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Una tomellosera perdida en la ciudad
C. Manchegos | Tomelloso | Sociedad | 23-07-2021

Anécotas verídicas

Una tomellosera perdida en la ciudad

Esta descripción se realiza en primera persona tal como nos la contó la involucrada en este artículo y con su autorización.

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que tenía que ir a Madrid. Me aseé y me dispuse a encaminarme al coche de línea para ir a la capital. Cogí la cartera y las llaves de casa y a las seis y cuarto en punto de la tarde me encontraba en la estación de autobuses. Saqué el billete y el autocar se dispuso a comenzar su ruta.

Ya llegué a la capital y cogiendo el metro desde Méndez Álvaro me puse en disposición de ir a Vallecas donde se encontraba mi tía. Hacía mucho tiempo que la prometí hacerle una visita y tenía deuda con ella.

Llegué a su casa y estuvimos mucho tiempo hablando de nuestras cosas. Se empeñó en que me quedara, pero, echándole una mentira, la indiqué que tenía otra cita pendiente.

Salí de la casa y, andando, me dirigía hacia el centro para tomar un bocado y buscar un lugar donde pasar la noche, porque hasta las nueve no salía otro autocar para Tomelloso. Me comí un buen bocadillo de calamares y algo más que no me acuerdo y me di otra vuelta viendo escaparates y tiendas sin comprar nada. Ya eran casi las once de la noche y me encaminé para buscar alojamiento, paseando por la calle Atocha intentando encontrar algún lugar para pasar la noche. Después de un buen paseo entre en una pensión en la calle Santa María de la Cabeza.

Me atendió una señora que me dijo que disponía de habitación para dormir y me pidió los datos personales. En ese momento comenzó mi aventura por Madrid. Rebusqué en la cartera y solamente encontré el dinero, pero no tenía el Documento Nacional de Identidad y ningún otro documento que pudiera demostrar mi personalidad.

La señora se excusó pero dijo que sin ese requisito y la firma no podía acogerme, aduciendo que era obligatorio y que tenían frecuentes inspecciones. En definitiva que no quiso alojarme, o mejor pensado, que no pudo.

Me paré también en la recepción de tres hoteles y la respuesta fue la misma. En ninguno me aceptaron para poder dormir.

Otra vez en la calle y otra vez en busca de un lugar donde dormitar. Probé de nuevo en dos pensiones y hasta me atreví a un Hotel de cuatro estrellas y, nunca mejor dicho, me estrellé en todos los sitios, porque en ninguno quisieron admitirme sin documentación.

Fui pensando solucionar el problema y no encontraba una salida airosa. En el metro cerraban y te echaban, así como en estaciones de servicio y en el ferrocarril, así que no era plan de dormir en la calle como era lógico.

Por último decidí ir a una comisaría de policía. Allí eché valor y les dije que me dieran alojamiento y me comentaron que allí no era un dormitorio nada más que para detenidos y delincuentes y menos aún con gente indocumentada. Les intenté dar todo tipo de explicaciones: números de teléfono de mi familia y de mis amigos y amigas de Tomelloso, para que preguntaran por mí persona y les informarán sobre el tema y además que llamaran a la policía de mi pueblo para que comprobaran que me conocían y que no era ninguna persona no aceptable. Rotundamente se negaron y, ya de mala leche, y desesperada, les amenacé que ser capaz de romper la mesa o de insultarles y armar un follón para que me consideraran como un delito de escándalo para que me metieran en chirona, que al final no me dieron opción porque muy amablemente me cogieron y me echaron de la comisaría.

Estaba ya ciertamente cansada porque para más colmo se me ocurrió llevar unos zapatos de tacón de aguja y también extrañada porque mi presencia no podía dar lugar a dudas ya que, además de mis zapatos, llevaba un chaquetón incólume de Versace.

A la salida, me acerqué a un taxi y pregunté al taxista si podría indicarme dónde podía pasar la noche. El hombre, muy amable, me indicó que cerca de la comisaría existía un establecimiento de esos que se encontraban abiertos las veinticuatro horas, sin garantizarme que los personajes que allí encontraran fueron muy recomendables, por la hora, como finalmente ocurrió.

Por si fuera poco eran las dos de la mañana y sin dormir y ya el bocadillo ya estaba amortizado.

Me encaminé al dichoso establecimiento y no tuve más remedio que darle la razón al policía. La gente que allí se encontraba no era muy apetecible: cuadrillas de escandalosas personas, algunos muy bebidos, otros que, sin desmerecer, con unas pintas que me parecieron de otro mundo, así como parejas dándose el lote.

Y hasta las nueve no salía el coche de línea a Tomelloso y dinero para un taxi, que llevara a Tomelloso, ni pensarlo, ya que no tenía suficiente y menos a esas horas y diciendo que era a Tomelloso donde tenía que ir.

Decidí quedarme allí hasta que pudiera, no sin ciertas temeridades y tomé uno o dos cafés intentando hacer tiempo, aunque bien es cierto que también pude observar a personas que daban la impresión de haber finalizado su trabajo o que comenzaban a trabajar.

Sentada en la mesa aguanté todo lo que pude, hasta que ya los camareros me miraban con cierta reticencia y he de reconocer que los camareros del establecimiento se comportaron de forma excelente con mi apatía de servicio, pues no pedía consumición y, aunque fueron dos las personas, por cambio de turno, en ningún caso tuvieron algún detalle que pudiera entender la molestia de mi presencia. También pensé en acudir ami tía, pero a esas horas y sin saber cómo llegar a no ser que cogiera taxi no llegaría. Desestimé esa opción y aguanté hasta las seis, porque ya era hora que los horarios de autobuses, metro y estaciones de autobuses estuvieran abiertos al público, como así fue. Total que estuve cerca de cinco horas en el establecimiento, observando y aprendiendo mucho de la vida nocturna madrileña.

Y allí, en la estación de autobuses, pasé el resto del amanecer y, como pude, intenté conciliar algo de sueño y que finalmente no conseguí debido al estado de nervios que sentía en mi cabeza.

Por fin, después de estos acontecimientos llegué a Tomelloso a la hora justa de empezar a trabajar, sin tiempo a más, que no sé cómo lo conseguí. Pero, finalmente, la siesta de esa tarde me duró hasta las nueve de la mañana del día siguiente.

Narración basada en hechos reales.

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