Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Ya había alcanzado cierta fama el viaje en tranvía tomellosero. El nuevo concejal de cultura buen empeño había puesto en ello. Unos billetes de serigrafía especial con dibujos del cielo como destino o como el infierno tal vez, proporcionados al principio por Elena, taquillera veterana que antes lo fuera del “CINE SERNA” marcaba el punto de partida.


Una azafata totalmente de rojo te daba a elegir, literatura o arte, pintura mayormente. Te proporcionaba unas gafas en 3d cargadas con los encargos solicitados. Un mensaje personalizado, con una voz, al tiempo seductora y agradable, te deseaba un buen viaje.

La máquina conductora, conseguida gracias a la mediación de nuestro tomellosero de pro Miguel Novillo, era de última generación dotada de un ralentizador muy especial del tiempo, reteniendo varios miles de nanosegundos lo que generaba en todos los pasajeros un efecto de felicidad hasta ahora desconocido.

El entorno literario, sin duda, era el más trabajado. El jefe Plinio parecía acompañarte mediante un holograma durante todo el trayecto, haciéndote participe de todas las pesquisas que rebinaba en su magín, en el caso escogido, aún antes de haberlas compartido con Don Lotario.

La parada en CASINO DE TOMELLOSO tenía atención personalizada de partida de cartas a elegir: “subastao” o tute rabioso; y la del BAR LOVI incluía por las mañanas servicio de chocolate con churros gentileza especial de la Rocío.

La estación favorita de Eladio Cabañero era GLORIETA MARIA CRISTINA, donde quedaba con Marisa Sabia a media tarde para degustar el espléndido café que servían Álvaro y María Victoria.


Félix Grande prefería, sin embargo, la nocturnidad y alevosía de BAR PIRATA, donde cuando las luces empezaban a encenderse en las calles, el susodicho dueño del bar, o también podría llamarse chiringuito, hacía sonar los vinilos de Camarón de la Isla, al que gran aficionado era el poeta nacido en Mérida y adoptado en nuestra localidad.

El cielo o tal vez el infierno, el viaje pacífico y sereno, la lectura agradable que detiene el tiempo, la pintura, el paisaje lleno de luz, que solo la paciencia infinita del pintor es capaz de captar en una rugosa tela.

Ángel Luis López Barrios