
La estabilidad y desarrollo de las plantas silvestres se debe a muchos mecanismos en función de factores externos, de factores agrarios, de factores climatológicos y factores intrínsecos de la forma de reproducción de cada una de ellas.
Así, lo más frecuente para las plantas herbáceas es su mantenimiento en una determinada zona por reproducirse por semillas proveniente de las propias plantas de los años anteriores. Estas semillas tienen una permanencia relativa, aunque algunas persisten siempre que se encuentren en la zona del suelo donde no exista humedad y su diseminación se produce por las propias labores del terreno. En cuanto a las plantas de otro tipo de reproducción, nos encontramos las que se diseminan bien por bulbos, por rizomas, por estolones, por brotes leñosos o por tubérculos.
En todos casos los rebrotes de las plantas dependen lógicamente de la humedad en sus ‘primeras fases y de la temperatura e insolación en fases posteriores, que determina el crecimiento más o menos importante, siendo mayor cuando ambos factores son favorables.
En general son más abundantes las plantas que se reproducen por sistemas no germinales, sino por preproducción vegetativa, especialmente en zonas de monte, que en suelos labrados.
En los lugares y/o espacios de abundante vegetación se produce una agresividad entres distintas especies, proliferando unas sobre otras, incluso impidiendo su desarrollo, que es más palpable cuando la reproducción se produce por plantas de brotación procedente de desarrollos vegetativos y no de semillas.




