Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Quizá fue un acierto que las puertas del despacho de mi padre estuvieran cerradas aquella tarde y no pudiera entrar para aporrear el teclado de la máquina de escribir  Olivetti y hurgachear  entre los libros del armario para leer a salto de mata sin la mirada de guardia de los mayores. Y así agazapada en mi desilusión pensé en ir a descubrir el coro primaveral de los pájaros de la plaza, con la excusa de ir a ver a mis tías abuelas. Rompiendo las ataduras impuestas de aquella tarde de marzo guardé en mi cartera los libros del colegio y salí igual que los vencejos que  ya había visto volar por la glorieta donde iba a jugar a diario, volando en los brazos del viento de la tarde.

Al pasar por delante de la biblioteca municipal sentí deseos de escrudiñar aquél recinto prohibido por mi corta edad y donde casi siempre  había chicos en su puerta mayores que yo, con tebeos y cuentos de aventuras en sus manos. En los recreos no podíamos intercambiar cuentos porque estaba prohibido y además a mí nadie me prohibía que yo leyera cuentos de chicos, pero las chicas, casi todas leían cuentos de niñas. En casa del abuelo yo había descubierto el mueble donde tío Miguel guardaba sus colecciones de tebeos. Eran tres colecciones intactas desde el primer número y cuando la abuela Chon limpiaba me daba permiso para ir leyendo aquellos tesoros. Cuando terminaba de limpiar tenía que guardarlos en su mueble y   volver a tocarlos era imposible. De forma que  yo solo tenía la oportunidad de leerlos en aquella biblioteca donde decían que solo pasaban los chicos.

Parada junto a la puerta no me atrevía a pasar y la lucha interior me ponía nerviosa al ver salir a unos y a otros sin que nadie me mirara. Llegue a pensar que me había vuelto invisible. El tiempo pasaba y si no llegaba pronto a casa de mis tías, se enfadarían porque creería la familia que me había ido a otra parte.

Empujé la puerta y el silencio me hizo pararme sin saber qué hacer. Olía a libros y a madera. En el centro una larga mesa estaba ocupada por lectores sentados con la cabeza baja y libros abiertos, iluminados por unas grandes tulipas  metalizadas que daban luz a los libros. Al fondo divisé una mesa de despacho, parecida a la de mi padre, detrás de ella una señora con gafas muy sería me miraba, preguntándome, sin hablar, que, qué es lo que quería.  Sentí encogerme y entonces ella me indicó con la mano que me acercara. En voz baja me preguntó a quien buscaba y yo le dije que a los libros. Alargó su cuello y casi rozo mi cara con sus gafas abriendo un poco su boca como si le faltara el aire. El piso de madera crujió bajo sus zapatos y dando la vuelta salió de  detrás de la mesa y me llevó a un rincón de la gran sala. Fue entonces cuando me explicó que volviera con mi padre o con mi madre para que me hiciera el carnet de socia. Yo le pedí que si podía sentarme un ratito en una de aquellas sillas  donde se leía y ella asintió con la cabeza y me ayudó a subir a la silla y me puso delante un libro de las aventuras de Pinocho. Cuando salí de la biblioteca sentía dentro del corazón algo que no había sentido antes.

Día tras día la biblioteca fue un ámbito indescriptible por ella flotaban los tebeos de todas las edades: estaban las colecciones del tío Miguel que él coleccionara en su infancia y a las que quería como oro en paño; así lo decía la familia. Los chicos devoraban las aventuras de El Guerrero del Antifaz, creado por Miguel Gago. Y El pequeño luchador, en su oeste americano, también de Miguel Gago García y su editorial valenciana, junto al aventurero español Roberto Alcázar y su ayudante Pedrín, creado por Juan Bautista Puerto… Vinieron otros muchos tebeos y libros. Libros donde el pícaro Lazarillo de Tormes me adentró en aquella España de mediados de mil quinientos, con su vida y personajes y con él, asalté las páginas de La Celestina, escrito por Fernando de Rojas, toledano de la Puebla de Montalbán, un poco prohibitivo para los pensares de los años sesenta en ambientes rurales…

Libros Autores y poetas fueron surgiendo desde la lejanía de sus épocas. La nada  no existía dentro de esas paredes que me fueron proyectando hacia un futuro de oraciones y silabas, siempre expectante ante la magnitud  universal de la biblioteca. 

Las niñas, la mayoría de las niñas apenas si leían. Yo devoraba libros en casa y en esa morada vetada a las mujeres. Escuchaba decir que leer era perder el tiempo. y también que solo los vagos y bribones tenían tiempo para los libros. El mundo tan ancho y lejano existía en los libros. A través de ellos y los tebeos conocí a la polaca Marie Curie y su estudio sobre la radioactividad, su familia, su lucha científica y su coraje me impulsaban a sentir que las mujeres podíamos ser algo más que lo que la sociedad nos indicaba ser. Y estaban los poetas y el burrito Platero de Juan Ramón Jiménez, y el libro que me regaló mi padre, de José María Sánchez Silva, de Marcelino pan, y vino y la burrita Non. Todos estaban también en la biblioteca con su música callada de palabras y sus secretos  expandidos en sus hojas de papel.

Cuando me sentaba con un libro entre las manos pensaba que quien sabría mañana de los que pasábamos por la biblioteca; apenas si nadie decía nada. Llegaban cambiaban los libros y se marchaban o se quedaban en silencio, porque el silencio se balanceaba entre los lectores y nos aislaba y sumergía en otras latitudes  con otras gentes. El recinto era un templo sagrado por donde yo pensaba que se reía de nosotros el ingenio de Francisco de Quevedo y buscaba los sonetos que mi madre recitaba de memoria, sobre todos  el de     Amor constante más allá de la muerte

 

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

 

mas no, de esotra parte, en la ribera,

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

 

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han gloriosamente ardido:

 

su cuerpo dejará no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

…Y luego estaban los chistes a él atribuidos, como si Don Francisco de Quevedo y Villegas,  hubiera sido un bufón de corte; nada más lejos del noble caballero Señor de la Torre de Juan Abad que se despidió del mundo y sus miserias en la celda de Santo Domingo de Villanueva de los Infantes. Libros y personajes que habitaban y habitan en las bibliotecas de los pequeños pueblos y de las grandes urbes. Libros que me abrieron la mirada al mar antes de conocerlo.

Natividad Cepeda