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Cuadernos Manchegos
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Si en algo hay que reconocer que las amantes de los reyes españoles escasamente tuvieron posteriormente una salida airosa, aunque siempre ha habido excepciones, pues la mayoría tuvieron compensaciones de tipo personal o para sus hijos ilegítimos. En unos años convulsos en España del siglo XIV, cuando los reyes se encontraban continuamente peleando y guerreando con los distintos reinos e incluso entre sus propios hermanos y hermanastros, el caso que nos ocupa es un ejemplo poco frecuente de la verdadera veneración que tuvo el rey Pedro I de Castilla por esta mujer. En su corta edad, pues falleció a los veintisiete años, supo mantener el cariño de su esposo llegando incluso a  aconsejar en problemas de todo tipo.

Como en anteriores artículos no vamos a entrar en la descripción de la vida de este rey denominado Pedro I, “El Cruel” por sus enemigos y “El Justiciero” por sus seguidores, porque no soy un experto, ni me atrevo a analizar ese período, pero sí a describir algunas curiosidades de la vida de María de Padilla.

Con el rey tuvo cuatro hijos: tres mujeres y un varón (que falleció muy joven). La primera de ellas Beatriz nació en la localidad de Torrijos (Toledo) donde tenía construido un palacio que regaló a María.

El rey contrajo matrimonio con Blanca de Borbón pero siempre acudía a la compañía de María. Avisado por el papa que si seguía en esa situación lo iba a excomulgar, el rey solucionó la papeleta aumentando en dos días más las visitas a su verdadera esposa.

Parece ser que María de Padilla fue una mujer bondadosa y muy religiosa. Mandó construir el Convento de Santa Clara en el pueblo de su nacimiento: Astudillo (Burgos).

Como consecuencia del asesinato de su primera mujer Blanca de Borbón (promovida por el mismo rey), Pedro I  se casó por segunda vez con Juana de Castro de la que tuvo un hijo varón y además otros seis hijos naturales que se conozcan con otras varias mujeres. Así eran aquellos tiempos, de tal manera que el sucesor de Pedro I, Enrique II, era hijo natural del Alfonso XI y Leonor de Guzmán.

Lo más bonito de esta historia es que al fallecimiento de su segunda esposa el rey declaró que su única esposa y su única mujer fue María de Padilla, porque se había casado en secreto antes que con Blanca de Borbón por lo que finalmente, con la aquiescencia de la administración eclesiástica y de las cortes de reino, fue declarada reina de Castilla. Para tal honor sus restos fueron reconocidos como tales y aunque en principio se encontraba sepultada en el convento de Santa Clara, al ser calificada como verdadera reina su sepultura paso a la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, donde actualmente se encuentran sus restos.

María de Padilla fue una mujer fiel a su amante pues soportó las numerosas infidelidades que cometió admitiéndole siempre.