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Perdidos en la noche
Sergio Bernao | Ciudad Real | Sociedad | 15-11-2021

Anécdotas verídicas

Perdidos en la noche

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que Anselmo estaba disfrutando de unas merecidas vacaciones en una  playa de una localidad con puerto de mar.

Era hombre de tierra, pero siempre le habían seducido los misterios del mar, al que, por cierto, tenía un inmenso respeto, porque pensaba que del mar no se veía nada más que la superficie de las aguas, pero dentro nunca se sabe lo que había y se desconoce el mundo interior de sus profundidades.

Anselmo siempre pensaba que en el campo se pueden ver los árboles, las montañas, los ríos, el ganado, las casas, los pueblos y se podía  observar cómo se mueven las gentes, cómo crecen las plantas, es decir, estaba todo visible y determinante.

Una de las mañanas se levantó temprano y se fue a dar un paseo por los alrededores y se acercó al mercadillo (lonja) del pescado donde se vendían los pescados frescos capturados el día anterior. Compró unos pescados que le parecieron buenos y el vendedor le dijo que se llevaba buena mercancía.

- ¿Los han cogido ayer? - preguntó Anselmo.

- Sí, sí, anoche tuvimos suerte y hubo buena pesca - contestó el marinero.

- Pero, ¿pescan ustedes por la noche? - preguntó con cara de incrédulo.

- Así es—le contestó.

- ¿Y  cómo lo hacen? - insistió

- Pues es cosa de profesionales y es digno de ver para los que no entienden - expuso el señor.

- Y yo… ¿podría verlo?

- Pues mire usted, si quiere una noche que vayamos de pesca le invito a que entre en mi barca y lo comprueba - le invitó.

- ¿Me lo dice de verdad?

- Claro, hombre. Mire, si usted quiere, venga el próximo martes y ya quedamos para que me acompañe una noche.

Así transcurrió la conversación y cuando Anselmo lo explicó en el chalet a su mujer e hijos, le dijeron que estaba loco: ¿Por la noche? ¡Qué miedo!, decía su mujer.

Anselmo estaba muy animado y efectivamente acudió a la cita y el marinero le dijo que mañana por la noche se acercara al embarcadero y en la lancha, con el nombre de Magdalena, que le esperaba. Le indicó que se vistiera con ropa de abrigo y con calcetines gruesos y un buen gorro.

Así lo hizo y a la hora acordada apareció Anselmo dispuesto a ir de pesca. Montaron en la barca y el motor fue dando movimiento a la embarcación. Anselmo contemplaba cómo las luces se iban alejando y advirtió que la barcaza empezaba a ondear.  Pasado un tiempo, la barcaza paró y el marinero comenzó a lanzar las redes juntamente con dos personas más que le acompañaban.

En la primera tirada se cogieron varios peces que Anselmo no reconocía. La barca fue metiéndose todavía más en el mar y se volvieron a lanzar las redes y, al recogerlas, la barcaza se balanceaba de un lado a otro. En esos  momentos Anselmo se percató que ya no se veían luces a su alrededor, exceptuando la de la barcaza, pero en todo momento nada, el mayor silencio, solamente el leve ruido de las aguas rozando la barca. El espectáculo era impresionante y sobrecogedor. Se encontraba con una situación que es impensable: aislado, solo, sin posibilidades de salvación, sin nadie que te ayudara, sin nadie que te protegiera, en la más inmensa soledad, con la Luna extendiendo su luminosidad sobre las aguas e iluminando el horizonte: llano, único, igual por todos sitios. Algo que daba miedo, que asustaba e impresionaba.

La verdad es que Anselmo después de haber captado estas impresiones y de haberlas sentido, se dio cuenta de  los muchos misterios que guarda el mar y de la inmensidad de su poder.

Deseando volver de madrugada, regresaron, viendo que el patrón tenía una buena cara de optimismo ya que, por lo visto, había tenido buenas capturas. Anselmo se pasó el resto del tiempo acurrucado en un lado de la barcaza, con un gran temor y respeto por las impresiones capturadas en su aventura pesquera.

Llegaron al puerto y Anselmo agradeció muy explícitamente el detalle de su buen amigo pescador de haberle invitado y, antes de salir de la barcaza, el pescador le preguntó:

- ¿Qué le ha parecido el viaje? - poniéndole la mano en el hombro.

- Pues sinceramente, he de decirle a usted, y a todos los pescadores y marineros, que la gente debería saber cuál es su trabajo y les aconsejaría que hagan lo que yo he hecho: pasarse una noche en un barco de pesca, así todo el mundo conocería de verdad la importancia de ser pescador.

- Hombre, pues muy agradecido por sus palabras y ya sabe si quiere puede venir a pescar otra noche - se ofreció con cierto aire de ironía.

- Como parece que ya tenemos confianza, le puedo asegurar que he pasado mucho miedo, no al peligro, que me imagino que en el mar también existe, sino a esa sensación de soledad que produce estar en medio del mar, con una barcaza, a expensas de cualquier contingencia que pueda ocurrir - se sinceró, comprendiendo el gesto realizado por el pescador.

- Pues tiene usted razón, pero nosotros estamos acostumbrados y no nos impresiona, además tiene que tener en cuenta que tenemos radio, bengalas y señales precisas entre los pescadores en caso de problemas y aunque haya percibido que estaba solo, si hubiéramos tenido algún problema, no dude que a los pocos minutos nos encontraríamos rodeados de otras barcazas y de los barcos de socorro. Así que no es tanta la impresión que usted ha cogido - me explicó el pescador con sinceridad y ánimo.

- Pues  me alegro que me haya explicado estos asuntos que debía haber pensado en ellos. Con la sensación que tuve, perdí en esos momentos la capacidad de raciocinio y esa es la explicación de la impresión que tuve al principio.

Anselmo no volvió a montar en un bote de pesca, pero cuando va a la playa, siempre se acerca a ver los barcos de bajura y los botes pesqueros, pasándose horas enteras contemplándolos.

En homenaje a los pescadores

PESCADORES DE LA MAR, CON ELLA SOLOS ESTÁIS

Perdidos en la noche

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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