Hubo una sed antigua
quedándose a vivir entre las piedras,
una forma de silencio
tan honda
que parecía definitiva.
El paisaje aprendió a callar.
Aprendió la espera,
la luz inmóvil sobre la orilla,
la memoria seca de los cauces,
el peso de los días
cuando la hermosura no desaparece,
pero se retira.
Y, sin embargo,
marzo llegó.
Llegó con su verdad secreta,
con su pulso de lluvia,
con esa majestad humilde
que tienen las cosas
cuando no necesitan imponerse
para cambiarlo todo.
Entonces volvió el agua.
No como vuelve el estruendo,
sino como vuelve la gracia:
despacio,
haciéndose sitio en la raíz del valle,
rozando la cal,
abriendo otra vez la respiración dormida de la tierra,
devolviéndole a Ruidera
su idioma más antiguo.
Y Ruidera respondió.
Respondió con el temblor del reflejo,
con la piedra otra vez iluminada,
con el verdor naciendo en los bordes,
con la emoción intacta
de lo que ha sabido resistir
sin renunciar a su nombre.
La Redondilla,
que había guardado en el pecho
la ausencia y el vacío,
volvió a llenarse de cielo.
Volvió a sostener la tarde,
a mecer la luz,
a recoger en su hondura
la forma frágil de las nubes,
como si nunca hubiera existido la herida,
como si el agua, al regresar,
supiera también cerrar aquello
que el tiempo dejó abierto.
Y en ese instante
no solo cambió el paisaje.
Cambió también la mirada de quien contempla.
Porque hay regresos
que no pertenecen únicamente a la tierra.
Hay regresos
que atraviesan a quien los presencia,
que despiertan algo dormido,
que rozan una pena antigua
y la convierten, por fin,
en temblor de esperanza.
Eso ocurre en Ruidera
cuando marzo cumple su promesa.
No es solo la corriente,
ni el brillo,
ni la música del agua descendiendo.
Es algo más hondo.
Más difícil de nombrar.
Más cercano al alma
que a los ojos.
Es la certeza de que no todo se pierde.
La revelación de que incluso la belleza herida
puede volver a levantarse.
La íntima conmoción
de ver cómo la vida
regresa exactamente al lugar
donde más falta hacía.
Por eso hoy Ruidera no se contempla:
hoy Ruidera se siente.
Se siente en la piedra mojada,
en la brisa que pasa y parece más limpia,
en la orilla que deja de ser ausencia,
en el agua que vuelve
como vuelven las cosas sagradas:
sin ruido,
sin alarde,
con una verdad tan pura
que casi duele.
Y uno permanece allí,
quieto,
mirando.
Mirando cómo la luz se parte en la superficie,
cómo el valle recupera su latido,
cómo marzo, por un instante,
parece haber venido al mundo
solo para recordarnos
que la esperanza existe,
que a veces tarda,
que a veces hiere con su demora,
pero que cuando vuelve
tiene esta forma exacta:
agua en Ruidera,
cielo en la hondura,
vida donde antes
solo quedaba la memoria.











