Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

A Lucia no le gustaban las matemáticas
era atea y leía a John Gray,
recitaba versos de Pizarnik,
quería viajar a Kanchanaburi,
le hubiera gustado tener
una relación con William Holden
y tenia culto por el cine francés,
además, comía rambután
y bebía cerveza en ayunas.

Decía que para sumar no eran
necesarias las matemáticas,
que el hombre era más que un número,
que la plena luz era el camino de la conciencia
y no la exactitud de una lección pragmática.
Adoraba el silencio e imaginaba
los acantilados de Moher rodeados de gaviotas,
en el sin fin de cualquier primavera inmóvil
donde buscar el centro del equilibrio,
en esa hora dudosa donde el ruido
de la gran ciudad se hacía más impreciso,
y apenas podía escuchar
la música de Wynton Marsalis.
Creía en el amor, sin números,
sin el tópico: yo te doy, yo te entrego,
sin la necesidad de encumbrar
los domingos hacía el cielo,
un amor de entrega al mundo
a los autobuses vacíos
y los trenes sin rumbo,
creía en las estrellas,
en la poesía completa
en el silencio como terapia
de todos los miedos.

A Lucia no le gustaban las matemáticas
pero me enamoré perdidamente de ella,
de John Gray, Pizarnik y Willian Holdem,
de Kanchanaburi y los acatilados de Moher,
del cine francés y la música de Wynton Marsalis,
del rambután y la cerveza en ayunas,
dejé de leer la biblia y abandoné
mi carrera de dirección de empresas,
reservamos un billete lost cost hacía Galway,
cerca de los acantilados y las gaviotas,
lejos de la intrascendencia de las sumas y las restas.

@ Miguel Á. Bernao
#poemasbernao