
Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que en las muchas reuniones que a lo largo del tiempo mantienes con conocidos y amigos surgió la conversación de la época de las vacaciones. Cada uno estuvimos explayándonos en lo bien que lo pasamos y lo delicioso de nuestras playas o montañas o viajes a otros países, según los casos, e intentando explicar que nuestras vacaciones son mejores que las de los demás. Pero como siempre en estos casos ocurren o salen a la luz temas más originales. Les voy a comentar lo que nos explicó mi amigo Enrique, que era madrileño y estaba pasando unos días en el pueblo con unos amigos, de cómo se pasaban las vacaciones en los años cincuenta a sesenta.
La narración puede quedar de la siguiente manera:
“Los tiempos y la forma de hacer las vacaciones han cambiado mucho. En los años cincuenta en Madrid las vacaciones de verano eran muy escasas, pero la costumbre era irse a la sierra a pasar unos días al fresco. No disponíamos de coche y el viaje lo hacíamos en tren hasta algún pueblo de la sierra alquilando casa en los pueblos de alrededores. En mi caso tuvimos la suerte de que un tío de mi madre dispusiera de una casa en un aledaño de un pueblo donde paraba el tren.
- Así que durante tres o cuatro años estuvimos pasando allí las vacaciones.
- Contar los preparativos, el viaje y la estancia es cosa de no entenderla hoy en día, pero así era aunque no se lo crean. Íbamos en tren, eso quiere decir que había que llevar las maletas y todas las pertenencias de los niños y de los abuelos que también venían. La estación estaba a unos quinientos metros de nuestra casa y salía a las nueve. Así que a las seis de la mañana todo el mundo en pie, desayuno de leche con galletas y, ¡adelante!, al tren a las siete y media. Cada uno cargaba con su maleta y los bolsos de lona. Y la excursión por las calles de Madrid era memorable. Mi padre cargado con dos maletas y una bolsa en el hombro, mi madre llevaba de la mano al niño menor— o sea, yo— y además una maleta en la otra mano, la abuela con otro saco y una maleta pequeña y el abuelo con el otro nieto y otra maleta. Así, despacio y descansando de vez en cuando, llegamos a las ocho y cuarto a la estación. La cola para sacar los billetes era tan larga como la distancia de muestra casa a la estación. Así que a guardar cola.
- Una vez con los billetes en la mano había que acoplar al personal en el tren. Estaba normalmente hasta los topes, los pasillos repletos, los asientos todos ocupados, las maletas había que cargarlas por las ventanillas y algún niño que otro también. Los abuelos, y todo hay que decirlo, encontraban asiento que les dejaban, pero solamente para un tramo del trayecto, donde se dejaban su sitio para que se sentaran otros. Hay que imaginarse seis personas intentando agruparse dentro ya del tren y especialmente agrupar las maletas. Todo el mundo se quejaba, pero como estábamos en la misma situación, casi la mayoría asumía el problema y era hasta cierto punto condescendiente.
- Para llegar a nuestro destino el tren paraba en cuatros estaciones de cercanías. En las dos primeras todavía se aumentaba el número de pasajeros, pero, menos mal que a partir de las otras dos la gente iba rebajando el número de personas, con lo que el viaje se hacía menos incómodo, pero el tren seguía repleto de gente, o dicho de otra forma, que las apreturas seguían existiendo pero con más suavidad.
- Al llegar a la estación normalmente íbamos la abuela, mi madre, y el abuelo haciendo hueco para encontrar una salida y mi padre se quedaba con los niños y parte de las maletas. Cuando el tren llegaba tenía cinco minutos de parada. En ese tiempo teníamos que bajarnos los tres, los niños nos sacaban por la ventanilla del tren y todas las maletas, algunas tiradas porque no se podían coger con la mano. Una vez depositado todo el material humano y físico, dando codazos y pidiendo favores, encontrar la salida antes de que el silbato del tren indicara que salía de la estación y que era inminente, era una verdadera carrera de empujones y favores para poderlo conseguir, porque el jefe de estación era imposible que supiera si había bajado todo el mundo o no.
- Bueno ya estábamos en el pueblo. Esperamos a la Marquesa, que era una especie de coche de línea que llevaba a la gente al pueblo desde la estación. Se la llamaba Marquesa porque el propietario decía que perteneció a la Marquesa de no sé qué, y que estaba tirada por un par de mulas y que hacía varios recorridos porque no cabían más de ocho personas y sus paquetes. Hay veces que cogías el primer turno y otros que tenías que esperar una hora sentado hasta que regresara.
- Llegados al pueblo nos esperaba el tío de mi madre y sus dos hijos que, andando, nos llevaron hasta la casa de campo.
- La casa estaba construida a lo alto y debajo estaba sin construcción y daba una espléndida sombra donde jugar los muchachos. Desde la casa se contemplaba una vista hermosa de parte de la sierra, aunque, dejemos eso, que lo que se trata es de explicar cómo eran las vacaciones. Por supuesto la casa no tenía agua ni luz. Agua se disponía de un pozo de agua fresquísima y la luz con lámparas de aceite.
- Las camas eran colchones de lana en el suelo en una especie de habitaciones que con anterioridad habían sido cuadras y se adaptaron.
- Descargamos los bártulos y sacamos la comida que traíamos ya comprada: chorizo, morcillas, salchichón, pastas y arroz. La cocina se encontraba fuera de la casa y tenía unas buenas parrillas para asar.
- Además la casa disponía de una buena explanada donde los muchachos jugaban y se divertían y además disponíamos de una balsa de piedra de dos por dos metros y poca profundidad, y que estaba llena de agua fresca y era donde los muchachos nos bañábamos.
- Dos veces a la semana íbamos a bañarnos al río. Menuda gozada. El río se encontraba a unos tres kilómetros de la casa y se tenía que bajar por unas sendas a cuyos lados se encontraban prados con vacas pastando. Nos divertíamos jugando, saltando y brincando y la llegada al río era lo máximo. Nos bañábamos en unas charcas de agua de poco profundidad, chapoteando y tirándonos unas pelotas de goma. Comíamos y, por la tarde, de vuelta a casa, pero ahora en ascenso, que costaba mucho más esfuerzo.
- Los días de río dormíamos casi sin cenar: un vaso de leche y unas galletas y a la cama.
- Cada dos o tres días íbamos de compras al pueblo y nos dejaban acompañarles. Lo pasábamos también de maravilla. Nos compraban unas piruletas y tan contentos.
- Así pasábamos los días de vacaciones los madrileños disfrutando de la sierra y penando como unos tontos.”
Aquí terminó Enrique su exposición, añadiendo que anécdotas a montones y que nos las contaría en otra ocasión.
______________________________________________________________________
Aquellos años en los que éramos tan felices
