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José Almarcha vuelve a Tomelloso y firma una noche grande con “Un nuevo paseo”

Tomelloso no asistió a un concierto: asistió a un reencuentro. El sábado 31 de enero (20:00), el Teatro Municipal “Marcelo Grande” abrió sus puertas para ver regresar a José Almarcha con “Un nuevo paseo”, un trabajo que mira al flamenco de frente y, sin pedir permiso, lo deja conversar con otras orillas sonoras. La cita se anunció como una oportunidad para escuchar a un guitarrista que entiende la modernidad sin postureo: primero la verdad, luego el adorno.

La sensación, desde el primer compás, fue esa que solo aparece cuando el artista vuelve a su gente con las ideas claras: no venía a demostrar, venía a compartir. Y en el flamenco, cuando se comparte de verdad, el público lo nota en la piel.

Agradecimientos con acento de casa

Antes de que el teatro terminara de apagarse por dentro, Almarcha dejó un momento de los que también cuentan. Con palabras sencillas y directas, agradeció al público de su ciudad -ese que arropa sin hacer ruido, pero sostiene-, y tuvo también un reconocimiento expreso al Ayuntamiento de Tomelloso por el apoyo y la acogida. No se olvidó del oficio invisible: mencionó al técnico de sonido y a todas las personas que, “con su granito de arena”, hacen posible que una noche así llegue a buen puerto. En un concierto tan cuidado, ese gesto no fue protocolo: fue coherencia.

“Un nuevo paseo”: flamenco que respira, emoción sin maquillaje

El repertorio de Almarcha tiene una cualidad rara y valiosa: no presume de modernidad, la usa. Su guitarra no se disfraza; se explica. En directo, esa manera de tocar -más de contar que de gritar- convierte cada tema en una escena: hay silencio donde hace falta, hay tensión cuando toca apretar, y hay vuelo cuando la música pide aire.

La banda: oficio de verdad para que el directo sea un animal vivo

Bajo el cartel de José Almarcha en concierto, el guitarrista se rodeó de una banda pensada para llevar el repertorio al máximo sobre el escenario. Y aquí está una de las claves de la noche: cada músico sabía exactamente qué papel jugar.

El piano de André JahJah no vino a “adornar”: vino a abrir armonías y a tender puentes, con ese tacto que no tapa la guitarra sino que la empuja hacia delante. El bajo de Marco Niemietz fue la columna vertebral: groove fino, pegamento y profundidad, de esos que hacen que el público mueva la cabeza sin darse cuenta. La batería de Guillermo Martínez sostuvo el pulso con una mezcla de precisión y aire, evitando el peligro de aplanar el compás y dejando que el flamenco mantuviera su respiración natural.

A la guitarra eléctrica y violín se sumó Víctor Guadiana, un arma de color: cuando entraba con arco, el teatro se volvía paisaje; cuando mordía con la eléctrica, el tema ganaba filo. Y los coros -Martha Ramos, Aroa Fernández y Marisa Tolentino– aportaron calor de escenario, esa sensación de estribillo arropado y respuesta emocional que redondea el golpe final.

Invitadas que suman duende: baile y cante para subrayar lo jondo

En una propuesta instrumental como esta, la presencia de invitadas no es “un extra”: es una declaración. La noche contó con Lucía Ruibal al baile y Cristina Correas al cante, dos apariciones que le dieron carne y gesto a los momentos más jondos, y que reforzaron el carácter especial de la presentación.

De Chiclana a Tomelloso: una semana con el foco encendido

Lo de Tomelloso venía con impulso. Apenas tres días antes, el 28 de enero, Almarcha presentó “Un nuevo paseo” en el Teatro Moderno de Chiclana, dentro de la 3ª edición del Festival Jambá Jazz, con la colaboración de Javier Ruibal, Lucía Ruibal y Diego Villegas: complicidad, sensibilidad y libertad creativa, dicho así, sin humo.

Momentos del repertorio: cuando el final se queda contigo

La velada dejó títulos que el público reconoce como señales del mapa emocional de Almarcha: asomaron obras como “Plaza de Santa Ana (Caracoles)” y, entre los momentos de mayor hondura, apareció esa serrana titulada “Almazara”, con cierre de los que se quedan flotando en la butaca. En otra esquina del repertorio, “Baladilla de los tres ríos (Milonga-Zambra)” encontró en la voz de Cristina Correas un filo especialmente hermoso, porque ahí el flamenco deja de ser idea y vuelve a ser cuerpo.

Lucía Ruibal entró en las tablas con ese desparpajo que no se aprende: se trae puesto. No baila “para adornar” la música, la empuja, la provoca, la acaricia y la reta según le pide el compás, con una naturalidad que desarma. En su arte hay gracia y mando a la vez: una manera de plantarse que parece casual y, sin embargo, está llena de intención; una cintura que conversa con la melodía y unos remates que caen en su sitio como si el escenario fuera su casa. Y cuando sonríe -esa sonrisa de quien sabe lo que está pasando- el Marcelo Grande entendió que el flamenco también puede ser luz sin perder lo jondo.

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