahora que se había hecho ganadero, disponía de un buen hato de mulas, asnos y burros que los cuidaba con el mayor cariño del mundo. Nadie en la localidad pudo entenderla manía de Julio por mantener ese tipo de animales, cuando ya prácticamente las zonas estaban totalmente mecanizadas y la existencia de animales de trabajo o de carga habían desaparecido y no se trataba nada más que algo testimonial.

Mira por dónde, Julio cogió un especial afecto por una mula de cara lánguida y paciente a la que llamó Rufia y consiguió que solamente se moviera cuando le decía: ¡Pasa, ya!

De tal forma que una noche robaron parte del rebaño de animales de su granja, pero, sin saber por qué, la única que apareció sin robar fue precisamente la Rufia tan querida de Julio. Eso sí, la mula apareció con todo su cuerpo lleno de fustazos y heridas, pero nunca consiguieron que saliera de la cuadra, porque la soga que la abrazaba el cuello estaba rota. El resto de animales había desaparecido.

No nos queda más remedio que admitir que los animales mantienen el afecto y fidelidad por las personas que les cuidan con mucho más correspondencia que gran número de componentes del género humano en demasiados aspectos de sus comportamientos.

Eres más terca que una mula : Depende

Mula