Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

¡Qué, Luis! Tomando un cafelillo, ¿eh? ¡Qué bien vivís los que no tenéis nada que hacer! -preguntó un hombre ya mayor con un cigarro en las manos y una camisa de cuadros azules y rojos y una lozana, pero antigua barriga, que ensalzaba su tipo más bien decaído  de piernas y con fuertes anchuras en las caderas.

- ¡Ea! ¿Y qué quieres que haga? ¿Penar? Pues no estoy dispuesto para tanta holganza. Así que aprovecho la herencia que me he asignado y me gasto los euros en disfrutar del bar y de los amigos -contestó un hombre que se encontraba sentado en una silla  de la terraza del bar El Capricho.

- Bueno, pues me siento contigo un rato y me cuentas cómo aprovechas las veinticuatro horas que tiene el día -sentándose y haciendo un gesto para llamar al camarero.

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- ¿Qué, alguna novedad? -preguntó el recién sentado echándole la mano por el hombro al que debía ser su amigo.

- Pues sinceramente no hay viento en las velas, todo igual, como todos los días: las misma caras, las mismas calles, los mismos anuncios de casas que se venden, los mismos locales de tiendas que se abren y  se cierran con la misma facilidad y, lo que es curioso, es que muchas se pasan todo el año anunciando su cierre y su liquidación de prendas y de existencias, pero que no cierran nunca; luego algún entierro que otro y, por lo demás, todo como siempre.

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- ¡Vaya!, pero lo de los entierros no será todos los días, porque es señal que aún te queda familia -le respondió el recién llegado volviendo a echarle la mano por el hombro.

- Sí y precisamente a las doce y media tengo que ir a echar la cabezá, porque tengo que ir a la parroquia de San Nicolás que ahí es la misa.

- ¡Vaya, hombre! ¿Y es un familiar muy cercano? -preguntó pareciendo tener  gran interés.

- Pues es el primo de mi mujer, Marino, el fontanero, el de la calle Ovejeros, que tenía el taller allí, casi fuera del pueblo, que parecía  una casa de campo más que un taller.

- Pues no lo conozco. ¿Y dices que era fontanero? No sería uno que andaba así un poco cojo, bajito y con bigotes, que tenía un hijo medio canijo, que sigue viudo desde hace tres años y ya es como un mozo viejo sin porvenir.

- ¡No hombre, no!, no vas bien. Tú te refieres a Gerardo, el cuchillero, que vive en la calle Tejedores y  afilaba cuchillos por las calles y que se casó con la Eulogia, una mujer de armas tomar, que su marido con la de cuchillos que tenía no intentó usar ninguno contra la mujer,  a pesar de tener razones de sobra. Por cierto que nadie sabe qué habilidad tenía para no cortarse, porque ya sabes que cuando terminaba de afilar alguno se pasaba la mano por el filo y no se cortaba nunca.

- ¡Ah, es verdad! Tienes razón, pero sigo sin saber quién es el muerto.

- Que sí, que sí, que eres muy torpe, si lo conocía todo el mundo, a medio pueblo le habrá arreglado las tuberías de su casa, porque además tenía un mote de lo más apropiado le llamaban “el tuberías” y su padre fue el famoso pocero Germán, “el picolargo”, de lo mucho que hablaba, que se casó con Juliana, la madre de Pedro, el policía, que por cierto la primera multa que puso nada más empezar el cargo fue a su padre.

- Sí, hombre, ¡cómo no voy a  acordarme!, si lo sabe todo el pueblo y lo que a lo mejor no sabes es que su padre,  en venganza, le prohibió guardar su coche en la nave de  la cochera. Menudo follón tuvieron los dos.

- Oye, pues ahora que lo dices resulta que  la hermana de su mujer se casó con Antonio, el muletero, que era primo del hermano de mi padre.

- Pero…, ¿a qué Antonio te refieres?, no acabo de caer.

- ¡Cómo no lo vas a  conocer, si  su abuelo fue el primer corredor de mulas que hubo en el pueblo! , que venían de un pueblo de Valencia y que les pusieron de nombre “Los licenciaos”, por lo mucho que parecían saber y fueron muy famosos en el trato de las mulas.

- Pues todavía estoy igual, porque no te referirás a ese que su hermano se colgó porque se arruinó  del tó y no solucionó nada porque dejó todas las trampas a su mujer  y a sus hijos.

- Ahí sí que has acertado al cien por cien.

- Pues cómo no lo voy a conocer, si precisamente la hermana de su mujer era la tía de la hermana de mi prima. ¿Así que el que ha doblado las uñas es  el tal Marino y resulta que es media familia mía? Oye, y además, mi padre tenía una gran relación con su hermano y toda la familia y mira por donde, aunque lejana, es familia mía. Pues sabes lo que te digo que, por eso de ser de mi familia, te acompaño al entierro y, ¿a qué hora dices que es la misa?

- A las 12,30 horas.

- Pues nada, si te parece vamos juntos.

- Como quieras.