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Sobre mi generación

A cierta edad es conveniente, y hasta saludable, poner distancia con determinados asuntos. Por eso, y frente al análisis de la actualidad, la madurez y la prudencia son cualidades necesarias para evitar la urgencia que el presente nos propone. A la vez, algunos acontecimientos de última hora tratamos de compararlos con otros momentos vividos para comprobar si tienen algún elemento distinto, pues la historia, además de  repetirse, suele ser cíclica.

Por eso, en estos días convulsos e inciertos ante un nuevo conflicto bélico, he vuelto a recordar la primera gran crisis del petróleo allá por  mil novecientos setenta y tres.

Desde aquellos días hasta este dos mil veintiséis han pasado la friolera de cincuenta y tres años. Y aunque no soy muy dado a la nostalgia o la añoranza  —que solo utilizo de vez en cuando para escribir—  recuerdo especialmente aquel tiempo porque fue cuando decidí emigrar a la capital tratando, como muchos otros, de integrarme en el mundo laboral y apostar por el futuro.

Como es natural, durante todos estos años mi generación ha soportado y superado  crisis de todo tipo. Porque tras el gran éxodo rural y aquellos planes de desarrollo del tardofranquismo hubo períodos complicados que, opino, hemos sobrepasado con nota.

Una vez superada la primera crisis del petróleo, al final de la dictadura tuvimos que afrontar el cambio de régimen. La llamada «Transición» fue una época repleta de cambios políticos, sociales, económicos y culturales de los que fuimos protagonistas más allá de los políticos de turno.

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Ya en democracia, muy pronto sufrimos una dolorosa reconversión industrial. Más tarde soportamos otras crisis que afectaban al empleo; por ejemplo, la posterior a la Expo del 92 cuanto tuvimos que afrontar el batacazo de la inversión, y años después, la gran recesión tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Y la más reciente es la crisis sanitaria del Covid 19. Todo esto, además de padecer el azote del terrorismo y el impacto social que supuso la heroína, una lacra que afectó especialmente a la generación boomer.

Por eso, y después de tantas vicisitudes, en estos momentos no sabríamos valorar cómo nos afectará el conflicto que se desarrolla en la convulsa zona de los países árabes, si será algo transitorio o provocará otra gran crisis, de las muchas que ya hemos sobrellevado.

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Mi generación, que pasó de ver cocinar a nuestras madres y abuelas en chimeneas con leña o carbón, inició su particular cambio con el uso del hornillo o infiernillos de petróleo (queroseno) hasta la utilización del gas y las modernas placas de inducción  tan dependientes del flujo eléctrico.

Pero indudablemente, y a pesar de la evolución tecnológica a nivel de energías, después de tantos años el petróleo sigue siendo de vital importancia para la economía global.

Es notorio que todas las transiciones, especialmente las energéticas, requieren bastante tiempo. Todos percibimos que el cambio climático se está acelerando por el efecto que producen los combustibles fósiles, algo probado, pero no tan fácil de solucionar. También es irrebatible que las energías renovables y la electrificación están avanzando a pasos agigantados, pero aún no pueden suplir totalmente al llamado «oro negro».

Por lo tanto, después de tantos avatares, la generación boomer, como nos han definido, comprende y asume con naturalidad los cambios que se producen en la sociedad, y por supuesto, también los energéticos.

Pero ahora que se está completando el ciclo de su jubilación, nos proponen varios debates que comparan las generaciones pasadas con las actuales, contrastando los beneficios y la calidad de vida logrados; aunque nada de ello fue gratuito.

Resulta chocante que tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria se quedasen gran cantidad de casas a medio construir, o sin posibilidad de pagarlas. Varios años después, la falta de viviendas continúa siendo una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos, sobre todo de los más jóvenes.

Claro que es triste reconocer que las nuevas generaciones no puedan acceder a una vivienda digna, o que los precios del alquiler se hayan disparado y se tenga que compartir piso o vivir en habitaciones, como hicieron muchos de nuestros padres,  vivir de alquiler compartiendo espacios comunes en viviendas precarias e incluso en chabolas.

Es público que nuestra generación ha vivido etapas donde el trabajo y la economía nos han permitido comprar una vivienda, o incluso adquirir una segunda residencia en la playa o en la montaña. Pero nadie nos ha regalado nada, la coyuntura fue buena, eso es cierto, pero también el ahorro, el afán por conseguirlas y sobre todo el esfuerzo de nuestras mujeres o compañeras incorporándose al mundo laboral. Un gran beneficio y avance, pero por el que también hemos pagado un precio, sobre todo en cuanto a la educación de los hijos, y en general, sin olvidar el cuidado de nuestros mayores.

Las generaciones no son comparables, todas tiene su aquel, sus logros y sus carencias y todas tienen elementos comunes como pueden ser los grupos de sujetos inadaptados o marginales. La  anterior a la nuestra, llamada «la generación silenciosa», soportó durante la niñez una guerra civil y una posguerra repleta de carencias. Pero poco a poco el horizonte se fue ampliando y nuestros padres llegaron a disfrutar de una cierta estabilidad económica, calidad sanitaria y de ocio, tras una vida de trabajo y de esfuerzo, sí, pero como todos.

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Actualmente, diversos hitos históricos en nuestra trayectoria nos han conducido a la cautela, al recelo e incluso al desengaño. Por ejemplo, las decepciones evidentes que han supuesto las revoluciones modernas, desde La Revolución cubana, La Primavera de Praga y el Mayo del 68 hasta las llamadas primaveras árabes. Esta frustración me lleva a recordar a Francisco Nieva y una frase en una obra concreta: «Disolveremos a las turbas revolucionarias en nombre de la revolución» —¡Qué clarividencia la de mi paisano!—.

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También, y especialmente, hay un desapego hacia la clase política, una actitud que  comparte gran parte de la población ante los casos de corrupción y porque no se cumplen las expectativas de mejoras sociales, es más, parece evidente que tras cada crisis nos van recortando las prestaciones conseguidas.

Tampoco ignoro que existe cierto recelo sobre antiguos líderes que creíamos ejemplares, dudas no exentas de argumentos ante su evolución. Además, y aunque no reniego de los cantautores, confieso que ya no me emocionan las viejas consignas.

Personalmente me provocan tristeza el fallecimiento de personajes ilustres coetáneos en el tiempo, pero especialmente las bajas de algunos amigos y antiguos compañeros de pupitre, porque de vez en cuando recibo correos luctuosos que nunca me traen buenas noticias. Pero es ley de vida y como tal, debemos asumirla.

Cuestionar ahora si las pensiones de estos nuevos jubilados son muy altas, quién las pagará o achacarnos la culpa de tener una mayores expectativas de vida es un debate  falso, o al menos no somos culpables.

Recientemente el escritor y periodista argentino Martín Caparrós ha publicado en un medio nacional un excelente artículo titulado «De generaciones» —quizás por eso al mío lo he llamado de manera distinta—. Pues bien, en ese excelente texto aclara o desmonta la diferencia de conceptos, porque las generaciones no pueden asociarse a las clases sociales. Ahora, esas capas de la sociedad están disimuladas porque ya no se manifiesta ese sentimiento o compromiso colectivo; nos han desmovilizado.

Pero sobre todo me gusta el final, porque cuestiona ese lamento tan recurrente de las generaciones actuales «Viviremos peor que nuestros padres» jóvenes que se quejan y dicen: «Somos un generación derrotada, que salió a las plazas para nada» en referencia a las movilizaciones del 15M o Movimiento de los Indignados.

Remata el escritor: <<Me parece temprano para darse por vencidos, pero, aun si lo fueran, no son un poco grandes para decir que la culpa es de papá y mamá>>.

Confieso que si alguna culpa tiene mi generación es la de haberles sobreprotegido tratando de evitarles el lastre que arrastramos desde las generaciones anteriores.

Para seguir adelante, nosotros debemos conservar la curiosidad, pero el futuro os pertenece. Esperamos que no os conforméis con un móvil de última generación, con ropa de marca y una cerveza, atrapados en una vida virtual y consultando cada paso con la IA, sin duda, existen otros caminos. 

Rafael Toledo Díaz

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