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jueves, enero 15, 2026
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Un respiro de enero bajo La Carrasca de La Sandalia

A veces solo hace falta un camino corto y un árbol antiguo para bajar el ritmo.

Hoy 15 de enero, me levanté con esa sensación de “necesito aire, campo y un plan sencillo”. Así que, sin pensarlo demasiado, me preparé un café rápido, me abrigué bien (porque enero no perdona) y puse rumbo a Tomelloso con una idea fija: ir a ver la Carrasca de la Sandalia.

El camino ya iba poniendo el cuerpo en modo calma. La luz de invierno tenía ese tono suavecito, como si el sol estuviera trabajando a media jornada, y el paisaje manchego se estiraba alrededor con esa tranquilidad que parece que te dice: “baja el ritmo, anda”. Iba con música bajita, de fondo, y con la ventanilla un pelín abierta para que entrara el frío justo, ese que despierta.

Cuando llegué, lo primero que noté fue el silencio. No un silencio raro, sino un silencio bueno, de los que no incomodan: el del campo cuando está en paz. Y allí estaba ella: la carrasca. No sé cómo explicarlo sin ponerme cursi, pero tiene una presencia que te frena. Es como si el árbol estuviera “puesto” ahí desde siempre, viendo pasar inviernos, veranos, historias y gente con prisas.

Me acerqué despacio, casi por respeto. La corteza tenía ese aspecto de viejo sabio, con arrugas de tiempo y cicatrices pequeñas. Y las ramas… las ramas se abrían como si fueran brazos. Me quedé un rato mirándola, sin más, pensando en lo fácil que es olvidarse de lo grande que puede ser algo tan simple como un árbol.

Y claro, me entró esa alegría tonta de los planes pequeños: no he venido a hacer nada espectacular, solo a estar un rato aquí. Respiré hondo, noté el olor a tierra fría, y me dio por sonreír como un bobo. A veces el cuerpo solo necesita eso: una excusa para salir y volver a colocarse por dentro.

Antes de irme, hice lo típico: una foto (porque si no, parece que no has ido), pero también me guardé otra “foto” mejor: la de quedarme quieto, mirando la carrasca, sintiendo que el tiempo iba más lento alrededor. Y al volver al coche pensé: “qué bien me ha sentado esto”, como si me hubiera tomado un caldo calentito por dentro.

Volví a casa con las mejillas frías y la cabeza más ligera. Y con esa sensación bonita de haber hecho un viaje corto, sí… pero de los que te arreglan el día.

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