Virgen de las Viñas Tomelloso
Cuadernos Manchegos
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Recopilando informaciones de biblioteca propia me he encontrado en las publicaciones en un par de ocasiones la llamada de “ Los Monjes Encantados”, que me resultó curiosa de comentar.

La leyenda expone que un anacoreta que se había refugiado hacía muchísimos años en una cueva había fallecido.  El cuerpo fue llevado a la ermita estando a expensas por decidir qué se hacía con el anacoreta. El claustro del monasterio tenía que decidir qué era lo apropiado hacer con su cuerpo, ya que existían dos opiniones contradictorias por parte de sus componentes y no finalizaban por ponerse de acuerdo.

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Una de las opiniones indicaba que el anacoreta se había refugiado y era un persona vaga, ociosa y que había huido y escondido en la cueva para no hacer nada, ni mucho menos hacer labor de confesión, ni de haberse escondido para hacer penitencia, mientras que la segunda opinión alegaba que había llevado una vida de castidad y de redención de sus pecados.

En definitiva se optaba por dos soluciones diferentes en su forma de actuar. Los que menoscababan la postura religiosa del fallecido indicaron que el cadáver debería dejarse a la intemperie en espera de que los rapaces se lo fueran comiendo para que su alma se pudriera en el infierno.

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La segunda opción exponía que se debería tratar  como un santo y llevar a enterrar sus restos al cementerio, pero el abad del monasterio se alió con la primera opinión de tratarlo como una mala persona.

Sin embargo, los partidarios de la santificación desobedecieron al abad  y decidieron recoger al fallecido y prestarle los honores propios de una persona santa. Así que formaron una verdadera procesión recogiendo el cadáver, portando antorchas y subieron a la ermita donde se encontraba  el cuerpo del anacoreta lo recogieron y lo colocaron en unas angarillas, para poder bajarlo al cementerio y darle el correspondiente entierro.

Cuando comenzaron a descender desde la ermita, por el camino de bajada se inició una breve brisa de aire que comenzó a apagar los cirios que portaban los monjes de tal manera que cada vez que se apagaba un cirio el monje se convertía en piedra, por lo que se formó una enorme grupo de rocas entre las cuales se destacaba la del fallecido y las dos personas que lo portaban en las angarillas.

 Lo que no explica la leyenda,  y que ha dejado sin resolver, es si el castigo que sufrieron los monjes fue por la desobediencia que ejercieron sobre la mayor potestad del abad o que fue un castigo por haber intentado santificar a una persona que no debía haber sido un buen penitente y tratarse de una persona ociosa y de baja calidad humana.

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