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El pescador
Ángel Bernao | Madrid | Sociedad | 03-02-2022

Anécdotas verídicas

El pescador

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que durante una época estuve aficionado a la pesca con caña con unos amigos que me intentaron enseñar este noble deporte. Y digo que intentaron, porque al final no consiguieron lograrlo, ya que una de mis habilidades desde luego no ha sido la pesca. Después de insistir durante mucho tiempo que me uniera a ellos y de mi reticencia a aprender estos menesteres, al final me convencieron y quedamos un día en ir a las lagunas.

Nunca he tenido aptitudes para estos deportes, pues a mí me gustaban los de mayor movimiento, pero eso de echar la caña y estar esperando horas y horas hasta que algún hambriento pez le diera por elegir mi caña, no me apetecía, pero bueno, no tenía en esa época otra cosa mejor que hacer los domingos y accedí definitivamente, porque la curiosidad me venció.

Mis primeros pinitos los hice comprándome una caña de pescar que por lo visto es indispensable para este deporte. Fuimos con mis amigos a una casa especializada y dentro de mi escasa economía adquirí una preciosa caña desplegable que me dio la impresión iba a poder conmigo. No obstante la acaricié todo lo que pude y al domingo siguiente nos fuimos de pesca.

Mis amigos me enseñaron a montar el anzuelo, a mover el carrete, a estirar el sedal y a dar los tirones. También aprendí a enganchar el cebo sin pincharme, que no era fácil y ya por último lo más complicado de todo: tirar la caña al agua. Se me daba fatal. No daba la tensión suficiente en el lance y más de una vez el hilo se me quedaba retorcido. Había cambiado la boya vareas veces, porque pescar por este sistema parecía ser mejor para los principiantes.

Mis amigos iban equipados como cualquier pescador profesional: traje especial de agua, botas de agua, mochila y los artículos de pesca. Yo me limité a llevar la caña y la cesta de la pesca con los recambios y los cebos preparados.

Bueno, por fin empezaba la jornada. Nos colocamos en varias posiciones separadas unos veinte metros. El río no llevaba mucha corriente, pero era bastante profundo y se encontraba en una especie de laguna provocada por la caída del agua a través de unas piedras que cruzaban el río.

Me encontraba al borde de unas piedras y el lugar estaba sombreado por varios árboles a la orilla del río. Monté la caña  y me dispuse a hacer la primera lanzada. Ajusté la caña entre dos rocas y me senté tranquilamente esperando algún movimiento de la boya.

Al poco tiempo el flotador comenzó a hundirse una o dos veces. Cogí la caña y esperé, cuando se hundió en profundidad tire de la caña, pero en vano. El anzuelo estaba vacío. El pez se había comido el gusano.

Vuelta a empezar, puse cebo nuevo y eché el sedal hacia atrás y al intentar lanzar la caña: ¡puff! se enredó en una rama del árbol. Tiré varias veces para intentar desengancharla, pero no puedo ser. Corté el sedal y empalmé un nuevo tramo. Una vez arreglado, coloqué una nueva boya y un nuevo anzuelo y procedí a volver a tirar la caña.

Al rato el flotador se hundió, corrí a coger la caña y, al tirar fuertemente, el sedal se rompió. Enrollé el hilo y me di cuenta que el empalme que había hecho se había partido y el anzuelo, la boya y los plomos se quedaron en el río.

Bueno, paciencia. Me encendí el cuarto o quinto cigarro y volví a empalmar la caña y la lancé al agua. Tuve que esperar largo tiempo hasta que de nuevo la boya se hundiera y en esta ocasión tiré de la caña y noté que el sedal se ponía rígido; poco a poco fui enrollando el carrete y, al fin, una buena pieza de barbo apareció enganchado al anzuelo. Coloqué la cesta y me dispuse a almacenar el hermoso barbo que había conseguido pescar. Al ir a quitar el anzuelo se me escapó el cuerpo del pez que resbaló en mi mano y fue a caer en la una de las piedras al lado de la orilla y, al final, terminó en el río para felicidad suya.

Vaya día que estaba echando, hasta ahora no había acertado en nada y las clases de mis amigos por lo visto no habían servido para gran cosa. Pero no tenía que rendirme, así, con más interés que nunca, decidí comerme el mundo y pescar todos los peces del río. Monté de nuevo la caña y me introduje un poco más en el río pisando unas piedras que bordeaban la orilla. Lancé la caña y esta vez estuve manteniéndola en la mano esperando que un enorme pez le diera por comer el gusano que le tenía preparado para la merienda.

Ya me dolía el brazo y la mano y, en un momento inesperado, el flotador se hundió tirando de la caña con mucha fuerza. Tensé la caña y ésta dio otro tirón. Quise colocarme en una posición más cómoda y mi pie derecho resbaló sobre la redondeada piedra donde estaba, me escurrí y caí, terminando con caña y cuerpo en el agua.

 Un desastre, la caña se la llevó el pez y el remojón yo y, por si fuera poco, el zapato del pie derecho se quedó hundido en el agua, así que lo busqué y pude encontrarlo entre dos piedras. Del  nuevo gorro que llevaba en la cabeza y que me sentaba tan bien, no volví a saber nada de su paradero.

Salí del agua como puede y me dirigí a la orilla empapado y comencé a secarme la ropa. Cuando estaba casi desnudo apareció mi amigo Mario y, al verme, soltó una carcajada que la verdad no me sentó nada bien.

- Pero, ¡hombre de Dios! ¿Qué te ha pasado? - me preguntó con cierta ironía.

Se lo conté y seguía riéndose a carcajadas.

- Y la caña, ¿dónde la tienes? - con más sonrisas.

Y por si fuera poco aparecieron los otros dos amigos, que tampoco se apiadaron de mi desgracia, al contrario se siguieron divirtiendo cuando tuve que repetirles lo que me había pasado.

Terminada la jornada y tomándonos unos chatos de buen vino, me dijeron que la semana siguiente íbamos a repetir la jornada de pesca, a lo que contesté que  conmigo no contaran, que los próximos pescados que iba a probar eran los de la pescadería.

BASADA EN HECHOS REALES

DE LA MAR EL MERO Y LA PESCA EN EL PESCADERO

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