Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que detuve el coche y me acerqué despacio hacia a la casa. Estaba en la cima de un montículo y tenía  tres edificios unidos en forma de “U”. El hastial de la casa estaba medio derruido, pero en el interior aún se conservaba un pesebre  y más dentro, en un patio cerrado por sus lados, pero sin tejado que ya no existía, se veían tres tinajas de barro de las antiguas de 250 ó 300 arrobas, abiertas por su tripa. En el otro edificio se encontraba una amplia chimenea, varias alacenas de barro y dos poyos a ambos lados de la chimenea, algo deteriorados  y acorchados.

Salí afuera y empecé a hacer varias fotografías, pues estas casas abandonadas y medio derruidas eran mi debilidad. Así que plasmé varias instantáneas y me acerqué a la tercera nave que se encontraba en igual situación que las anteriores, pero no había chimenea, más parecía un almacén para paja y aperos. Una banqueta de madera carcomida casi totalmente era el único mobiliario que existía. En un rincón un montón de paja vieja y una pequeña ventana de barro con paja y tres viejas vigas de madera en el techo y el resto de varios zarzos sobre el suelo.

Ya me marchaba cuando me pareció oír un gruñido como de perro. Volví la vista hacia atrás y pude ver a una perra acostada que parecía enfrentarse a mi presencia, ya que me enseñaba los dientes y gruñía con ruido bajo. Sin acercarme, me fijé más detenidamente y comprobé que la perra estaba criando, así que decidí no acercarme, porque podía ser peligroso el animal con  su camada.

Salí fuera y me extrañó la presencia solitaria del animal y sus cachorros en ese lugar, porque no existía muy próxima ninguna casa de campo habitada, ni tan siquiera la presencia   de pozo alguno.

Me acerqué al coche y cogí un paquete de chocolatinas que casualmente tenía y la partí por la mitad. Me acerqué al albergue que había construido la perra y tiré al suelo la mitad del paquete. Y, a continuación, salí fuera. Al poco rato, la perra salió y se comió el trozo de dulce con avidez, al mismo tiempo que me miraba con desconfianza.  Mientras estaba terminando, me aproximé un poco y, aunque el animal intentó volver hacia atrás, regresó de nuevo cuando vio que le echaba el otro trozo del paquete.

En un exceso de confianza probé a acercarme un poco más, pero la perra empezó a gruñir y se ponía más a la defensiva. Así que decidí marcharme y dejar a la perra tranquila.

Yo no entiendo mucho de perros, pero la característica que más me llamó la atención era que tenía unas largas orejas con muchos pelos, suaves, como lanosos y la piel era de color marrón muy claro, así como café con leche.

Al día siguiente, tenía que ir a ver otra parcela y la ruta discurría próxima de la casa vieja, así que  me llevé un poco de pan, un paquete de leche y varios platos de usar y tirar. Me acerqué al lugar comprobé que la perra seguía allí todavía. Así que deposité un primer plato preparado y lo aproximé al lugar del lecho de la perra. Salí de nuevo y esperé. No tardó el animal en acercarse y dar cuenta del alimento con avidez; mientras, yo preparaba un segundo plato que acerqué un poco más. El animal ya no gruñía y se acercaba hacia el plato con más afección.

El día siguiente era sábado y ya empezaba a obsesionarme con el animal, así que me acerqué de nuevo con mi coche, llevando unos trozos de carne de mi amigo el carnicero que me los había donado generosamente. La perra seguía allí. Le deposité un buen plato de agua y los trozos de carne. El animal ya, en cuanto me oía, dejaba por unos momentos a sus crías y ya se acercaba con el rabo en señal de alegría. Habíamos tomado confianza. El domingo fui nuevamente y ya dejé abundante comida en un apartado que hice con unos trozos de piezas de barro y ladrillos de obra.

Por desgracia no volví en un tiempo, pero me acordé de decírselo a un agricultor amigo que tenía la finca cerca del lugar y se lo conté. El amigo me dijo que no  me preocupara, que él se encargaría de cuidar de la perra, porque era cazador y le gustaban los animales. Así que ya como si hubiera descargado mi conciencia, quedé tranquilo y ya no me preocupé más del asunto.

Al cabo de bastante tiempo me encontré un día en el bar al agricultor que me prometió cuidar de la perra y su camada.

- ¡Ah, sí, hombre! Pues sé muy poco. A los pocos días de decírmelo caí enfermo y estuve unos cuantos días sin poder salir al campo. Los dos primeros días le llevé comida y agua y me cogió confianza, pero no me atrevía a llevármela por la camada que tenía— me comentó, haciendo gestos de recuperar la memoria—  y continuó:

- Como te lo prometí, y ya por curiosidad, cuando me recuperé, fui el primer día a ver qué había pasado. La perra ya no estaba y la camada, unos cuatro o cinco perros estaban muertos y ya atacados por las alimañas. De la perra no ha vuelto a saber nada y eso que lo normal es que se hubiera aproximado a algún lugar donde notara la presencia de humanos, pero siento decirte que no la he visto jamás, pero tampoco he encontrado restos por los alrededores, por lo que cabe pensar que huyó y abandonó las crías después de su muerte.

Esta es la historia real de una deliciosa perra y de su camada a la que he llamado BRISCA.

El perro es el mejor amigo del hombre, y así le va (Perich)

Tomelloso