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El ejercicio de observar

Artículo de opinión de Rafael Toledo Díaz

Cada vez entiendo menos el empeño o la inercia, casi mundial, de concentrar a la población en grandes núcleos urbanos. Se han creado megaciudades difíciles de gestionar y que consumen ingentes cantidades de recursos, pero a la vez, habitadas por millones de ciudadanos factibles de manipular o influenciar a través del empleo, del ocio o de la cantidad de servicios disponibles. Por lo tanto, reconvertir esa tendencia o propósito es prácticamente imposible y solo nos queda la resignación o evadirnos de la vorágine con pequeñas acciones individuales que nos proporcionen una mejor calidad de vida.

Elegida o ineludible, la opción de vivir en una gran ciudad reporta beneficios e inconvenientes de todo tipo, así pues, la balanza se decantará a un lado o a otro según entendamos la convivencia. Por eso, conseguir el equilibrio es muy complicado y, a veces, depende del estado de ánimo de cada cual.

En las metrópolis, a pesar de las cámaras y controles en los espacios públicos, una de las «ventajas» del ciudadano es el anonimato. Así, y a menos que seas muy curioso, la urgencia y la prisa rebajan el interés por el semejante, pues, aunque su indumentaria sea muy extravagante, no nos causará sensación. Es más, asumimos con tanta desidia cualquier atuendo que ni siquiera lo estrafalario nos provoca, por eso, y ante la falta de interés eludimos  prejuzgar.

Vivimos momentos donde el individualismo prima frente a la comunidad, además,  ya ni siquiera la imagen nos asegura la exquisita conducta o la urbanidad del prójimo con respecto a las normas básicas de convivencia, de tal manera que, ante el posible equívoco, renunciamos a la simple amonestación para evitar el conflicto frente a los comportamientos antisociales.

Sin embargo, y en cuanto a lo colectivo, a poco que seas observador existen señales en las ciudades que explican las condiciones sociales de su población, su estatus económico y cultural o, por su actitud, la civilidad o el gamberrismo de sus vecinos.

La arquitectura y las estructuras que diseñan una villa también nos revelan señales evidentes sobre la idiosincrasia de sus residentes, según como sean sus barrios residenciales, sus avenidas o bulevares, o si conservan un casco histórico, qué tipo de comercios tienen o la calidad de sus construcciones. Todo ello, amén del transporte público que utilizan o que en su término tengan polígonos industriales y un fácil acceso a vías principales de comunicación o a las poblaciones vecinas.

A veces me puede la curiosidad y miro hacia las terrazas y balcones que dan a la calle  en determinados barrios. Desde mi punto de vista, son espacios diseñados para iluminar, ventilar y tomar el fresco, o para tender la ropa. Pero en ocasiones compruebo que alguna está abarrotada de enseres, terrazas utilizadas como trasteros donde se acumulan somieres, colchones y cacharros de todo tipo. Esa imagen tan chocante como deprimente nos puede indicar desde la desidia, hasta la precariedad económica de sus moradores.

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A veces recuerdo una vieja frase de la infancia sobre la dignidad de la gente humilde, pues entonces se solía decir: «Pobres, pero limpios». Ahora, y ante la basura que se acumula en nuestras ciudades, o ante el comportamiento incívico de muchos residentes, no resulta descabellado afirmar: «Pobres y guarros».  Porque si no somos capaces de cuidar lo íntimo y personal, cómo vamos a respetar los espacios públicos.

También he notado desde hace tiempo que, en ventanas y balcones, se van eliminando visillos y cortinas, principalmente en pisos o apartamentos altos, en los que enfrente no exista otro bloque, pero lentamente el concepto de privacidad pierde valor.

Desde la calle puedes advertir el mobiliario del alojamiento como si estuviésemos en alguna macrourbe americana, tratando de imitar ese modelo tan anglosajón. Donde no hay nada que ocultar, escaparates de la vida urbana e indiferentes ante las miradas del prójimo, ajenos al posible cotilleo.

Uno, que no resulta tan osado, solo se atreve a compartir con el exterior el espacio  donde lee y escribe renunciando a los habituales visillos, mirando al este buscando la luz, pero atenuando esa exposición amparado por las ramas de los plátanos del bulevar y la difusa distancia de las moradas de enfrente.

También las redes sociales permiten o facilitan la exhibición personal de la imagen y el pensamiento basándose en la premisa de la libertad. Son un moderno escaparate donde reflejarnos y, como cualquier avance, tienen su parte positiva y negativa, audacia frente a intimidad.

Esta demostración de atrevimiento y exposición es mucho más arriesgada de gestionar si lo llevamos al terreno de la opinión o el debate, porque es muy difícil que en el espacio virtual el método sea sosegado. Con todo, y desde mi burbuja, creo que tanto la privacidad como el anonimato son privilegios y derechos que debemos preservar más allá de ventanas abiertas.

Rafael Toledo Díaz

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