Pues nada, llega el 6 de enero, se acaba lo bueno y pasa lo de siempre: después de Reyes toca volver a la rutina. Y no falla. Como si alguien apretara un botón invisible, de repente me entra la necesidad de “poner orden” a mi vida. Me levanto y pienso: vale, hoy empiezo en serio.
Y claro, lo primero que me viene a la cabeza es el combo típico: gimnasio, dieta y vida saludable. Como si en dos semanas pudiera borrar los turrones, los roscones, las cenas largas y ese “venga, una copita más” que en Navidad parece que no cuenta.
El caso es que el primer día lo llevo con una motivación que no me la creo ni yo. Me pongo ropa deportiva, me miro al espejo y digo: ahora sí, este año sí. Hasta me convenzo de que me encanta entrenar… aunque la última vez que fui al gimnasio fue cuando todavía hacía calor.
Llego al gym y hay más gente que en la cola del roscón. Todos con la misma cara: “vengo a arreglar mi vida”. Y yo, intentando disimular que no sé ni cómo se enciende la cinta de correr. Miro máquinas como si fueran la cabina de un avión: botones por aquí, palancas por allá… y yo pensando: como toque algo mal, despego.
Pero bueno, hago lo que puedo. Camino un rato, levanto dos pesas como si estuviera entrenando para una película y salgo con la sensación de “ya he cumplido”. El problema viene al día siguiente, cuando me despierto con agujetas en sitios que no sabía que existían. Ahí ya empiezo a negociar conmigo: bueno… hoy descanso, que también es parte del proceso.
Y con la comida pasa igual. El día 1 soy un ejemplo: ensalada, pollo, fruta, agua. Todo perfecto. El día 2 sigo bastante bien, aunque ya empiezo con el “me merezco un caprichito”. Y el día 3… pues el día 3 la nevera me mira raro y yo vuelvo a ser yo.
Pero este año me he dado cuenta de una cosa: el problema no es querer cambiar, eso está bien. El problema es querer cambiarlo todo a la vez, de golpe, como si la vida fuera un interruptor.
Así que me he propuesto hacerlo de otra manera. Sin dramas. Sin castigos. Sin esa mentalidad de “o perfecto o nada”. Mejor pasito a pasito: caminar más, cenar un poco más ligero, ir al gym aunque sea 30 minutos y, sobre todo, ser constante sin reventarme.
Porque al final, lo importante no es empezar con fuerza el 7 de enero. Lo importante es seguir el 7 de febrero, cuando ya no hay brillo navideño, ni propósitos nuevos, ni motivación extra… solo tú y tus ganas reales.












