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Pararse a pensar en tiempos de inteligencia artificial

Hace apenas unos días tuve la oportunidad de asistir a un congreso en Madrid sobre el uso de la inteligencia artificial en la educación. Salí de allí con más preguntas que respuestas, pero con una idea muy clara rondándome la cabeza, necesitamos parar. Parar y pensar y, sobre todo, enseñar a pensar.

La inteligencia artificial ha entrado en nuestras aulas casi sin pedir permiso, envuelta en promesas de modernidad de innovación y de futuro, y sí, puede ser útil, puede facilitar tareas, ofrecer recursos y abrir posibilidades pero también puede hacernos olvidar algo esencial: que aprender no es solo obtener respuestas, sino construirlas.

Y ahí es donde empiezan mis dudas.

Cada vez hay más estudios y voces expertas que nos piden prudencia. No hablan desde el rechazo a la tecnología, sino desde la preocupación por cómo se está utilizando. Alertan de que un uso inadecuado de la inteligencia artificial puede generar dependencia, reducir el esfuerzo cognitivo y debilitar el pensamiento crítico. Dicho de forma sencilla. Si todo te lo da hecho una máquina, dejas de aprender a hacerlo por ti misma.

Pero hay otra cuestión de la que se habla menos y que también debería preocuparnos. La inteligencia artificial no es neutral, es un negocio. Un negocio en manos de unas pocas grandes corporaciones tecnológicas cuyo interés principal no es educativo sino económico.

Porque conviene no olvidar que muchas de estas herramientas funcionan gracias a los datos. Cuantos más datos tienen, mejor funcionan… y más valor generan. Y aquí es donde surge una pregunta inquietante ¿qué mayor negocio puede haber que acceder a los datos de millones de menores?

No es una exageración. Si normalizamos el uso de estas herramientas desde edades tempranas, estamos facilitando que esas empresas acumulen información durante años, hábitos, formas de expresarse, intereses, incluso patrones de pensamiento. Es, en la práctica, garantizarse un recorrido a largo plazo como usuarios cautivos.

Y todo esto está entrando en las aulas con una naturalidad que debería hacernos reflexionar mucho más. No es un debate lejano, está pasando ya.

En el día a día de los centros vemos cómo parte del alumnado recurre a la inteligencia artificial para resolver tareas sin comprenderlas. Vemos trabajos impecables en apariencia, pero vacíos de aprendizaje real y, lo que es más preocupante, vemos cómo poco a poco se puede ir perdiendo el hábito de pensar, de equivocarse o de intentarlo.

Por eso, salir de aquel congreso no me reafirmó en la idea de “hay que usar más inteligencia artificial”, sino en algo mucho más básico y mucho más importante: “hay que enseñar mejor a pensar”.

Porque nuestra responsabilidad no es solo preparar al alumnado para un mercado laboral cambiante, nuestra responsabilidad es proteger su desarrollo, proteger su capacidad de razonar, de cuestionar, de entender el mundo por sí mismos, proteger su intimidad, sus datos, su dignidad, proteger, en definitiva, su educación en el sentido más profundo.

Y aquí toca hacerse una pregunta incómoda: ¿lo estamos haciendo de verdad?

¿Estamos protegiendo a nuestros niños, niñas y adolescentes cuando normalizamos que una herramienta piense por ellos? ¿Cuando no ponemos límites claros a su uso?
¿Cuando abrimos la puerta a modelos de negocio que se benefician directamente de su información?

No se trata de demonizar la inteligencia artificial, se trata de no asumirla sin reflexión, de no confundir innovación con mejora, de no correr tanto que olvidemos hacia dónde vamos.

Porque educar no es acelerar, es acompañar.

Quizá el mayor riesgo que tenemos ahora mismo no sea solo la inteligencia artificial en sí, sino dejar de valorar el proceso de pensar y no ser conscientes de los intereses que hay detrás de su expansión.

Por eso, más que hablar de cómo integrarla en las aulas, deberíamos estar hablando de cómo poner límites claros, cómo regular su uso y cómo proteger de verdad al alumnado. Y sobre todo, de cómo asegurar que cada niño y cada niña sigue desarrollando su propia capacidad de pensar sin depender de una herramienta.

Porque al final, la pregunta es muy simple: ¿estamos educando personas que piensen por sí mismas, o futuros usuarios de un negocio basado en sus datos?

En tiempos de inteligencia artificial, pararse a pensar no es un lujo. Es una necesidad.

Ana Delgado

Secretaria de la Federación de Enseñanza de CCOO CLM

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