
Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que para aprender inglés se puede saber el idioma sin hablarlo.
Luis, en su larga vida, nunca ha conseguido aprender mucho de inglés y, si acaso y como casos excepcionales, llegó a controlar las palabras cortas rutinarias que todo el mundo conoce: stop, open, closed y tres o cuatro más, pero de frases, ni verlas, ni entenderlas. Sin embargo, nos encontramos que en su curriculum universitario y como notas de estudio en esta asignatura aparece con numerosos sietes y ochos en su cartilla de estudio.
Luis estudió una carrera y ya en aquel entonces (de esto hace ya muchos, muchos años) durante tres o cuatro años, según carreras ya se estudiaba el inglés.
Si hay que decir la verdad Luis, en el primer año, comenzó a ir al aula de inglés las primeras semanas del curso, pero el profesor no le cayó bien, es decir, no le gustaba un pelo y, además, era un profesor distante, poco agradable en sus explicaciones y aburría a cualquiera y el horario era siempre a última hora de la mañana, lo cual no cuadraba mucho en el calendario de sus actividades - las clases eran dos a la semana -.En lenguaje estudiantil se fumaba las clases. Es más, no llegó ni a comprar el libro propuesto por el profesor y además escrito por él mismo.
Ese primer año Luis asistió a clase el número de días necesarios para que no le suspendieran la asignatura por faltas de asistencia y en algunos casos tuvo que recurrir a los viejos trucos de estudiante simulando los dolores de cabeza y jaquecas para ir al médico sin estar enfermo y de esta forma el justificante le pudiera servir de excusa para poder presentar la falta de asistencia en secretaría de la facultad.
La mayor suerte de Luis es que su gran amigo Tomás era un experto en el idioma, porque su tío estaba en Inglaterra y chapurreaba con su primo cuando alguna vez venía a España. Por otro lado Luis era un experto en Matemáticas, mientras que Tomás la tenía atragantada. Con estos antecedentes y como buenos amigos que eran decidieron pasarse los exámenes.
La fórmula era muy sencilla. Los exámenes finales de inglés consistían siempre en un párrafo que había que traducir - que casualmente solían coincidir con los existentes en el libro de estudio del profesor - . Tomás llevaba un papel de calco pequeño y con él copiaba la traducción que hacía pasar a Luis, porque, como el orden de colocación en el aula se realizaba por orden alfabético, siempre les tocaba a Tomás y a Luis en las mesas de al lado. De esta manera era relativamente sencillo pasar el papel copiado de un lado a otro de la mesa de los exámenes. La verdad es que siempre tuvieron suerte y durante cuatro años Tomás aprobó las matemáticas y Luis el inglés y los profesores y cuidadores no les pillaron con las manos en la masa al pasarse los papeles.
En ningún caso quiere decir que Tomás no supiera nada de Matemáticas, pero en el lenguaje estudiantil: “estaba flojo”. En el mismo caso se encontraba Luis que, aunque no tenía casi conocimientos del inglés, después de cuatro años algo había aprendido.
Lo más interesante de este intercambio de conocimientos es que Tomás nunca le perdonó que su amigo sacara mejor nota en inglés que él, mientras que en Matemáticas, creo que era Álgebra la asignatura, Luis le superaba siempre.
La explicación era muy sencilla. Mientras que en Matemáticas las operaciones y los pasos para llegar a la solución eran concretos y, aunque sea repetición, matemáticos, el inglés, al realizar la traducción en español, podían utilizarse varios giros en la expresión, porque el profesor nos insistió que no pretendía una traducción literal de la frase si no demostrar que se tenía un entendimiento perfecto del mensaje de cada oración o conjunto de frases.
De tal forma, para que nadie, y menos el profesor, pusiera pensar que el examen era copiado y sobre todo estando seguidos al lado uno de otro en la colocación de las mesas del examen, cuando Tomás le pasaba la traducción, Luis procedía a cambiar algunas verbos de tiempo o de modo, o utilizar otro verbo similar y lo mismo hacía con los adjetivos, pero no así con los nombres y para mayor simulación, procuraban levantarse en distintos momentos y separados para ir dejando el exámenes distante uno del otro en la mesa del profesor.
Así, por ejemplo, Luis recuerda alguna de las frases que, cotejadas con el resultado final verdadero de la traducción, eran más acertadas para el profesor que las de su amigo Tomás.
“El parador estaba lleno de turistas extranjeros - Tomás”
“El parador se encontraba completo de turistas extranjeros - Luis”
“Siempre se puede encontrar una solución para los problemas de asuntos comerciales - traducción de Tomas.
“Siempre es necesario solucionar los problemas en los asuntos comerciales” - arreglo de Luis.
Y más tonterías de este tipo, porque para el profesor de inglés debía ser muy importante el giro de las frases, pero en español la mayoría se interpretan de cualquier manera o por lo menos ese era el pensamiento de Luis, que como puede desprenderse de lo que aquí narramos era más de Ciencias que de Letras.
Y la verdad es que Luis no terminó sabiendo mucho de inglés, pero no era un analfabeto en idiomas porque conocía y hablaba medio decentemente casi una media docena de idiomas: castellano, madrileño castizo, francés, algo de portugués, maño, y últimamente tomellosero, que no es poco. A ver cuántos en este país tienen un bagaje tan alto.
Luis nunca ha negado que el idioma inglés deje de ser un idioma precioso, excelso, universal y totalmente necesario, no lo discute, ni lo pone en duda, pero siempre le decía a Tomás su amigo: ¿Por qué no lo hicieron más fácil para los españoles? Añadiendo que daba la impresión que los españoles tenemos la obligación de aprender inglés, mientras que los ingleses no tienen por qué saber español, porque cuando un español va a Reino Unido tiene que hablar inglés, mientras que cuando un inglés viene a España los españoles parece que tenemos que comunicarnos con ellos en su idioma.
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