
Era una noche de verano, en uno de esos calurosos y eternos días de La Mancha en la que el sol se empeña en engrandecer nuestros paisajes y al mismo tiempo hacernos pasar ratos de calor y sudores y que nos parecen días muy largos y las noches muy cortas.
Dos amigos y convecinos se juntaron en el porche de las casas contiguas a tomar el fresco antes de mecerse en la cama, como era habitual lo hicieran después de la cena, y comenzaron como siempre a ir chapurreando cosas tan interesantes como la propia vida del pueblo, de sus gentes y, ¡cómo no!, del tiempo y el calor, que era la primera forma de empezar la conversación.
- Pues chico no sé dónde vamos a llegar con estos calores que tanto nos agobian, pero bueno hay que arreglarse como uno pueda, esto es así, ¡qué le vamos a hacer!- comentaba uso de los contertulios llamado Juan.
- Pues sí que llevas razón, y para qué tanto calor, si las uvas ya están hechas y bien granás. Debería el sol tener un poco de cariño con la gente mayor como nosotros- comentó el segundo vecino de nombre Pedro.
- ¡Ah! Y además debemos darnos por contentos que estamos sanos y salvos y con la edad que tenemos gozamos de buena salud- remachó el primero.
- Pues no creas, eso lo dirás tú, porque yo llevo ya una temporada que tengo dolores por todo el cuerpo y el médico me ha dicho que es artrosis o lo que sea, pero que tengo unos ratos malos de dolores y yo creo que es reuma- decía casi exaltado Pedro.
- Nada no te apures que todo tiene solución en esta vida, si hicieras lo que yo te propongo no tendrías ningún problema nunca, ni estarías enfermo, ni cogerías ningún dolor y sobre todo que tendrías que vivir tranquilo sin temer que pensar en tus dolores- le aconsejaba Juan con voz claramente convencida.
- Pues oye, anda, no te calles y dime cuál es el secreto que me estas contando, que parece el remedio para la felicidad- parecía hasta contento Pedro.
- Pues todo estriba en la presencia en tu cuerpo de una solanácea- le contestó Juan muy sentencioso.
- Vale, vale, ¿estás de broma?, ¿qué es eso de una solanácea?, vaya desaliño que llevas conmigo, que acabo de cenar y se me va a cortar la digestión- dijo alzando la mano como echando fuera el supuesto de su amigo.
- ¡Que sí, que sí! ¡Desagradecido! Encima que te doy la solución a tus problemas de salud, te lo tomas a broma. ¡Que sí, que sí, que es verdad!- ya en tono más sencillo y sereno.
- Bueno, venga, suelta, ya que pareces un caballo de museo- sin dar la impresión de estar muy convencido.
- Pues mira, una solanácea sabes que es una planta que se cultiva y que nos comemos casi todos los días y no se trata nada más que de una patata, que sabiendo utilizarla te puede ayudar toda tu vida sin que sientas la artrosis, ni reuma, ni ninguna enfermedad con seguridad.
- A Pedro ya pareció interesarle la explicación de su convecino Juan y se dispuso a escuchar con más atención las explicaciones de su amigo.
- Pues mira, es muy sencillo, tú coges una patata no muy grande, de tamaño más bien pequeño. Te acostumbras a llevarla siempre en tu cuerpo durante todos los días.
- Espera, espera, vamos a ver, que me parece que me estas contando una tontería… ¿que me meta todos los días una patata en el bolsillo del pantalón? Tú estás loco.
- Que sí, hazme caso y verás los resultados- exclamó Juan.
- Pero si yo me meto una patata en el bolsillo se arrugará y terminará estropeándose y habrá que estar cambiando continuamente de patata y necesitaré un almacén.
- Que no, que no, si tienes cuidado no ocurre nada de eso. La patata en tu bolsillo te puede durar tranquilamente hasta 3 o 4 meses si la elijes con cuidado. Yo llevo usando últimamente las de Mercadona, esas patatas más pequeñas de lo normal que las venden en bolsa y, para que me creas, mira- y se metió la mano en el bolsillo y allí le enseñó una patata de pequeño tamaño completamente sana, sin arrugas, ni manchas y sin rebrotes, lo que se diría completamente sana-.
- ¿Y cuánto tiempo la llevas?-le preguntó Pedro ya muy interesado.
- Pues esta no lo sé exactamente, pero unas tres semanas y además llevo una igual en el otro pantalón y se encuentra como ésta.
- Pero me parece eso muy sencillo, porque habrá que tomar algunas precauciones para que no se estropee y habrá que cuidarla.
- Hombre, si haces lo que te digo la puedes llevar siempre, pero, como dices, hay que tomar algunas precauciones, por ejemplo que no la rocen las llaves, ni otras cosas, y sobre todo que no suelten el jugo, ni se machaquen, porque si ocurre eso las manchas no se pueden quitar de la ropa.
- Pero…, ¿qué misterio tiene? Me lo puedes decir.
- Pues claro, si es muy sencillo. Por ejemplo, si tú compras ese saquito de patatas y las dejas en casa un tiempo o en el frigorífico, las patatas empiezan a echar raíces y consumen sus verdaderas propiedades, mientras si la patata está en contacto con el cuerpo humano conserva todo su potencial y su esencia y se concentra con todas sus cualidades protegiendo al cuerpo humano.
- Pues me has convencido, a partir de ahora me llevaré una de tus patatas en el bolsillo y espero no padecer de artritis, ni de reuma, ni de ninguna enfermedad, según me indicas. Oye, ¿y las mujeres también pueden hacer lo mismo?- ya dispuesto a hacer caso a Juan.
- Claro que sí y los resultados son los mismos-dijo Juan con cierta simulada sonrisa.
- Pero… la mujer, ¿dónde lo lleva, en el bolso?
- No, la patata tiene que tener contacto con el cuerpo humano para que no se estropee.
- Pero entonces, ¿dónde la llevan?
- Pues, ¡donde la van a llevar!, entre los senos, más contacto imposible.
Estos hechos relatados en forma de conversación existen verdaderamente en Tomelloso con personas que llevan una patata en el bolsillo y algunos amigos nos aseguran que llevan la patata-y nos la han mostrado en la misma calle- más de 35 años con la confianza de seguir sanos y sin enfermedades.