
Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que íbamos a ver unos almendros al monte acompañados de un agricultor en el viejo coche Citröen, un dos caballos de dos plazas. A mí me había correspondido sentarme en la parte trasera encima de una rueda de repuesto. Veníamos comentando el año tan malo que llevábamos con la cosecha de almendros, porque se helaron y esta campaña no parecía tener mejor cara.
- Pues la verdad es que he tenido suerte. Los Desmayos se han helado, pero la Marcona no ha tenido problemas y presenta muy buena floración, así que espero que se mantenga de esta forma en toda la campaña - se expresaba el agricultor, continuando: - Como les dije las he tratado con aceite blanco y hasta la fecha no he tenido ataque del gusano, pero prefiero que lo miren ustedes para ver si merece la pena esperar a tratar en el verano - se seguía expresando el hombre, mientras su voz daba saltos al mismo ritmo que los baches del camino.
- Lleva usted razón, la mayoría de los almendros se han helado - comentaba mi compañero: - Una pena porque el año pasado tampoco fue una buena campaña, pero esperemos que los que este año tienen cosecha carguen suficiente producto y los precios suban - comentaba mientras conducía.
El viejo coche recorría un estrecho y perfilado camino, descendiendo por una ligera cuesta que llevaba al fondo de un barranco, desde donde se iniciaba otro camino que conducía a la zona alta del monte. El terreno estaba húmedo, pues en pleno mes de junio había caído la típica pedregada a la que estábamos acostumbrados en la zona. No obstante, del intenso y prolongado chaparrón del día anterior, el tiempo se presentaba caluroso y lucía el sol a pleno rendimiento, incluso se notaba un cierto bochorno producido por el húmedo calor, propio de la humedad y la temperatura ambiente que hacía que el cuerpo notara un cierto agobio y sofoco.
Al poco tiempo terminó el camino y se nos presentó una franja de terreno perpendicular al sentido que llevábamos y que no era otra cosa que una hondonada donde el agua se había aliviado de la enorme tormenta del día anterior. Multitud de piedras y cantos rodados, arcilla y restos de ramas y troncos de madera eran los materiales que cubrían la estrecha zona. Decididos, mi compañero metió la primera y cogiendo unos metros de impulso se dispuso a cruzar por lo que los lugareños denominaban “la barrancada”, pues, efectivamente, era un barranco a pleno campo.
El coche, a pesar del acelerón, fue avanzando lentamente al mismo tiempo que las ruedas se hundían en el terreno de forma evidente. Aproximadamente a mitad de la zona el coche se paró y, a pesar de los intentos de dar marcha adelante y marcha hacia atrás, el vehículo no se movía y cada vez se iba hundiendo cada vez más, hasta llegar a mitad de las ruedas. Mi compañero paró el motor, y, abriendo la puerta, pudo comprobar que proseguía hundiéndose poco a poco, profundizando en el barranco. Inmediatamente cerró la puerta y nos comentó la situación.
- Pero… y ahora ¿qué hacemos? - preguntó el agricultor preocupado.
- Usted no sé, pero ya me largo de aquí ahora mismo - respondió mi compañero y, abriendo la puerta, salió del coche.
El agricultor y yo nos miramos con cierto aire de espanto y a la mayor velocidad que pudimos hicimos lo mismo.
Al final, y a duras penas, pudimos cruzar al otro lado del barranco, no sin grandes esfuerzos por levantar el calzado del lodo y barro que llenaba el barranco.
Una vez al otro lado nos sentamos al borde, encendimos un cigarro y nos quedamos contemplando cómo el coche, aunque más despacio, cada vez seguía penetrando en el barranco.
Al poco tiempo apareció un tractor que enganchó el coche y lo sacó del barraco antes que el agua se tragara el coche. Observamos el estado del pobre coche y era penoso, porque pensé que posiblemente no tendría arreglo alguno.
UNA HUIDA A TIEMPO ES UNA VICTORIA
