Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

¿De qué te ríes? Parece que te ha pasado algo. Vas por la calle riéndote solo, como si estuvieras disfrutando de algo ¡Venga cuéntame! que esas cosas se hablan con los amigos, no te lo quedes para ti solo.

- ¡Hombre Carlos! ¿Cómo vas? No te preocupes que estoy muy sano y no me pasa nada más que esta vida no da nada más que alegrías que, aunque empiecen por disgustos, al final te das cuenta que los humanos somos incorregibles, insensatos, tozudos, machacones y cansinos.

- ¿Todas esas cosas a la vez o una por una?

- Que no hombre, que no, es una forma de hablar  y es que he salido a darme un paseo y me estaba acordando de lo que me pasó hace unos días y no me ha quedado otra solución que reírme.

- Venga, que me lo vas a contar aunque me cueste un vino para invitarte.

- Está bien, vale, que te lo voy a contar con peros y señales.

- Bueno, venga, aquí está el vino, empieza que si no me van a sentar mal las aceitunas.

- Pues hace unos días salí con el coche a llevar una compra a casa de una amiga de mi mujer, que me pidió ese favor.

- Y tuviste que hacerlo, claro.

- ¡Hombre claro! ¿Es que tú le dices a tu mujer que no a algo?

- Pues, chico, últimamente le digo que sí a todo y, así me va, soy un esclavo feminista.

- Bueno, anda que no será para tanto. ¿Te interesa que te lo cuente o no?

- Que sí, que sí, venga empieza que al final vamos a tener que bebernos una botella.

- Pues no encontraba sitio donde aparcar y di una vuelta por una calle y allí aparqué el coche. Llevé el paquete a la amiga de mi mujer, que me quiso invitar a entrar en casa, pero le dije que no, porque llevaba prisa.

Me marché y cuando llegué al coche me encontré a una señora al lado de mi coche, con los brazos cruzados y, por la pinta, con intención de dar guerra, porque hacía muecas con la boca y daba pataditas con el pie derecho y además iba en bata de casa.

- ¿Y qué pasó, si se puede saber? Acaba de una vez.

- Espera, espera, echa un trago antes de que te rías.

- Yo esperaba algo raro del coche, porque no podría ser otra cosa el malestar de la buena señora y al llegar al lado de ella, me dijo así:

- Oiga, no le importaría no volver a dejar el coche aparcado en mi puerta, porque la puerta es mía, por si no lo sabe.

- Pero, señora, que el coche está bien aparcado.

- Está en mi puerta.

- Señora me podría usted reñir si lo hubiera dejado en la cochera, pero ya puede usted ver que no la molesto, porque puede meter y sacar el coche en la cochera.

- Pero, ¿y si viene mi hijo y no puede aparcar aquí? ¿Qué le parece?

- Señora, pues que aparque un poco más adelante que hay sitio parar todos.

- Si lo que usted diga, pero yo tengo la costumbre, no como otras, de barrer  y limpiar mi puerta y  la acera, quitar el polvo y algunas veces las cacas de los perros, que no sé por qué tienen que cagar en mi puerta habiendo otras y su coche me molesta para hacer eso.

- Bueno, bueno, no se preocupe usted que no volveré a aparcar en este sitio, pero que sepa que puedo hacerlo.

- Pues no puede, así que quite usted el coche que tengo que limpiar la acera.

- ¿Y así dejaste la cosa?

- Así se quedó.

- Pues no le veo la gracia.

- Pues la vas a ver. Hace dos días me encuentro a un amigo que precisamente vive en la misma calle donde aparqué el coche y me contó lo que ha sucedido después.

- Me dijo que, como hace buen tiempo, por las noches tenían la costumbre de sacar una silla y charlar algunos vecinos y precisamente  mi vecina nos contó lo que le había pasado con un señor con el coche.

- Por lo que me dijo mi amigo supe que se trataba de  mi caso y me siguió comentando que la buena señora tenía un disgusto serio con lo ocurrido, y para que no lo volviera a ocurrir parece que ha montado un servicio continuo de vigilancia y lo que más choca es que ha sacado un coche viejo que tenía en la cochera y lo ha colocado en su puerta y lo tiene todo el día allí aparcado.

- ¿No me digas?

- Que sí, que sí, que ha dicho que no piensa quitarlo.

- ¿No será zona azul?

- No, no, pero ayer, paseando fui a comprobarlo y, efectivamente, allí había un R-6 viejo, que ya hasta estaba haciendo huella en el suelo y me contuve porque estuve por llamar a la puerta y decirla si con su coche podía limpiar la acera, pero me contuve y ahora que estoy dando marcha atrás y lo pienso no hago otra cosa que reírme, porque mi amigo, además, me comentó que la señora explicó el caso toda compungida y casi llorando por no poder limpiar la acera, porque haya coches en su puerta, pero ahí no acaba la historia y es que su marido intentó convencerla de que no tenía razón y por lo visto discutieron y al día siguiente la mujer, cuando su marido se había ido a trabajar, sacó el coche y lo colocó en su puerta diciendo que de ahí no se movería y por lo visto escondió las llaves y todo.