Virgen de las Viñas Tomelloso
Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que recogí esta anécdota no sé si de comentarios de amigos, de alguna narración en charlas informales de cotilleo, de un libro o quizá me parece recordar de alguna anécdota de televisión, pero por su simpatía y por pensar que realmente ocurrió intentaré novelarlo un poco.

Era verano, el sol acuciaba a las gentes con su intenso fulgor y se necesitaba de algo tan natural como estar fresco, así que la abuela Andrea recibió el consejo de su hija de llevarse a su nieto a la playa, mientras ella arreglaba las cosas de la casa y preparaba la comida.

- ¡Vamos Luisito, prepárate que nos vamos a la playa!

- Estupendo abuela, ya casi estoy listo - respondió el buen Luisito, ya un mozo de quince años que era la delicia de su abuela Andrea.

Y ya estaban en la playa. Una estupenda y espléndida arena fina y un mar de un color azulado con su oleaje y sus bañistas, como cualquier playa española.

Bueno pues ya tenían todo instalado. Su sombrilla, sus dos cómodas sillas de playa y Luisito haciendo ejercicios gimnásticos y correteando por alrededor de la abuela.

- ¡Estate quieto, que me mareas! - le decía Andrea

- Venga, abuela, vamos a bañarnos - tirando de un brazo de su abuela.

- ¡Déjate, déjate! - decía intentando separarle con la otra mano - , que ya soy mayorcita y al agua debe estar muy fría; luego, a lo mejor, me meto un poco, pero ahora no me apetece.

- Bueno, pues me voy a bañar yo.

Y Luisito se largó al mar con gran alegría y dispuesto a pasarlo bien en el agua.

- Ten cuidado y no estés mucho tiempo, que ya sabes que te puedes enfriar - le dijo gritando.

- Que no abuelita, tú tenme preparada la toalla que enseguida vuelvo.

- ¡Vaya por Dios! Me he dejado las gafas en casa y ahora no puedo leer bien el libro - decía Andrea rebuscando en el bolso que trajo a la playa.

- Bueno, pues a contemplar al panorama y a tomar el sol.

Así que se acomodó en la silla, poniéndola lo más recta posible y se puso de cara al cielo.

Llevaba ya una buen rato medio adormilada y le pareció que había transcurrido mucho tiempo. Se levantó y comprobó que Luisito no había salido de la playa, así que se acercó a la orilla y vio la cabeza de Luisito que parecía estar dando unas brazadas en el agua. A Andrea le pareció que ya llevaba mucho tiempo y le gritó: ¡Venga, sal ya del agua!

Ni caso, Luisito seguía braceando. La buena Andrea, ya enfadada, empezó a hacerle gestos con la mano, con síntomas de amenazarle y, viendo que no le hacía caso, se quitó la playera y con gestos de amenaza le indicaba que iba a pegarle en el culo en cuanto saliera.

- ¡Maldito, niño! Cuando salgas te vas a enterar lo que es tu abuela. Te voy a poner el culo como los tomates de Murcia ¡Qué salgas ya, desgraciado!

Nada, que el muchacho seguía braceando, pero no parecía tener muchas ganas de hacer caso a la abuela.

Andrea seguía viendo la cabeza del muchacho y volvió a insistir:

- ¡Te voy a cortar el cuello! - ya muy excitada, haciéndole gestos de cortarle el cuello con el dedo.

- ¡Eres un desobediente y cuando salgas vas a cobrar duro y largo!—siguió insistiendo a gritos.

Ya le pareció a Andrea que el muchacho se acercaba a la orilla y, cuando faltaban tres o cuatro olas para llegar, la cabeza del muchacho iba acompañada de un cuerpo de hombre tan ancho como largo, con unos calzones de baño del siglo pasado.

Al darse cuenta del error Andrea no sabía qué hacer y es que el hombre se dirigía muy decidido a ella.

El momento era delicado y Andrea, como buena española, empezó a pergeñar alguna salida airosa para ese momento.

El hombre estaba a tres o cuatro pasos de ella y señalándola con la mano extendida la espetó:

-  ¡Pero señora, está usted loca1 ¡Quién se ha creído que es!

- Yo a usted no le conozco de nada. Se toma usted muchas confianzas, señor.

- ¿Cómo confianzas? ¡Las que se toma usted! Quería pegarme, me ha amenazado, me quiere cortar el cuello - ya muy acelerado: ¿Pero ustedse cree que puede hacer eso con cualquiera?—el hombre seguía muy enardecido y sinceramente irritado.

- No señor, no nos han presentado, no sé quién es usted y no le conozco de nada; así que usted sabrá de lo que está hablando - intentó Andrea conservar la calma.

- Pero…, ¿es que me dice usted que es mentira todo lo que me ha gritado y todas las amenazas que me ha sugerido? ¡Será posible! - echándose las manos a la cabeza.

- Perdone usted señor, pero se equivoca, porque todos esos gritos y amenazas se las decía a mi nieto que estaba bañándose y no me hacía caso.

El hombre, extrañado, giró el cuerpo y miró repetidamente el mar y no vio a ninguna persona bañándose.

- Pues señora, es usted una mentirosa y no está en sus cabales. No hay nadie en el agua bañándose y su nieto no aparece por ningún sitio.

- Pues se habrá ahogado - fue la salida airosa de Andrea.

Al rato, se oye la voz de Luisito: ¡Abuela, que estoy detrás de ti!

No sabemos si Luisito recibió su merecido.

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HAY QUE PROCURAR NO PERDER LA CABEZA EN EL AGUA

Mi nieto en la playa