
Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que estaba con un fuerte resfriado. El día anterior me confié y salí de casa con muy poca ropa y la verdad es que la mañana estaba fresca. Bueno el catarro ya lo tenía, así que aguanté el día con toda la entereza posible y cuando llegué a casa noté que la cabeza se me movía y sentía escalofríos. De tal manera que, sin cenar, me metí en la cama, me tapé con la sábana, la colcha y una manta y a sudar.
A los pocos momentos ya sudaba excesivamente y sin saber cómo ni cuándo me encontré aislado en una inmensa llanura totalmente cubierta de nieve. Me pregunté qué hacía yo en un lugar como este, pero tenía que salir de este desierto lugar.
A lo lejos unas montañas también cubiertas de nieve y en un altozano una multitud de árboles de elevada altura y el resto, todo nieve, solamente nieve.
Empecé a caminar, pero los pies se me hundían constantemente y cada vez me costaba más, mucho más trabajo levantarlos y volverlos a introducir. Al observar detenidamente el lugar, mis ojos se posaron en un trineo abandonado en un montículo de nieve. Haciendo un gran esfuerzo y, conseguí alcanzarlo, aunque llegué totalmente agotado.
Era un hermoso trineo de patines en buen estado, pues no parecía que tuviera ningún desperfecto. Agarrándolo como pude lo fui arrastrando hasta llevarlo a una zona más alta donde había más pendiente para así poder descender y avanzar con mayor rapidez. Lo coloqué como pude girándolo y empecé a hacer una pequeña senda por donde iniciar la marcha.
Al principio costaba trabajo, porque separar la nieve era penoso, hasta que por fin el trineo pareció coger velocidad y, apoyando los pies, me lancé a la aventura. El descenso transcurría lento pero no aparecieron obstáculos. Al pasar por el pinar, de repente e improviso, aparecieron una pareja de lobos, que se colocaron detrás del trineo y pretendían acercarse. Verdaderamente asustado me bajé un momento y empujé el trineo con más fuerza y al principio parece que obedeció, aunque en lugar de coger la marcha en línea recta iba continuamente zigzagueando, con lo que mi cuerpo lo mismo estaba a la derecha, que a la izquierda, que en cualquier postura. Sin embargo los lobos, que me di cuenta eran animales muy inteligentes, direccionaban en línea recta. ¡Qué hacer! Miré en una mochila que tenía en el cuerpo y encontré unas latas, que se cayeron con los continuos vaivenes del trineo, pero al final, y cuando los animales estaban a punto de hacer carne de mí, encontré dos trozos de carne seca que inmediatamente lancé. Los lobos pararon en su marcha y se quedaron aprovechando para comer los trozos de carne, por lo que ya mi preocupación disminuyó.
En uno de los vaivenes el trineo volcó y yo con él. Allí, tumbado y con fuerte golpe en la cabeza. Era necesario iniciar de nueva la ruta para salir de tan abandonado lugar. Iba a levantarme cuando noté que se sombreaba la zona donde estaba, miré al cielo y pude comprobar que no había nubes y que el sol resplandecía. Giré la cabeza y allí estaba: un grandioso, enorme y espectacular oso polar que me estaba mirando con cierto interés o eso me pareció a mí. Dejé de pensar en esa idea cuando el oso, que estaba de pie y abultaba mucho, comenzó a darse golpes en el pecho con las dos manos, al mismo tiempo que movía la cabeza de derecha a izquierda, pero lo que más me asustó es cuando soltó un rugido que se me movieron hasta los dientes. Lo único que se me ocurrió fue poner el trineo delante de mi cuerpo, esperaba que el animal fuera tan listo que no se quisiera meter el trineo en el estómago ¡Qué infeliz! Se acercó hasta mi posición y de un manotazo mandó el trineo a quince o veinte metros de distancia, así que…, ¡a correr! Y así lo hice, con tan buena fortuna que cuando quise darme cuenta estaba metido en una hondura de varios metros de profundidad y, sin conocer los motivos, el enorme animal desapareció.
Ahora, ¿cómo saldría del hoyo? Busqué en los pantalones y en la ropa y ¡mira por dónde! encontré un cuchillo. Con mucha paciencia fui horadando en la nieve pequeños huecos a modo de escalones y comencé a ir ascendiendo por el hoyo. Cuando ya estaba arriba, me caí y tuve que volver a empezar. La segunda vez salí y lo primero que hice fue comprobar que el oso no se encontraba por los alrededores, como así fue.
Tendría que buscar el trineo para poder llegar a algún lugar donde existiera algún ser humano. Después de bastante tiempo conseguí encontrarlo. Lo repuse en su sitio y tuve que preparar un pequeño camino retirando la nieve en unos diez metros para que el trineo cogiera velocidad y pudiera transportarme.
Todo se encontraba preparado y daba la impresión que me ocurrirían mayores acontecimientos, porque hasta el momento transcurrieron con peligros inminentes.
Sin pensarlo más veces dispuse el trineo en la senda marcada y empujando de nuevo con los pies lo lancé con velocidad. Aunque la marcha no era muy rápida, porque la nieve estaba algo blanda, sin embargo circulaba con cierta rapidez, hasta que aquella maldita roca se cruzó en el camino del trineo. El golpe fue enorme, salté por los aires y gracias a que la caída fue blanda el daño fue menor, pero la voltereta en el aire no lo hubiera mejorado ningún artista profesional de circo.
Pude comprobar que el trineo no sufrió daño aparente, porque en realidad cogió la roca de forma lateral y se balanceó a la derecha. De nuevo abrir el camino, empujar el trineo y lanzarlo. De maravilla, la zona por donde se deslizaba era nieve más dura y fue cogiendo velocidad, más y más y al cabo de un tiempo la rapidez era muy alta, tanto que empezaba a pensar que el viaje iba a terminar mal, porque no sabía cómo podría detener el trineo y la pendiente cada vez se acrecentaba más, así como su inclinación, estrechándose a medida que avanzaba..
Pero…,¿qué era eso? Mirando al frente pude darme cuenta que el camino desaparecía y que un gran abismo se acercaba y el trineo a elevada velocidad no cedía en su marcha y ya, sin poder hacer nada y sin poderlo remediar estaba a punto de caer por la sima, grité, grité, grité…..
- ¿Estás, loco? ¿Qué te pasa? ¡Tienes todo el cuerpo empapado! ¡Vaya sueños que tienes!
Era mi mujer que, asustada de mis gritos, se había despertado también.
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Los sueños, sueños son y algunos terribles
