
Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que me encontraba paseando por una zona boscosa de monte bajo, muy cerca de la orilla de una laguna, muy poblada de árboles de orilla y mi propósito, como era costumbre siempre que salía por estas zonas, era intentar localizar algún tipo de planta o hierba que no conociera para poder fotografiarla.
Llevaba la bolsa de agua, algo de fruta y mi paquete de cigarrillos que no faltase. Ya llevaba bastante tiempo dando vueltas de un lado a otro y pensé hacer un pequeño descanso. El día era caluroso como cualquiera de verano y preferí acercarme a la orilla donde haría más fresco y más sombra. Bajé del pequeño promontorio donde estaba y me acerqué a la orilla. Busqué un árbol que me diera sombra y me senté tranquilamente en una piedra que sobresalía del terreno, desde donde se podía observar el suave movimiento del pequeño oleaje que formaban las aguas de la laguna y que producían una sensación de tranquilidad.
Me comí la fruta y eché un trago de agua. Pasé al segundo plato del desayuno que no era otra cosa que encender el cigarro. Cuando ya había echado la primera calada observé que cerca de la orilla pasaba una enorme rata que escurridiza y agachada daba la impresión que quería pasar desapercibida.
Cuando iba a perder de vista al animal, de improviso desapareció de forma inesperada. Agudizando la vista quise saber lo sucedido. La conclusión fue muy sencilla: una serpiente se había tragado el animal. Observé más detenidamente y pude descubrir que era una serpiente de escalera adulta que se encontraba en el borde de la mata de hierba que rodeaba el árbol.
El reptil mantuvo la boca abierta y se quedó inmóvil, seguramente intentando llevar a su estómago la rata. Ninguno de los dos nos movimos, la serpiente giraba despacio la cabeza de un lado a otro y mientras, el bulto que tenía en el cuerpo iba pasando despacio, poco a poco. Así estuve cerca de media hora observando el paso del animal hasta que en un cierto momento la serpiente inició la marcha, eso sí sin asustarse, con tranquilidad, despacio y poco a poco fue desapareciendo del herbazal hasta que la perdí de vista.
Un poco más adelante, qué casualidad, pude contemplar una escena parecida, en este caso también se trataba de una serpiente de escalera, que por lo visto la zona estaba atestada de esta especie, pero que en esta ocasión pude contemplar con anterioridad. Se la notaba inquieta y quedaba claro que estaba buscando la forma de alimentarse, porque sus movimientos claramente sinuosos así lo identificaban. Muy sigilosamente fui acompañando a la serpiente en su recorrido. Se deslizaba como siempre muy despacio y no aumentaba ni disminuía su corto ritmo de movimiento. Estuve un gran espacio de tiempo observándola, pero ya había pasado cierto tiempo decidí dejarlo, porque no esperaba ya ninguna nueva acción.
Pero quedé perplejo cuando la serpiente dio un movimiento. Como si fuera un estallido e introdujo la cabeza en un hueco y volvió a sacarla con algo en la boca. Sí, había cazado una presa y esta era más grande comparándola con la anterior. La acción posterior fue la misma que en el caso de su anterior congénere, quieta en ese mismo lugar hasta que terminó de engullir la presa y después se largó, también con movimientos lentos. Por curiosidad me acerqué al agujero donde había metido la cabeza la serpiente y pude comprobar que era una guarida de conejos. Me imaginé que había sido un gazapo, aunque no me hubiera extrañado que se hubiera tragado al conejo padre o madre.
Por lo visto, ese día podía haberlo bautizado como el Día de la Serpiente, porque parecía ser que todas tenían hambre.
LAS SERPIENTES SON COMO ALGUNAS PERSONAS, SE TRAGAN TODO
