Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Pero, ¿qué te pasa? ¿estás alelao?.

- Pues chico que llevo unos días que no descanso y estoy muy preocupado.

- ¡Ea! Como todos ¿O es que te crees que los demás no tenemos problemas? ¡Anda, anda!, camina, date un paseo y estira las piernas y la cabeza que las tienes paralizadas.

Primer Aniversario de Explora Tomelloso - Únete y déjate ver

- Sí, sí, pero a ver cómo soluciono yo el problema que tengo.

- Pero… vamos a ver: ¿Qué problema tienes si se puede saber? ¡Suelta ya que tengo que ir al mercadillo y se me hace tarde!.

Vuelve la Cultura Diputación Provincial de Ciudad Real

- Pues, nada que he perdido al perro y estoy desolado, porque es el único que me hace compañía y no puedo estar sin él, ¡qué quieres que te diga!.

- No me digas nada que va a ser peor. Cálmate que no quiero tener a vecinos que están llorando como niños pequeños. Ya aparecerá, no te preocupes que los animales vuelven siempre a su redil. Se habrá ido a buscar una novia y en unos días, cuando se le ha ya pasado el desasosiego, ya verás cómo vuelve y todos tan felices.

- Lo que tú digas, pero no me consuelas por mucho que te empeñes. Que no sé qué hacer sin mi perro y lo peor no es eso…

- Otra vez, mira que eres cansino y ahora, ¿qué es lo que dices que es peor?.

- Pues muy sencillo, que el otro día le regañé y me enfadé con él y seguramente me haya abandonado como consecuencia de la discusión.

- Pero, ¿tú qué te crees que son los perros? ¿Personas humanas?, no hombre, no, ya verás cómo se ha ido por otro motivo; los perros y los animales no son rencorosos, ni tienen malos pensamientos con sus dueños, los quieren, los respetan y son fieles hasta la muerte.

- Ya, ya, pero es que ya ha pasado bastante tiempo y me acuerdo mucho de nuestros buenos ratos: pasearlo, prepararle la comida y verle dormir y gustarme las carantoñas que me hace todos los días y, la verdad, que no puedo estar sin él.

- Bueno, venga, anímate, ya verás como cuando vayas a casa te está esperando con las patas abiertas.

- No estoy tan seguro, pero, hazme un favor, si lo ves hablas con él y me lo llevas a casa, díselo a los vecinos que yo lo haré también por si acaso tengo suerte y lo recupero.

- ¡Oye!, pues si tienes alguna foto, ponla por los anuncios del pueblo por si alguien lo ha visto o recuperado y te lo trae.

- No sé si hacerlo, porque estoy muy desesperado por no tenerlo ¡Qué pena, Dios mío!.


A los pocos días, Anselmo, que así se llama nuestro personaje propietario del perro, recibe la visita de su vecino, Mariano, que llama a su puerta.

- Anselmo qué alegría te vas a llevar, me han llamado de la perrera una amiga mía y me ha dicho que ha recuperado un perro que, por las señas debe ser el tuyo, porque es un pastor alemán ya mayorcito y me han dicho que te acerques para que lo reconozcas por si es el tuyo. Si quieres te acompaño a la perrera a ver a mi amiga, porque la dije lo de tu perro y se ha acordado.

- ¡Ah!, ¡no me digas!, enseguida te acompaño, vamos en mi coche por si tengo que traérmelo. Espera un momento que me ponga algo visible y nos vamos si te viene bien.

- Que sí hombre, que sí, voy a decírselo a Felipa que me voy a acompañarte.

Montaron en el coche y se dirigieron a la perrera.

- ¡Qué alegría, Mariano! ¡Qué contento estoy!, ya parecía que no lo iba a encontrar nunca y estaba muy desilusionado, porque, aunque parezca mentira, un hombre viudo como yo, necesita de compañía y “el Sultán” me daba la ayuda, comprensión y compañía que necesitaba, porque fíjate hasta veíamos juntos la televisión y en los programas estos de enredos, ladraba cuando la hacían gracias algunas cosas.

- Anselmo, no será para tanto, que es un perro y no otra cosa.

- Ya, ya, pero era mi pañuelo de lágrimas, porque ya sabes que soy muy lastimero y me emociono con cualquier cosa que me ponen en la televisión y sobre todo esos programas de grupos de personas populares que van lugares raros a convivir y, ¡chico!, te encuentras a cada personaje que da asco hasta mirarlos de lo repugnantes que son, pero Sultán y yo disfrutamos de sus discusiones.

- Pero no me digas que disfrutas con ese tipo de programas.

- ¡Cómo que si disfruto! ¡Y mi perro también! Y no te creas que de vez en cuanto tenemos nuestras diferencias y él se pone a ladrar y yo le grito y discutimos.

- Pero, pareces un crio de teta; venga, que ya llegamos.

Llegaron a la perrera y recorrieron varias jaulas hasta que encontraron la de un perro que Mariano reconoció como el suyo. Al verle, el buen perro se puso a ladrar con fuerza.

El encargado de la perrera le dijo que esperaran fuera en el patio de salida que tenían que quitarle al perro los identificativos y que ya se lo podrían retirar.

Se encontraban en el patio a la salida de la perrera esperando la entrega y Anselmo estaba todo ilusionado y emotivo, casi llorando.

Desde la puerta de la perrera soltaron al perro que al ver a Anselmo cogió una velocidad endiablada y se dirigió hacia donde estábamos, al mismo tiempo que Anselmo abría los brazos para recibir a su Sultán, pero, cuál fue la sorpresa que el perro, al llegar a Anselmo, se puso a ladrar como un condenado, se le erizaron los pelos del lomo y se tiró a morderle los pantalones y salió pitando por la puerta de la perrera.

Anselmo, enloquecido, fue tras el perro y tropezó con el porche de la puerta, cayendo al suelo, dándose un golpe en la cabeza, y levantándose como pudo vio cómo su querido perro le ladraba desde lejos moviendo al rabo alternativamente y salió corriendo hacia el campo.

Mariano socorrió a Anselmo, que no tenía nada más que un pequeño bulto en la cabeza y ya le preguntó preocupado si se había hecho algo.

- No, no, me duele un poco, pero no ha sido nada. Lo peor es lo que ha hecho el perro que no me lo esperaba.

- Pero, vamos, a ver zumbón, no decías que te quería y que eráis uña y carne.

- Sí, hombre sí, lo que pasa es que algunas veces discutíamos por los temas de los affaires de la televisión y en las discusiones a veces le pegaba con el bastón en el culo para que se callara cuando no tenía razón y ya, el último día, la discusión fue un poco más fuerte y le aticé un poco más que otras veces.

- ¿Y dices que te quería?