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Viajar en metro
C. Manchegos | Madrid | Sociedad | 02-02-2022

Anécdotas verídicas

Viajar en metro

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que en mis tiempos de estudiante el medio de transporte más usual en Madrid era el Metro. El autobús o el tranvía - que todavía funcionaba - también se utilizaban, pero lo más frecuente era viajar en el tren subterráneo (Metro). De todas formas a las horas punta todos los medios de transporte se encontraban atestados de personas para ir al trabajo, puesto que los automóviles todavía no estaban al alcance de muchas gentes como ocurre ahora.

 Es curioso que Madrid nunca haya sido una capital donde las bicicletas se hayan utilizado como medio de transporte habitual, indudablemente por lo extenso de su perímetro y especialmente porque la clase trabajadora en aquel entonces vivía en barrios alejados del centro de la ciudad y que era donde se encontraban la mayoría de los trabajos.

Estas razones hacían que el metro de Madrid estuviese casi a todas horas completo en todo el tiempo de funcionamiento. Para aquel entonces el billete de metro creo recordar que costaba unas cuatro pesetas para el de ida y vuelta y dos pesetas el sencillo y por comparar con el salario mínimo mensual de esa época, éste estaba establecido en unas 150 pesetas mensuales.

En aquella época Juan también vivía en un barrio alejado del centro de la ciudad y, por unas causas u otras, sus horarios coincidían con la mayoría de los habitantes de la capital y terminó aprendiendo que se convertía en una verdadera aventura el poder llegar a la estación de destino.

Los padres de Juan habían cambiado de vivienda y coincidió que el primer año comenzaba a estudiar en la universidad y era novato en esto de viajar en Metro desde tantas estaciones. Las primeras ocasiones comenzó a llevar algunos libros y apuntes a estilo estudiante, es decir, sin cartera abrazados al pecho y también un bocadillo que su madre le hacía para desayunar y que también llevaba abrazado al pecho.

Juan creía recordar que de cada diez veces el bocadillo llegaba más o menos igual unas dos o tres. El resto de las ocasiones llegaba aplastado y no digo nada cuando el bocadillo era de mantequilla o de queso y eso que el envoltorio era de papel de estraza. En estos casos también era Juan el que llegaba con la ropa algo sucia. Tuvo que tomar la decisión de arreglarse un poco antes y desayunar en la facultad que daban unos desayunos muy baratos, aunque el patio no estaba para muchos dispendios.

Las posteriores ocasiones tampoco daban muchos respiros, porque ya ni los pocos libros o apuntes llegaban tampoco intactos; en muchas ocasiones tuvo que recogerlos del suelo y otras veces pisoteados, así que Juan decidió ir sin libros. Con restos de papeles y folios usados se construyó una libreta de apuntes y un lapicero y así podía llegar con ciertas garantías al estudio.

Peor se presentaba la situación cuando tenías que hacer trasbordo. Hay que recordar que el metro de Madrid en aquel entonces tenía una estación central que era Sol, de la que irradiaban todas las demás y por lo tanto, cuando pasabas de norte a sur o de este a oeste o viceversa, necesariamente tenías que pasar por Sol. Ello suponía correr por los pasillos como un loco para coger el próximo tren y especialmente cuando oías el silbato de salida del tren que pensabas coger que en más de una ocasión no producía nada más que caídas por las escaleras.

Para el que no haya pasado por estos agolpamientos  le puede parecer extraño, pero muchos nos hemos encontrado con estas circunstancias y la cantidad de anécdotas que se podían contar excedería de cualquier libro normal.

Viajar en metro a las horas de mayor actividad en la época que estamos narrando - años sesenta y tres a setenta y aún más - era casi de héroes. En primer lugar cuando llegaba el tren a la estación ya venía repleto. Al abrirse las puertas, los que estaban en el centro se apretujaban lo que podían para intentar hacer hueco. Los que estaban esperando en el andén entraban de forma educada de culo y empezaban a empujar con la espalda a los que ya se encontraban en el vagón.

 Cuando se llegaba a una estación y alguien o algunos querían apearse, los que estaban más cerca de la puerta se apretaban hacia dentro con lo que el volumen de aire disponible disminuía; solamente algunos valientes salían del vagón para luego entrar de nuevo, a punto de quedarse en el estación sin querer.

Cuando pretendías salir y estabas en el centro del vagón, nada más que el tren hubiera comenzado su marcha de la estación anterior, tenías que ir pidiendo permiso para colocarte lo más próximo posible a la salida, con el consiguiente bamboleo de personas, pisotones y roces. Cuando había mucha gente esperando en la estación no era muy aconsejable colocarte en primera fila, porque no entrabas en el vagón, te metían, aunque bien mirado de esta forma asegurabas la entrada, a pesar de los apretones y golpes que pudieras recibir.

En otras ocasiones era frecuente que los que quisieran entrar amagaran con una especie ritual en forma de ligera carrerilla que instintivamente hacían que los de dentro se apretaran forzadamente para proporcionar algo de hueco y ni que decir tienen de los manoseos a las muchachas de muchos advenedizos, de olores de los menos aseados y también del robo de carteras, que solían ser frecuentes, aunque ya los más avezados solían utilizar cierto tipo de mañas, como esconder el dinero en los calcetines o llevar doble bolsillo en la cintura, pero nunca detrás del pantalón.

Así era el metro de aquel entonces ya que además la periodicidad entre un tren y otro no era tan continuo como lo es ahora. A pesar de ello, el metro de Madrid hoy en día es otra cosa muy diferente y se puede llegar a cualquier lugar de toda la ciudad, debido indudablemente al aumento de redes, la desconexión centralizada y la estructura de su distribución.

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VIAJAR ES UN PLACER, PERO NO PARA TODOS

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