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Las bicicletas son para el verano
C. Manchegos | Tomelloso | Sociedad | 09-02-2022

Anécdotas verídicas

Las bicicletas son para el verano

Cuéntase que se cuenta, cuéntase que ocurrió que estábamos en vendimia. Carlos, un conocido viticultor, había contratado una cuadrilla de vendimiadores extranjeros para la ocasión. Les había buscado alojamiento en la nave de la finca, ciertamente bien acondicionada para unos días de recolección. Parte de la cuadrilla había preferido pernoctar en el pueblo y les había facilitado el alojamiento en el antiguo solar donde antes había sido un jaraíz y una cueva de elaboración de vino, actualmente deshabitada y en desuso.

Transcurrieron los días de vendimia. Carlos no estaba muy contento con el rendimiento de la cuadrilla pues no se avanzaba razonablemente en las faenas y, a pesar de la juventud de los componentes del grupo de vendimiadores, los rendimientos no eran lo que de ellos cabría esperar. No obstante y dado lo avanzado del tiempo y del estado de la madurez de los racimos, no tuvo más remedio que aguantarse hasta ver si podía terminar.

Terminada la vendimia hacia el mes de octubre, los vendimiadores se ofrecieron para continuar contratados para otras faenas en la finca. La verdad es que no necesitaba gente, pero se quedó con tres de ellos, para recoger gomas y enderezar las parcelas que estaban en espaldera, pues siempre había que repasar aquellas parcelas en las que se había realizado la recolección con máquina.

Terminadas las faenas Carlos despidió a los operarios.

A los quince días se presentó en su casa uno de los trabajadores, pidiéndole el favor de que le dejara la llave del solar de la casa-cueva donde estuvieron alojados durante un tiempo, pues le contaron que habían encontrado nuevo trabajo y tenían alquilado otro lugar donde iban a alojarse y tenían que recoger algunas cosas que se habían dejado anteriormente y que necesitaban llevarse al nuevo alojamiento que les había proporcionado el nuevo contratador.

Algo extrañado, Carlos le dijo que volvieran al día siguiente pues las llaves no las tenía de momento en casa y tendría que ir a por ellas. Las llaves se las había recogido el día que se despidieron.

A la mañana siguiente se dirigió al antiguo solar donde permanecieron durante un tiempo los operarios e, intrigado, se dispuso a comprobar qué cosas se habían dejado los vendimiadores.

En lo que era la casa no encontró nada de particular, si es cierto que encontró alguna manta y botellas vacías, así como algo de ropa que, en principio, pensó que no tenía ningún tipo de aprecio y que habían abandonado con la intención de no usarlo.

Dio otra vuelta por el resto de habitaciones sin encontrar nada que le diera intención a pensar que hubiera nada de interés por parte de los obreros. Ya, por mera curiosidad, pensó en la cueva. Hacía ya mucho tiempo que no entraba en ella, pues llevaba sin utilizarse desde hacía mucho tiempo, concretamente desde la creación de la cooperativa y al principio se limpiaba el suelo recogiendo el poco polvo que caía por las lumbreras, pero dejó de hacerse y lo único las dos lumbreras que daban al patio que se mantuvieron abiertas por períodos y cerradas las dos que daban a la calle.

La cueva de Carlos, que tuve oportunidad de visitar posteriormente y que motivó la historia que se relata, era muy coqueta. Tenía forma rectangular y era grande. Aún conservaba diez tinajas de barro de 300 arrobas y dieciséis tinajas de cemento de 500. Tenía una tinaja de 50 litros que llamaban para el gasto y los empotres y las balaustradas eran de madera con una escalerilla de acceso a la parte superior. Cuando la visité después de estos acontecimientos pude comprobar que, a pesar de estar sin uso tantos y tantos años, conservaba la típica estampa de las cuevas tomelloseras: serias, formales, homogéneas, en resumen: bonitas.

Carlos decidió  pasar a la cueva aunque nunca se había utilizado y hacía muchos años que nadie pasaba a ella, pero notó que la chapa que la cubría había sido movida. Fue a la entrada y se dirigió al cuadro de luces e intentó dar la luz, pero el alumbrado no funcionó. Empeñado ya en ver la cueva, se dirigió al coche donde tenía una linterna. Una vez en la boca de la cueva se decidió a pasar y observó el cajetín de los “plomos “ y vio que el hilo estaba partido. Con un trozo de cable de la anterior instalación hizo un puente y probó a cerrar el interruptor. La luz funcionó, aunque algunas de las  bombillas estaban fundidas, de todas formas, aunque con poca luz, permitía pasar al centro de la cueva. Las escaleras estaban un tanto húmedas y algo resbaladizas, pues últimamente no había abierto las lumbreras, por lo que, con mucho cuidado, y la linterna sostenida con la mano, pudo bajar hasta el suelo de la cueva. No se veía muy bien y ayudándose de la linterna alumbró al  fondo de un lateral de la cueva. Con algo de sorpresa observó un objeto que reconoció como una bicicleta. Bueno, pensó que sería de alguno de los operarios y eso sería lo que tendrían que recoger. Cambió la ligeramente la dirección de la linterna y apareció la figura inconfundible de otra bicicleta distinta de la anterior, otra, y otra, y otra. Un verdadero arsenal de bicicletas se encontró en la cueva. Asombroso, más de diez o doce bicicletas se encontraban almacenadas en la cueva.

Salió de la cueva sorprendido y sin pensárselo más se dirigió al cuartel de la Guardia Civil para dar conocimiento del   hallazgo.

Ese mismo día, por la tarde,  se presentó uno de ellos en casa a recoger la llave y les dije que no se había acordado de recogerla de la nave, pero que mañana a las once se pasaran por el solar, que estaría allí esperándoles y les abriría la puerta y pudieran recoger sus cosas.

Había avisado y quedado con la Guardia Civil en esa hora. Como pudimos pensar no acudieron a la casa y nunca volvieron a insistir. La Guardia Civil se hizo cargo del arsenal de bicicletas y nunca más se supo de los ladrones de bicicletas. Yo di por zanjado el asunto y no volví a presentar nueva denuncia. Es de suponer que abandonaron el pueblo.

Indudablemente se olieron la trampa y desistieron de recoger el material almacenado.

Por pura casualidad un día coincidí con uno de los números que acudieron a la cueva y le pregunté si se tenía alguna noticia sobre el robo de bicicletas, a lo que me contestó que, efectivamente,  según las últimas estadísticas los casos de robo de bicicletas habían descendido considerablemente en el pueblo.

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