
Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que repasando el sistema de riegos de la parcela en la que pensaba plantar melones, y una vez en la caseta de riego, e intentando hacer la prueba inicial para comprobar el correcto funcionamiento de todo el proceso, el técnico pudo comprobar que la bomba no funcionaba. Empezaba la campaña de riegos y se estaba probando todo el sistema de riego para disponerlo y ponerlo en marcha. Algo había ocurrido, pero no arrancaba. El interruptor estaba conectado y las palancas en posición correcta, pero no salía agua por la tubería general. Abrió la caseta y comprobó el cable eléctrico. Justo en la boca del pozo donde el cable hacía una curva para adosarse al cuerpo de la bomba, una rata se había encargado de pelar el cable. En el suelo se observaban las pruebas que había dejado el roedor. Hubo que levantar la bomba, cambiar el cable—no era posible hacer un empalme— y protegerlo de nuevo con una doble capa de tubo hueco.
Se colocaron varios cebos envenenados, cepos y una trampa-jaula de hierro con cebo y estuvo buscando a un amigo suyo cazador para pedirle que llevara una comadreja, porque pensaba que este animal acabaría con la rata, pero con las prisas se decidió dejarlo para más adelante y colocó como pudo todo lo referido con mucha paciencia.
Durante un tiempo la bomba siguió funcionando a base de mantener los cepos y los venenos, porque la invasión de ratas era bastante importante, aunque lo curioso es que no se encontró ninguna rata muerta, pero los cebos desaparecían y en las trampas no se encontró ningún animal muerto.
Conclusión o la/s rata/s eran muy listas o estaban engordando con los venenos y se reían de los cepos y de la jaula trampa, porque, sÍ no, era imposible encontrar otra explicación.
Por suerte el cable seguía intacto gracias a la protección que se le proporcionó en su día. No obstante, periódicamente, se vigilaba la caseta del pozo y se mantenía el proceso de cebo y cepos, alternando la materia prima de los cebos y de los cepos—como curiosidad quesos de distintas clases, aromas y calidades—. Pero además se buscó la colaboración de un hermoso y reluciente gato, para lo que se abrió una gatera en la puerta.
Al cabo del tiempo se terminó la campaña de riegos y un día se detectó que el gato no había utilizado su comida habitual, por lo que se decidió abrir la caseta de la bomba del pozo. La sorpresa fue mayúscula: dentro de la jaula-trampa se encontraba el gato, tumbado y con un aspecto de estar hambriento y desfallecido, mientras que la comida de los cepos y los cebos habían desaparecido.
Inspeccionando la caseta más detenidamente parecía deducirse que por donde salía el tubo del agua había un boquete lo suficientemente amplio como para permitir el paso de ratas, porque estaba claro que se trataba de una rata por el tipo de deyecciones sólidas que frecuentemente se encontraban en las inmediaciones.
Se decidió liberar al gato y cerrar con cemento y trozos de cristal esta pequeña oquedad y rellenar los cebos y cepos.
Ya por estricta curiosidad, a los quince días, se volvió a repasar la caseta. La rata seguía yendo por la zona, porque se había comido los cebos, pero ahora debía entrar por otro sitio, porque el cemento estaba sin tocar, así que lo más probable es que entrara por la gatera, que no se había tenido la precaución de clausurar para que el gato pudiera moverse con mayor facilidad y, aunque esté mal decirlo, mantuvimos en dieta de hambre al pobre animal durante unos días.
De nuevo otros cebos, relleno de cepos y cerramiento de la gatera. Ya se pensaba que debí a ser una manada de ratas, porque se suponía que los que comieran los cebos debían morir al poco tiempo, por el efecto retardado del veneno y era normal que murieran en su madriguera.
Se repitió la operación a los quince días, y ahora sí que la sorpresa iba en aumento, el animal que fuera había confeccionado un túnel por debajo de la caseta y se había introducido de nuevo en ella. Encontramos dentro el montón de arena excavado y la salida de la madriguera construida. Bueno, esto era el colmo de la paciencia.
El animal debía ya pesar cien kilos porque el alimento envenenado que se había comido era para engordar a un elefante. Toda una campaña de riegos y aún seguía viniendo a comer.
Al final se decidió conservar la madriguera y, a la boca de la salida por la parte de la caseta, colocar adecuadamente un lazo de hierro, que se cerrara al salir de la boca. Un ingenioso sistema que debería dar resultado… y así fue.
A los tres o cuatro días, al abrir la puerta de la caseta nos lo encontramos.
No, no era una rata lo que se encontraba muerto atrapado en el lazo, era sencillamente un topillo, de color marrón, con un corto rabo y de pequeño tamaño. Comprobando su tamaño y forma se dedujo que era el denominado topillo europeo o técnicamente “Microtus duodecemcostatus”.
Por cura curiosidad y empeño se procedió a hablar con algunos expertos del pueblo en estos menesteres, que “haberlos, haylos”, y que, en definitiva, no consiguieron dar alguna explicación que fuera suficientemente razonable, porque era muy extraño que habiendo ratas, los topillos tuvieran familiaridad con sus compañeros de especie como para vivir juntos y comer juntos.
De todas formas cabe deducir que las primeras veces debería tratarse de ratas, por las deyecciones iniciales, mientras las últimas eran de un color marrón más claro y más alargadas.
Posteriormente a estos hechos no volvió a ocurrir nada nuevo. Misterios del mundo animal, pero a los topillos, que son animales de carácter herbívoro, también le gustan los cebos, así que lo mejor son las comadrejas o cría de serpientes y menos cebos y cepos que estos animales se lo aprenden todo.
