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El habitante del monte
C. Manchegos | Ciudad Real | Sociedad | 24-11-2021

Anécdotas verídicas

El habitante del monte

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que un botánico caminaba por la senda del monte atravesando la maleza mientras iba dejando en la zona inferior las parcelas de cultivo. Era un día clásico de primavera: temperatura suave, algo de brisa y un sol espléndido.

Provisto de su bolsa de campo, su cámara fotográfica y su palo largo, trataba de encontrar nuevas plantas que pasar a su colección. En la bolsa: una botella de agua y unas piezas de fruta. Prosiguió ascendiendo por la loma, cambiando continuamente de dirección, dando vueltas y pasos atrás, rastreando entre la maleza, aproximándose a los rebrotes de carrasca, las faldas de las encinas y la ligera sombra de los falsos enebros. Había bastante flora en esta primavera, los romeros y tomillos adelantaban sus bonitas flores y otras plantas engalanaban el paisaje con sus maravillosos coloridos, de los que algunos destacaban con soberano orgullo. Especiales tonos de amarillos bordeaban las rocas y en las zonas más umbrías tímidas pequeñas plantas de singulares flores tapizaban el desnudo suelo. A mitad de loma se paró un momento y se volvió echando la vista atrás, dirigiéndola al horizonte. El paisaje era esplendoroso. La imagen era digna de contemplar: al horizonte la mancha azuladamente atenuada de alguna de las lagunas de Ruidera, cortejada por dos colinas de un verde azulado propio de encinas y coscojas. Más próximo, el cruce de dos anchos caminos que zigzagueaban entre las colinas y la parte baja del barranco y en cuyo cruce se destacaba el color inmensamente blanco de una casa de campo, sombreada por un inmenso olivo, fornido y arrogante, y a su espalda una enorme encina de menor altura que adornaba convenientemente la fulgurante casa y que medio ocultaba una caseta de pastor ya medio derruida. No pudo resistir el impacto del paisaje. Cogió la cámara, la ajustó y disparó varias veces, seleccionando distintos ángulos.

Al continuar la marcha dos palomas surgieron de improviso de la encina que quedaba a su derecha, que le asustaron. Continuó ascendiendo y, en un claro, pudo ver un conejo que con suma rapidez cruzó el espacio, seguramente asustado por el ruido que producía con el palo al mover la maleza. Continuó ascendiendo y en el trayecto pudo descubrir varias plantas que le interesaron y que fotografió para el archivo. Llegado a lo alto del promontorio decidió hacer una parada y buscó un lugar donde sentarse, encontrando una pequeña roca que sobresalía del terreno al lado de una coscoja con numerosos rebrotes del año pasado.

No hacía excesivo calor y prefirió esa roca aunque estaba a pleno sol. Se sentó en la piedra y sacó la botella de agua, echando un trago. Se dispuso de la navaja y, sacando una manzana de la bolsa, se dispuso a empezar a cortar trozos para comer y  cuando se iba a llevar el primer gajo a la boca: ¡ahí estaba!, sí, sí, justo frente a él, a dos metros; sí, estático, inmóvil, sin expresión definida, con esa cara de estudiada fijeza, frente a frente. Seguramente no parpadeó en todo ese momento. Me miraba, le miró y así estuvieron largo rato. Bajó el brazo y, casi sin moverse, cogió la máquina de fotografiar y, con estudiados movimientos y gran precaución, disparó la máquina en cuatro cinco ocasiones. No llegó a morder el trozo de manzana, lo dejó caer de la sorpresa. Procuró no hacer movimientos bruscos y … nuestro personaje seguía mirándole.

Él continuaba impávido, sin movimientos y  no sabía qué hacer. Le miraba y él también, fijos los dos uno en el otro. Si había algún ruido o sonido, ninguno de los dos lo notaban. Giró la cabeza y pensó que haría algún movimiento, pero no fue así, aunque continuó con el movimiento de cabeza de forma alternativa, sin que en ningún momento hiciera nada por cambiar de actitud.

Pasaron un gran rato en observación y en esta situación llegó a coger  con cautela de nuevo el trozo de manzana, sin que hubiera ninguna respuesta. Con pausa recogió todo y se dispuso a continuar la marcha. Se levantó, cogió la bolsa y el palo y bajó la vista de nuevo para echar una última mirada y dirigiéndose a él, le dijo: ¡adiós y mucho gusto!, sin recibir contestación. Y allí se quedó, quieto como siempre.

El búho era enorme, con sus ojos anaranjados, sus dos salientes orejas y notorio pico negro afilado. Un gran ejemplar y una experiencia inolvidable.

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LA VIDA ESTÁ LLENA DE SORPRESAS Y MUCHAS VECES AGRADABLES

Habitante del monte

 

 

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