Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos
Libro Cuevas de Tomelloso

Paseábamos Manolo y yo por las calles en un día de un calor insoportable, seco, sin un atisbo de aire y hablando de nuestras cosas y, después de un buen paseo, decidimos antes de ir a comer tomar un buen vino fresco y un pincho de los que era costumbre darnos el bar donde solíamos frecuentar.

Nos sentamos en una terraza que estaba casi completamente ocupada de gente y nos sentamos en una mesa vacía. Pedimos dos vinos tintos de la Cooperativa y continuamos hablando de los asuntos cotidianos. Durante un rato estuvimos parloteando y nos tomamos un segundo vino. Ya se iba haciendo algo tarde y Manolo pidió la cuenta para levantarnos e irnos a la comida, pero, antes de traernos la cuenta, mi amigo me dio con la mano en el codo y me dijo que me fijara en la mesa de al lado. Me di la vuelta con cierto disimulo y pude observar que en la mesa inmediata a la nuestra estaba un hombre que se había quedado dormido con una postura lógica para los que se duermen: el brazo apoyado en la mesa y la cabeza apoyada en el brazo. No quisimos intervenir, pero, al entregarnos la nota, le dijimos a la camarera si se había dado cuenta de la situación y nos dijo que ya se despertaría. Así que decimos marcharnos sin preocuparnos  más por el dormilón, aunque, como todavía teníamos algunas cosas que hablar, quedamos después de comer a tomar una cafelito en el mismo sitio.

Después de la comida me acerqué de nuevo al bar y, al elegir una mesa para esperar a Manolo, que todavía no había llegado, me encontré con que el buen dormilón seguí en la misma postura y en la misma situación, o sea, que no  había movido ni el brazo ni la cabeza y seguía igual. Al llegar Manolo, planteé la situación y decidimos ponerlo en conocimiento de los empleados del bar que, por cierto, no eran los mismos, pues las camareras habían cambiado el turno y nos dijeron que pensaban que se había quedado dormido hacía poco tiempo. No obstante avisaron al encargado del bar y éste, ya algo preocupado, levantó la voz para decirle que se espabilara con voz muy alta, pero el buen señor no se despertaba. Volvió a insistir y nada, que no levantaba cabeza. El encargado trajo agua y se la fue extendiendo por la cabeza y por la cara y tampoco resultó efectivo el tratamiento, aunque insistió levantándole la cabeza, incluso forzando a moverle del sitito, pero era totalmente imposible que se levantara de la silla. Los demás ayudamos en lo que pudimos, volviendo  a echar agua y ya se pensó que si el hombre estuviera enfermo o incluso muerto, duda que la salvamos al notar que su corazón funcionaba y que respiraba.

Por fin, se decidió avisar a una ambulancia,  que no tardó en llegar. Las dos personas de la ambulancia bajaron del vehículo, haciendo en principio un pequeño reconocimiento, y al intentar hacer lo mismo que nosotros y comprobar que no había ninguna respuesta del hombre, uno de ellos trajo del coche un frasco que  hizo inhalar al dormido por la nariz y parece que esta vez el tratamiento hizo efecto, pues el buen señor empezó a medio abrir los ojos y a removerse en la silla y, cuando ya estábamos todos más aliviados por el problema, de repente se levantó el dormilón con mucha energía tirando la silla al suelo y, gritando, dijo: “¡Joder, es que uno no se puede echar la siesta a gusto sin que le molesten!”.