Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos
Libro Cuevas de Tomelloso

Pero, chico, ¡qué pinta llevas! Si pareces un muñeco recién salido del hospital ¡Qué barbaridad! Estás increíble, pero… ¿eres tú, o te han cambiado?

- ¡Hombre, muchas gracias! Para esto están los amigos. Me ves como estoy y me maltratas. Claro y ahora me imagino que me preguntarás qué me ha pasado y…, bueno, si me invitas a una caña, nos sentamos en un bar y ya te puedo dar la satisfacción que estoy seguro que deseas casi más que si te tocara la lotería.

- Bueno, no exageres, además si me hubiera tocado la lotería no te hubiera dado la oportunidad de agradecerme mi presencia, porque estaría de vacaciones más allá de Cirujano.

- Venga, venga, que ahí está la Sol, nos sentamos y te lo cuento, aunque voy a resumirlo porque no se lo he querido contar a todos los amigos, pero estoy dispuesto a que tú seas el único, porque conociéndote como te conozco estoy seguro que dentro de tres horas lo saben hasta en el barrio del Altillo.

- La verdad es que no quiero exagerar, pero la pinta que llevas es para asustarse uno. Un brazo en cabestrillo y además escayolado, un bulto en la cabeza que parece un huevo de gallina cabreada, el mentón tapado, los alrededores del ojo amoratados y un esparadrapo en la ceja y, además, andas un poco cojo ¿Pero, se puede saber con quién te has peleado?

- Bueno, basta ya de preguntas e indagaciones, me tienes que prometer no contárselo a nadie, aunque sé que no vas a cumplir, pero al menos me puedo permitir el lujo de intentar regañarte por la correduría que vas a hacer.

- ¡Sí, sí, te lo prometo! Pero, venga ya, empieza hombre, que estoy que me tiemblan hasta las rodillas de la emoción.

- Pues comienzo la historia si me prometes que no te vas a reír. A la primera sonrisa corto el relato.

- ¡Vale, vale! Tieso como una estatua voy a estar.

- Pues mira, Ricardo, yo estaba tranquilamente en mi casa desayunando en la mesa de la cocina. María se había llevado a la nieta al colegio y yo me preparé un buen vaso de leche con un paquete de bollos que me iluminaban la vista. Me senté en la mesa con mi vaso de leche calentito y los bollos a la derecha. Al ir a coger la cucharilla se me escapó de la mano y se cayó al suelo, quedando a mi derecha. Me incliné el cuerpo y alargué el brazo para cogerla, apoyando la mano derecha en el borde de la mesa. En el primer intento no conseguí agarrar la cucharilla, forcé la postura bajando el cuerpo y la cabeza y, al coger la cucharilla, que casi tenía cogida y hacer fuerza, esta saltó con tanta violencia que me dio en un ojo y me dolió bastante. Visto el golpe decidí levantarme del asiento y agacharme para cogerla definitivamente. Al levantarme cedió la tabla de la mesa y se cayó el vaso de leche y los bollos y casi estuve a punto de caerme y al volver a agarrarme a la silla para evitar la caída, esta también volcó, procuré intentar no caerme del todo y apoyé la mano en el suelo con tan mala fortuna que me clavé los cristales del vaso de leche en las manos que estaba destruido en pequeños pedazos por el suelo; intenté levantarme con la mano ensangrentada y no calculé mal y me di un trastazo con el borde de la mesa en la cabeza que casi me deja inconsciente. Mareado, quise levantarme apoyándome en una estantería que tenemos en la pared donde se encontraban las cazuelas y los pucheros y, no debía estar muy bien sujeta, porque cedió y se cayeron el puchero y la cafetera encima de la cabeza, dándome otros dos golpes que ya no me acuerdo en qué parte de la cabeza. Asustado traté de salir del lio y tropecé con la pata de la mesa y caí al suelo con tan mala fortuna que, en el golpe con el solado, me doblé el brazo, además de golpearme la cabeza contra la pared y el hombro se me quedó bloqueado. Mareado otra vez y sin saber qué hacer, sin fuerzas y desalentado decidí quedarme dormido para evitar males mayores.

- Pero,… chico, lo que me estás contando es una verdadera epopeya ¿Y cómo saliste de todo el proceso?

- Pues muy sencillo: que llegó María y al verme de esa guisa se asustó y no se le ocurrió otra cosa que darme dos cachetes en la cara para despertarme o ver si reaccionaba, con tan mala suerte que me dio en la nariz y empezó a salirme sangre. Finalmente llamó a una ambulancia que me recogió y me han arreglado como pudieron todos los desperfectos y me han dejado como nuevo,

- ¿Qué te han dejado como nuevo? Si pareces una momia y en vendajes has arruinado a la Seguridad Social.

- La verdad es que son muy aparatosos, pero en realidad quitando lo del ojo, el brazo vendado, no me da dolor y los golpes en la cabeza y en el cuerpo ya no me duelen y la pierna casi la muevo ya con normalidad.

- ¡Vaya, que estás como nuevo, ¡ea! ¿Y ahora tendrás miedo a desayunar y tomarás todas las precauciones habidas y por haber?

- Sí, ya lo tengo todo arreglado. Hemos quitado la mesa de la cocina y ahora desayunamos en el suelo.

- ¡Iba, ya!.