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Carteras en la calle
C. Manchegos | Madrid | Sociedad | 08-12-2021

Anécdotas verídicas

Carteras en la calle

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que un buen amigo me contó un suceso que por original, curioso y extraño no me resisto a guardarlo en la memoria e intentaré relatarlo tal como me lo contaron.

Carlos era un estudiante que estaba cursando una carrera universitaria en la capital y solía llegar a la Universidad andando, porque le concedieron una beca de alojamiento que incluía su estancia en una Residencia de Estudiantes que se encontraba muy próxima a la facultad donde cursaba sus estudios.

Todos los días hacía la  misma ruta, pasando por unas zonas ajardinadas y por unas calles poco transitadas, pero la ruta era siempre la misma.

En una de las ocasiones se encontró de improviso con una cartera en el suelo. La cogió y sin abrirla, ni saber qué es lo que tenía, ni a quién pertenecía, se trasladó a la Comisaria, que estaba muy próxima al lugar por donde hacía su recorrido y la entregó.

El policía apuntó sus datos y Carlos volvió a la facultad.

Pasó un tiempo y otro de los días que volvía de la facultad, al pasar por los jardines se volvió a encontrar con otra cartera en el suelo, esta vez diferente de la que se encontró en la anterior ocasión. Le extrañó que la gente perdiera la cartera en semejante sitio ya con tanta asiduidad, porque no podía ser la misma persona o quizá sí, porque esta cartera era de distinto modelo que la anterior. De todas formas hizo lo mismo: se acercó otra vez a la comisaria y entregó la cartera.

Al llegar a la comisaría y entregar la cartera—que por supuesto no había abierto, ni visto el contenido—, el policía, que Carlos se dio cuenta que no era el mismo que la primera vez, le hizo firmar un documento de entrega similar. Algo intrigado, Carlos le indicó al policía que anteriormente había entregado otra cartera y si podía decirle si alguien se había interesado por recogerla. El policía dijo que no lo sabía, pero que iba a preguntar al compañero que le había atendido la vez anterior. A los pocos minutos se presentó este policía y Carlos le volvió a preguntar lo mismo.

El policía, haciendo gestos como  de recordar el asunto, al cabo de unos segundos, le contestó que la cartera todavía se encontraba en la comisaría y que habiendo autorizado indagar su contenido no encontraron ningún documento, ni tarjetas identificativas, ni dinero alguno, simplemente una nota manuscrita que decía: “Haga el favor de devolverla”.

Carlos preguntó que si podía conocer el contenido de esta nueva cartera, a lo que el policía contestó que se necesitaba la autorización del Comisario y estaba estipulado esperar unos días antes de hacerlo, por si se presentaba el propietario a recogerla.

Bueno, en definitiva Carlos pensó que este suceso no merecía la pena preocuparse más y decidió no darle mayor importancia y consideró que la mejor postura era dejarlo en el olvido.

Pero no pudo ser. A los pocos días volvió a suceder lo mismo. En el suelo, y a su paso por las proximidades de los jardines, se encontró otra nueva cartera. La recogió y ya no sabía qué hacer. Eran ya muchas casualidades y encontraba este asunto muy extraño y comenzó a pensar que alguien estaba intentando tomarle el pelo, porque decididamente en una capital tan grande era imposible que cualquier persona sin darse cuenta perdiera tantas carteras en la misma zona y casi a la misma hora y además: ¡Qué casualidad! que fuera él quien las encontrara.

Por otra parte, si abría la cartera y miraba el contenido no podría pasar nada, ni tendría que preocuparse,  puesto que la volvería a cerrar y la entregaría de nuevo en la Comisaria y el policía de turno no podía descubrir si se abrió anteriormente o no.

Pasadas todas estas cavilaciones y pensamientos se propuso abrir la cartera. Se desplazó hacia la zona de los jardines y se sentó en un banco próximo. Miró alrededor como preocupado, aunque pensó que era una tontería; quién la iba a decir algo, ni preocuparse por una persona sentada en un banco. De todas formas se quedó más tranquilo al confirmar que nadie estuviera por los alrededores y, ya decidido, abrió la cartera. Rebañó por todos los departamentos y la cartera no contenía nada. Al parecer estaba vacía, pero, en el momento que procedía a  cerrarla, sus dedos notaron que en la reserva interior se apreciaba un papel. Al fin parecía que iba a descubrir la historia de las carteras desaparecidas, porque ya estaba convencido que era una trama orquestada para él y ya estaba un poco harto de tanto misterio.

Sacó el papel con dos dedos y con mucho cuidado, como si fuera un tesoro y empezó a desdoblarlo. Al fin lo abrió del todo y en el mismo se encontraban escritas unas letras a bolígrafo y en mayúsculas, pero lo que más sorpresa le produjo es el contenido de las letras y que ya exactamente se podía leer: “MIRA QUE ERES TONTO CARLOS. TUS AMIGOS DE ESCUELA DE TERCERO B. ESPERAMOS NOS DEVUELVAS LAS CARTERAS”.

Carlos no sabía cómo reaccionar. Matar a alguno de sus compañeros, tomárselo a broma o llevar la cartera a la comisaría como si nada hubiera pasado. Pero tomó la decisión de hacer lo mismo que las anteriores ocasiones y la llevó a la Comisaría, esta vez sin intención alguna de preguntar al policía de turno qué había ocurrido con las carteras  anteriores.

Estuvo toda la noche pensando en alguna pequeña venganza y devolver la broma a sus compañeros de curso.

Al día siguiente, escribió una nota y la llevó al tablón de anuncios de alumnos de la facultad con la siguiente leyenda: “A los compañeros de Tercero B: Los que quieran recuperar las carteras perdidas deben acudir urgentemente a la Comisaría de Policía que les están esperando con los brazos abiertos”.

Muerto de curiosidad pensó en acercarse a la Comisaría y echándole valor solicitó hablar con el Jefe. Por lo que fuera, el Comisario accedió a atenderle. No sin ciertos miedos, el policía le abrió la puerta y pasó al despacho. La verdad es que el comisario le pareció una persona agradable, desde luego no cumplía con la idea que tenían los estudiantes de este tipo de personas, sabiendo que los estudiantes pensaban que ellos tampoco nos tenían demasiadas simpatías, pero esa fue mi impresión.

Me dijo que le contara lo que quería y le conté todo lo que había ocurrido y me fijé en la cara del Comisario que me dio la impresión de no quererse reír por el cargo que ocupaba. Terminada la conversación, el Comisario llamó al timbre y un policía—el segundo que me atendió— apareció en el despacho y el Comisario le dijo:

- Acompañe a este buen señor, devuélvale las carteras y rompa la documentación de denuncias - con cierta sonrisa.

Le di las gracias por haber dedicado parte de su tiempo en cosas sin importancia, a lo que el Comisario, poniendo la mano en mi hombro, me dijo como despedida:

- No se preocupe, ha hecho lo que cualquier buen ciudadano tiene la obligación de cumplir, pero le sugeriría una cosa: No devuelva usted las carteras a sus compañeros - riendo.

A así lo hice, ya no las conservo, porque se puede suponer que las carteras no eran de primera calidad y no han perdurado con el tiempo.

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LAS CARTERAS CALLEJERAS SIEMPRE LLEVAN SORPRESA

 

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