
Puedo creer, a ciertas horas,
ante el habito de esta costumbre
tan solemne que presupone tus encantos,
que más que ponerme cursi,
mereciera la pena invitarte
al calor de la estufa
y si quieres también,
desplegar una manta
para ver crecer la noche juntos,
sin más melodía que el crepitar
indescriptible de las burbujas
de un buen champán francés.
Al fin y al cabo, de que sirve
volver a los tiempos infantiles,
los golpes, las trastadas,
las noches indecentes
y otros tentáculos de lo prohibido,
cuando la memoria lleva tu nombre
y nuestras hazañas buscan un recuerdo
donde despojarse de la insinuación
de tantas noches en vela,
al ritmo de una fatiga crónica
y enfermiza que nos demuestre
cuanta luz esconde el deseo
de estar juntos, humedeciendo
los pies en barreños de agua y sal
mientras Peggy Lee nos invita a desnudarnos.
Lo dice todo el vecindario,
el buzón está lleno y la florista
ya es vieja para subir hasta el quinto piso,
ya no huele a pan recién orneado
ni el rellano brilla, ni la escoba limpia,
de puertas para dentro
hasta el silencio es hermoso
en la extensa longitud de las miradas
y en todo aquello que ya está escrito.
Lo que he aprendido contigo,
más allá de historias novelescas
e indicios sobre lo desconocido,
no es más que esta sensación
de predecir la casa abandonada
sin sospechar más allá
de tu predilección por desnudar
mi orgullo de macho frio,
perdiendo la cautela y el rubor
en el instante donde nunca es tarde
para pensarte nuevamente
cerca de este mundo de locos,
burbujas y música de otros tiempos.