Cuadernos Manchegos
Cuadernos Manchegos

Buscar la felicidad: anhelo y deseo de los humanos. Cuánta confusión, cuántas conjeturas equivocadas. La felicidad no se busca, se encuentra en cualquier lugar; cualquier persona es capaz de ser feliz, no se ha de reunir nada más que una condición: comprensión; infinita y paciente comprensión ajena y no propia. Ese es el secreto de la escondida y recóndita, pero evidente y palpable, realidad del carácter humano.

Lucía y yo éramos felices. La breve historia de mi matrimonio ha estado llena de felicidad no buscada y definitivamente encontrada y estaba asegurada. Nunca pensamos que pudiera ser así, tan pura y duradera. Habíamos conseguido compenetrarnos de tal forma que un simple gesto, un movimiento de las manos o un ademán era suficiente para comprender nuestros propios sentimientos.

Lucía era una mujer formidable. Siempre preocupada por su deber, por su cariño hacia los demás y con un amor infrecuente para con sus semejantes. Ni un momento de dilación, ni un respiro, ni un mal gesto: una verdadera esposa y madre.

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Desde jóvenes nuestros sentimientos confluyeron. Mi forma de ser, mi acelerada precipitación para conseguir los objetivos de la vida, mis enormes ansias de vivir, todo ello contrastaba con la sosegada sensatez que, en cualquier momento y ocasión, hacía gala Lucía. Esa aparente y opuesta divergencia era lo que precisamente más nos unía. Lucía necesitaba alguien agresivo, con iniciativa, que le diera ánimos y esperanzas, pálpitos y sensaciones que ella era incapaz de demostrar y, por mi parte, tenía la imperiosa necesidad de encontrar alguien que me permitiera ver y separar con claridad el marasmo de ideas y proyectos que bullían por mi impulsiva mente.

Aquella invitación de Pedro en el café permitió conocernos. Lucía buscaba con ansiedad estabilizar su empleo. Estaba preparando unas oposiciones y se la notaba preocupada, nerviosa y algo inquieta. Sentados en una de las mesas del café, hablábamos con Pedro de nuestros proyectos empresariales. Decidimos establecer un pequeño negocio de asesoramiento turístico, con una idea que ambos compartíamos hacía tiempo y Pedro estaba empeñado en que su amiga Lucía se uniera a la empresa. La unión de un asesor fiscal, un abogado y una excelente labor administrativa nos sería suficiente para prosperar en nuestro futuro negocio. Lucía no pareció en principio muy entusiasmada con la idea y prefirió algo más concreto y definitivo.

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Nos reunimos en otras ocasiones para ir perfilando asuntos. Durante cuatro meses estuvimos realizando diversas gestiones para encontrar un local. Alquilamos por fin uno ideal en pleno centro de la ciudad, próximo a urbanizaciones, chalets y hoteles de turismo y donde los veraneantes acudían diariamente en la época de vacaciones en búsqueda de ocio y diversión.

Cuando teníamos todo dispuesto para la inauguración oficial, Lucía nos comunicó la noticia de haber aprobado las dichosas oposiciones, habiendo conseguido plaza en la Consejería de Turismo y había decidido tomar posesión de su nuevo destino en una localidad próxima.

Por mucho empeño que pusimos en convencerla de que no nos dejara, no fue posible conseguir que Lucía se uniera a nosotros, así que, muy a nuestro pesar, tuvimos que conformarnos con su ausencia.

No obstante nos visitábamos con cierta periodicidad y siempre nos preguntaba interesada por la situación de nuestro negocio, no en balde, y hasta cierto punto, algo relacionado con su actividad de funcionaria. Nuestra amistad fue creciendo y los contactos resultaron más continuos, nuestras conversaciones más profundas y nuestro entendimiento mayor; en definitiva, que al poco tiempo decidimos unir nuestras vidas.

Y aquí empezó la historia de Lucía: la encomiable, abnegada y, en cierto sentido, desgraciadamente feliz vida de mi esposa.

Después de un tiempo decidimos casarnos. Nuestra boda había sido preparada como era costumbre: iglesia, invitados, celebración y viaje de novios. Todo dispuesto y controlado. La boda el domingo y el lunes de viaje.

Pero ese mismo lunes, de madrugada, recibimos la noticia de la grave enfermedad de Mauricio, padre de Lucía, internado en un hospital. Mauricio era viudo y su única hija era Lucía. El viaje tuvo que ser suspendido. Durante los dos meses que duró el internamiento en el hospital de su padre, Lucía no se movió ni un momento de su cama, prestándole todos los cuidados necesarios, continuando en su trabajo de la Oficina de Turismo, desplazándose todos los días treinta kilómetros de ida y otros tantos de regreso; dormía en el hospital y así durante todo el tiempo que duró la enfermedad; finalmente su padre falleció. En ningún momento Lucía comentó nada sobre su frustrado viaje. Había adelgazado y se la notaba algo agotada. Ni una queja, ni una mala cara, ningún gesto de contrariedad ni desagrado surgió durante ese tiempo.

Era invierno y tomamos la decisión de programar el perdido viaje para el verano siguiente. El negocio progresaba y estábamos contentos con el desarrollo de las cosas y más alegría nos produjo cuando Lucía dio la noticia de haber confirmado su embarazo y que posiblemente daría a luz en junio.

Durante el embarazo tuvo algunas contrariedades: una excesiva delgadez y sus múltiples actividades y movimientos ajetreados no hicieron presuponer un buen estado de salud. Los dos últimos meses los pasó en el hospital casi completos. Finalmente, en junio como estaba previsto, dio a luz un hermoso niño sin excesivas complicaciones.

Bautizamos al niño con el nombre de Mauricio, como el padre de Lucía, por su deseo expreso. Siempre, y en todo momento, Lucía soportó con entereza su complicado proceso de gestación y difícil alumbramiento. Se la notaba contenta y feliz, cariñosa y afectiva como siempre, como si estuviera cumpliendo una obligación venturosa y agradecida.

Por supuesto el viaje tuvo que aplazarse de nuevo, esta vez sin saber cuándo se recuperaría de nuevo la posibilidad de realizarlo.

Hasta que el muchacho cumplió un año, Lucía cumplió con abnegada labor los cuidados del niño, continuando con su trabajo y entre los dos  disfrutábamos de sus pormenores, atendiendo a Mauricio y compartiendo la felicidad. Su arrollador entusiasmo me contagiaba; en  nuestras escasas salidas de fin de semana emanaba unas inmensas ganas de diversión y bullicio que me sorprendía.

El verano siguiente, el niño ya con dos años, enfermó seriamente. Unos problemas de piel habían mermado la salud de nuestro hijo y le habían afectado al normal funcionamiento de sus riñones. Análisis, biopsias, medicación, hospital. Todo un proceso largo y tedioso hasta conocer los resultados. Lucía no se separaba del muchacho, día y noche. Dejó provisionalmente su trabajo y durante seis largos meses soportó con total resignación la enfermedad de nuestro hijo.

Un verano más, y a pesar de nuestros cuidados, Mauricio sufrió un fuerte acceso en su enfermedad  y finalmente tuvimos la desgracia de perderlo para siempre. Lucía se había comportado con fingida alegría en presencia del muchacho: jugaba con él, le contaba cuentos, le leía libros de aventuras, le animaba en el manejo de lápices y pinturas, como si el muchacho tuviera capacidad de asimilar todas esas cosas, siempre con el ánimo de que Mauricio no se diera cuenta del estado de su enfermedad. Era extraordinario observar que cuando no estaba con el muchacho en ningún momento bajaban sus energías, se la encontraba dispuesta, hasta cierto punto alegre y con conversación hasta agradable. Lo más sorprendente es que era capaz de dar ánimos a los demás, proporcionaba unas ansias de vivir que los amigos y compañeros hasta agradecían esta forma de entender la vida.

El espíritu de Lucía parecía estar por encima de todas las calamidades de la vida. Notándola recuperada después de un largo tiempo, decidimos  volver a programar nuestro aplazado viaje. Era un compromiso que yo había adquirido y deseaba poder cumplirlo.

A pesar de todo, el tiempo transcurría  con plácida tranquilidad. El fascinante tiempo de otoño inducía al mayor sosiego y calma del espíritu humano. Los frecuentes y acostumbrados paseos por nuestro cálido y acogedor pueblo manchego, proporcionaba una estimable colaboración en nuestros sentimientos, facilitándonos una más sincera comprensión y entendimiento. Simplemente el paseo por sus campos al atardecer, cogidos de la mano, sintiendo en  nuestras caras la suave brisa que, acariciando con delicado roce todas las partes de nuestro cuerpo, nos transmitía esa sensación de libertad, de felicidad, de inolvidable paz, que solamente era posible en esos momentos de relajación. Admirable e incomparable  quietud, que solamente la brisa de esta tierra proporciona.

            Aquellos días de inmensa comprensión, condujo al planteamiento de la revisión del aplazado, y no conseguido, viaje pendiente. Animados, hicimos planes para poder visitar distintos lugares y países. Lucía miraba siempre el mapa buscando los colores azules: el agua, su mayor obsesión: el mar, su anhelo. Todo preparado y otra vez…

De nuevo otro hecho imprevisto cortó la posibilidad del viaje. La fatalidad frustró nuestro anhelado deseo. Un maldito traspiés en la escalera hizo que me rompiera tibia y peroné, precisamente quince días antes de la salida prevista para el viaje. Así, inmóvil, en la terraza, mirando al horizonte y al inmenso y tranquilo paisaje y con escasas salidas y breves paseos, pasamos los tres meses de verano. Lucía, como siempre, con su eterna sonrisa en la boca: solícita, amable, cariñosa y sobre todo alegre, con una increíble paciencia y con entrañable amor y cariño. Trasladé parte del trabajo a casa: ordenador y móvil de la empresa que me permitían compartir la actividad de la empresa de Pedro que, por suerte, seguía funcionando bien hasta la fecha. Lucía incluso procuraba en todo momento ayudarme en la correspondencia, cuando su tiempo se lo permitía.

Por fin una buena noticia: Lucía había conseguido su traslado a la ciudad después de más de dos años. A su ciudad, a esta maravillosa ciudad de La Mancha, donde había nacido y donde siempre deseó vivir. Lo consiguió, aunque su círculo de conocimientos había estado muy limitado, pues exceptuando la región manchega, Lucía conocía escasamente algún que otro lugar.

No podía dejarlo así, Lucía tenía que conocer otros sitios, otras gentes, otros espacios y me empeñé en realizar el tan añorado viaje. Eran ya cuatro años sin conseguirlo y en el quinto iba a poder realizarse.

Un día de verano llegué a casa y encontré a Lucía caída en el suelo, sin conocimiento.

En el hospital le diagnosticaron un proceso anémico del que tardaría mucho en recuperarse. Durante varios días los médicos intentaron restablecer su famélico cuerpo. Pruebas y más pruebas, largos y horribles días de inquietud y zozobra y…. al final peor. Lucía sufría algo inevitable, algo difícil de recuperar. Un proceso de larga y progresiva duración y de la que existían escasas posibilidades de salir adelante. Finalmente la dieron de alta y regresó a casa. Se dio de baja en el trabajo y largos paseos por el campo, pero su agotamiento iba en aumento, y, sin embargo, Lucía no dejaba de sonreír. Hacía planes para su segundo hijo, me mimaba en el trabajo. Casi me obligaba a no estar triste, a que no recordara su grave enfermedad.

Lucía dejó de existir, quedó postrada en su mecedora, frente al horizonte; a su cálido paisaje manchego que tanto quiso, con sus azules cielos y sus rectilíneos viñedos, su incomparable luminosidad y sus radiantes alboradas. De esta forma quedó: contemplando la maravillosa quietud en un atardecer claro y encantador.

Aquel día que descubrí en la casa su cuerpo inerme, encontré una nota en la mesa: ”No tardes mucho, tenemos que hacer nuestro viaje”.

Así murió Lucía, mi compañera, mi ilusión, mi vida. Lucía, la mujer que fue feliz, sin serlo.