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Comer hierba
C. Manchegos | Tomelloso | Sociedad | 07-01-2022

Anécdotas verídicas

Comer hierba

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que un gran experto en malherbología, reconocido a nivel nacional y conocedor de sinnúmero de plantas de malas hierbas de España, decidió visitar una zona donde no tenía referencias de la flora espontánea que existía, aunque sí tenía gran cantidad de bibliografía y escritos referentes a la comarca en cuestión, pero sin haberla visitado nunca. Conocía a un amigo que en otras ocasiones le había planteado consultas y muy de forma habitual le había remitido plantas para su clasificación, así que decidió que era interesante darse un paseo por los montes de la zona referida, concretamente de Tomelloso y Ruidera.

Se puso en contacto con el amigo referido y quedaron en pasar un fin de semana y realizar un reconocimiento de las plantas existentes. Como se ha indicado el amigo era también aficionado a la clasificación de plantas y se encontraba muy contento de la visita de su conocido. Era primavera y las plantas estaban en pleno desarrollo vegetativo, por lo que sería más fácil la identificación de la flora espontánea. Así que un día, acompañado por las mujeres de ambos, salieron a dar un paseo por el monte para ir detectando las plantas autóctonas

Hay que decir que el biólogo era vegetariano y, por lo tanto, más avezado que cualquier otra persona.

Iba totalmente equipado. Un cuaderno con hojas de papel secante, un lapicero, una libreta y una máquina de fotografiar. Su chaleco impecable, su sombrero de cazador y botas cortas de campo.

Dejaron el coche en un lugar al pie del monte bajo y comenzaron una ruta que el amigo había marcado previamente, dividida en dos partes: una por la mañana y una más breve por la tarde hasta llegar de nuevo al coche.

Era tal su pasión que, después de más de dos horas de marcha, decidieron hacer una parada en el monte porque las mujeres y hasta el amigo estaban algo fatigados, ya que las paradas eran constantes. Así que descansaron en unas rocas, tomaron un bocadillo y unos tragos de agua. Era tal el afán de este hombre que cuando las otras tres personas todavía ni habían dado ni tres bocados, él se había comido el suyo y ya estaba dispuesto a continuar el recorrido.

Reiniciaron la marcha y se hacían paradas cada minuto, fotografiando las plantas y recogiendo muestras que, con sumo cuidado, iba introduciendo en su carpeta, ayudado por su mujer.

La ruta marcada estaba estudiada para hacer un descanso en un restaurante muy próximo a unas lagunas, que era donde se disponían a comer.

Hicieron la comida, cuyo único tema de conversación fueron las plantas encontradas, aunque las mujeres disponían de unos temas más amplios y variados y, por lo visto, más amenos.

Tomaron café y casi ya sin descanso, el incesante botánico incitó a que iniciáramos la segunda ruta, que era más corta que la anterior y, como se ha dicho, terminaría en el lugar donde se dejaron el coche al inicio.

Durante todo el tiempo que duraba el recorrido, como al amigo también tenía mucho interés por aprender, se preocupaba de indagar cuestiones técnicas al cicerone, que con toda satisfacción y orgullo contestaba a las continuas preguntas de su amigo. Así pudo ampliar la gama de conocimientos sobre la vegetación espontánea de la zona en cuestión, produciéndose continuas paradas por la abundancia de flora que se iban encontrando y que, con un verdadera pasión, el botánico se afanaba por escoger y explicar.

Las mujeres, próximas a los hombres, seguían con su conversación animada, ayudando en lo que podían y la mujer del experto efectuando fotografías de todo aquello que se le indicaba.

Pero, si por la mañana las paradas habían sido continuas, el recorrido por la tarde se hacía más pesaroso, porque las ansias de conocimiento y seguramente el pensar que se le acababa el tiempo y todavía quedaban mucha plantas por identificar,  hacía que el experto se entretuviera mucho más tiempo que el empleado durante el recorrido de la mañana.

Así que llegaron a una casa abandonada donde las  partes bajas de las paredes aparecieron una variedad de plantas en estado verde, sin flores ninguna. El amigo botánico, ni corto, ni perezoso, - y para mi sorpresa - comenzó a arrancar parte de las hojas y limpiándolas con las manos se las metió en la boca masticándolas. Era la primera vez que pensé que para clasificar las plantas no era suficiente conocer sus hojas, sus flores, sus frutos y su forma, tamaño y color, sino que, además, hay que probarlas; como mucho entendía que algunas veces si era bueno olerlas para comprobar el aroma, pero, ya tomarlas como desayuno, ya era ir en el camino de la perfección.

Cuando llevaba tres o cuatros pruebas o catas, como queramos llamarlas, su mujer le dijo:

- Pero, Juan, ¿no has pensado que en las esquinas y paredes de los muros de las casas suelen orinar todo tipo de animales?                                               

Fue mano de santo, el hombre escupió todo lo que tenía en la boca, se echó un trago de agua y ya no volvió a detenerse para ver más plantas. Tal fue el acierto de su mujer.

Sinceramente se agradeció la advertencia, porque estábamos realmente cansados.

Posteriormente, la mujer del amigo le contó que la esposa del señor estaba ya cansada de paseo y que si le dejábamos era capaz de que se hiciera de noche, por lo que tramó esa respuesta, pues sabía que su marido era ciertamente escrupuloso.

El malherbólogo ha seguido con su afición-profesión hasta su jubilación, aunque esta actividad se puede hacer a cualquier edad sin problema alguno.

Con toda seguridad seguirá clasificando especies y lo que no sabemos es si las catará también.

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HAY HIERBAS AROMÁTICAS, HIERBAS MEDICINALES E HIERBAS QUEDAN ASCO

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